La muerte a la vuelta de la esquina

César Hildebrandt

Matan a mujeres. Matan a testigos protegidos. Acri­billan a colaboradores eficaces. Matan a pasajeros de ómnibus fantasmas servidos por empresas que recogen potenciales cadáveres en terminales ilegales ava­lados por ministerios que no existen y funcionarios moralmente dados de baja aunque puntuales a la hora de cobrar.

Matan a activistas que defienden el medio ambiente y los derechos de las minorías sexuales. Matan a niñas después de ser violadas. Matan a lí­deres amazónicos que se oponen a la tala clandestina. Matan en la berma a peatones y, en ajustes de cuentas, matan con precisión y al por mayor.

Matan, sencillamente. Matan intransitivamente en mi país, ese que pone cara de cocinero bueno a la hora de venderse. Matan todo lo que pueden. Y siguen matando. La muerte es aquí una lotería gigantesca de la que todos tenemos un boleto guardado. La muerte en el Perú es una ventana de oportunidad, el guiño del destino, una bala perdida, un segundo de coincidencias irremediables. Y sales a la calle convencido de que la muerte te está mirando y esperando su oportunidad. ¿En qué balacera te tocará el último cartucho del morro que perdimos? ¿Qué malandro decidirá que esta sea tu última tarde?

Tenemos un comercio familiar con la muerte. Ya nada nos asombra. Consumimos muerte en los medios de comunicación y lo hacemos en crecientes dosis de adicto. Esa relación con la violencia, ese acostumbramiento vicioso respecto de la muerte y de los pormenores de la muerte, ese consumo tóxico, nos ha matado de algún modo. Y aunque caminemos y respiremos sabemos que algo dentro de nosotros ha ex­pirado. Algo que nos hace falta para recuperar nuestra capacidad de in­dignarnos y experimentar una activa empatía con las víctimas.

País de muerte, de mentira, pe­gado con babas a una escarapela, voceado por un himno que apela al “dios de Jacob” para salvarnos.

Pero hay distintas muertes. Hemos descrito aquellas que terminan en los ritos cortadores y los pesajes siniestros de las morgues. ¿Pero y las otras? ¿Las muertes del alma? ¿Las muertes disfrazadas de poder? ¿Las muertes investidas?

Escucho al presidente viajero y oportunista que tenemos y no puedo dejar de pensar en que se le ha muerto la ilusión. Pero ese no es el problema mayor. El mayor problema es que no tiene un proyecto, un horizonte, una agenda ni siquiera de urgencias. Promete, parcha, habla, se dirige briosamente a ninguna parte, mete el dedo en el agujero del dique que lo separa del desastre y cree que está haciendo política. Cree que le hace bien al país su nuevo pacto con el fujimorismo, esa mafia que es como la partida de defunción de la democracia y la decencia. Cree que va a recobrar energías políticas frecuentando el Congreso, que es el cementerio moral más concurrido de los últimos tiempos. Y para eso ha llamado a Salvador del Solar, un joven de buenas intenciones y ningún porvenir que también cree que la barca del fujimorismo lo llevará a destino.

El fujimorismo es una pulsión de muerte. Es la respuesta incivilizada que nos dimos ante el desafío, también tanático, del Senderismo. El Perú vivió entre dos muertes y escogimos la que nos prometió la reconstrucción del orden democrático. Ese orden, sin embargo, fue el de una satrapía que, a despecho de encarcelar a alias presidente Gonzalo, pudrió el país entero como ningún peruano lo había hecho y como solo un extranjero de escondida iden­tidad podía hacer­lo. Fue otra forma de morir. Fue otra forma de matar lo más valioso de una sociedad: el respeto por los ad­versarios, la pulcritud a la hora de admitir la separación de poderes, el honor de las Fuerzas Armadas. Fu­jimori fue el cáncer que depravó el organismo entero del Perú. Los jueces sentenciaban en el SIN, la Fisca­lía de la Nación era como una noche en Las Cucardas, el Congreso era una madama que cazaba talentos en la acequia, los uniformados fueron la pura indignidad. Y con los here­deros (sin arrepentimiento) de esa peste es que el señor Vizcarra quiere comprometerse. El señor Vizcarra, que ojalá llegue a ser centenario, construye su tumba política con la prisa que no pone en la reconstruc­ción del norte.

La muerte nos preside. Está en las calles, derramada como una lisura. Pero también está en los políticos que se hicieron ricos, en los partidos que dejaron de producir ideas, en la derecha que nada aporta sino codicia y continuismo, en la izquierda pas­mada en los dilemas del siglo XX, en las universidades que apadrinaron la mediocridad, en los gobernadores que se vengaron de Lima robando como se roba en Lima, en la vulgari­dad que nos arrastra, en los medios de comunicación entregados al arte de confundir y escamotear. La muerte obtiene aquí grandes cosechas de añajes muy variados. El Perú es un cadáver exquisito.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 439, 05/04/2019 p.12

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