Perú: La prensa hegemónica en guerra (electoral) II

Daniel Espinosa

«Fujimori y Montesinos no necesitaron expropiar medios»

Al ahondar con espíritu crítico en un tema poco investigado, el libro Poder mediático: propiedad, gestión e influencias (Durand y Martínez, 2025) resulta indispensable para analizar el rol de la prensa peruana en elecciones. Como señalamos al respecto la semana pasada, esta prensa, la “hegemónica” o “corporativa” –la gran prensa–, se radicaliza cada cinco años, entrando en guerra psicológica contra un electorado que, una y otra vez, ha votado en contra de su favorita, la candidata del statu quo.

Aquí continuaremos proveyendo al lector del armamento cognitivo necesario para salir bien librado de esta guerra en ciernes.

Otra investigación reciente y muy pertinente fue publicada en 2024 por el Instituto de Estudios Peruanos: Alberto Fujimori: imagen y poder, 1990-2000, de Christabelle Roca-Rey. Como la obra de Durand y Martínez, la de Roca-Rey indaga en un asunto poco estudiado; en su caso, la propaganda política peruana en su carácter más visual y simbólico.

El análisis de Roca-Rey de los mensajes y la simbología empleados durante la campaña presidencial de 1990 por Alberto Fujimori y Mario Vargas Llosa –quien gozó del mismo apoyo mediático flagrante y contraproducente que décadas más tarde arruinaría las posibilidades electorales de la heredera de su contendor– es testimonio del tradicional rechazo popular hacia los políticos abrazados por un establishment y una prensa eminentemente limeños, repudio que resulta previsible dada la historia de nuestro país, con sus profundos cismas socioculturales, su crónica desigualdad y ese anhelo jamás satisfecho de cambios sustanciales.

Ante esta realidad, diría un cínico, la prensa hegemónica haría bien en fingir que apoya al candidato que, en realidad, le resulte más detestable. Sería una estrategia audaz –definitivamente hipócrita–, pero no del todo descabellada.

Por otra parte, el espíritu de rechazo que mencionamos lleva a la ciudadanía a optar por outsiders que, como Fujimori, terminaron abrazando la agenda política de sus contendores –neoliberalismo, consenso de Washington, Estado subsidiario, etc.– o, como Ollanta Humala y Pedro Castillo, se hundieron en la mediocridad y las corruptelas y terminaron abandonando toda promesa de reivindicación y cambio sustancial.

Fujimori fue mucho más que neoliberalismo, por supuesto –fue la debacle y captura institucionales que hoy, normalizadas, nos pasan factura–. Con respecto a su rol específico en el ámbito de los medios de comunicación masiva, Durand y Martínez señalan que este tuvo dos consecuencias fundamentales: el desprestigio de la televisión nacional –que se vendió a Vladimiro Montesinos– y el auge de la “prensa chicha”, usada para embarrar a la oposición y promover la reelección de Fujimori.

A diferencia del régimen de Juan Velasco, explican también los autores mencionados, Fujimori y Montesinos no necesitaron expropiar medios, sino simplemente aprovechar el alineamiento del establishment corporativo con sus políticas económicas y tomar ventaja de su disposición a dejarse comprar, a corromperse. Hoy, el auge de un “periodismo” ideológico militante (activismo político disfrazado de periodismo), liberado de cualquier estándar ético –como se aprecia en el caso Willax o en el encumbramiento de personajes como Milagros Leiva–, hace innecesario incurrir en la compra de líneas editoriales.

Volviendo a la guerra electoral, Durand y Martínez resaltan cómo “El Comercio” –cuyos directores despidieron sin asco a varios periodistas que se atrevieron a “humanizar” a Ollanta Humala durante los comicios de 2011, negándose a tomar posición por Keiko Fujimori– intentó limpiar su imagen de manera astuta un lustro después, cuando pasaron a segunda vuelta dos candidatos que no amenazaban el statu quo: la chica y Pedro Pablo Kuczynski.

Una segunda vuelta entre candidatos afines al establishment, dicen los investigadores mencionados, “permitía a las élites respirar tranquilas”, y “El Comercio” aprovechó la ocasión para presumir de haber adoptado una posición “neutral”. Así paliaba el declive reputacional ocasionado por el descarado sesgo mostrado durante las elecciones de 2011, que afectó sus ingresos e imagen (en mayo de ese año Mario Vargas Llosa decidió, a modo de protesta, dejar de publicar su columna “Piedra de Toque” en el diario de los Miró Quesada).

El abrazo (letal) de las élites peruanas, capaz de condenar cualquier candidatura al fracaso, también es resaltado por Roca-Rey, que cita del libro “El pez en el agua”, publicado en 1993 por el Nobel de literatura: “…desde las primeras encuestas que hizo Sawyer/Miller Group, resultó evidente el impacto negativo de esa desaforada publicidad en los electores de menos ingresos, aquellos a los que la propaganda… martillaba la consigna de que yo era el candidato de los ricos”.

La desconexión de la élite limeña de cara al resto del país también se evidenció en el uso de una táctica que resultó en otro tiro por la culata: a Alberto Fujimori, comenta Roca-Rey, se le atacó por su mal uso del idioma español, con “frases mal construidas y una entonación ‘asiática’”. Como dice la autora, este tipo de declaraciones “…reflejaban un desconocimiento de la realidad del país. Un sector importante de la población no solo tenía una madre o un padre que no hablaba español, sino que muchos no consideraban esta lengua como su idioma materno”.

La actual captura de la política peruana por parte del “Pacto Mafioso” corre en paralelo con la “captura cognitiva” (término usado por Durand y Martínez) de la ciudadanía por parte de unos medios de comunicación corporativos que hacen de voceros de los grupos de poder económico tradicionales y, ahora, también de las economías ilegales y otras mafias. El Pacto ha resultado funcional a esos medios y a sus dueños.

Mientras tanto, el Perú espera a un extraño, a un outsider que encarne las esperanzas de cambio de las mayorías. El pasado reciente y la marcada ausencia de cultura política que reina entre nuestras desorientadas gentes auguran que lo que tendremos será otro impostor.

12-02-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 769 año 16, del 13/02/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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