El sueño del bot

Juan Manuel Robles

«Aparecieron por allí unos fulanos presentados como intelectuales”

Conocemos bien a las ultraderechas de la región. Su sueño es reescribir la historia. Pero no pueden. Cambiar la historia de una nación, de un continente, es una tarea titánica que requeriría el concurso de cientos de mentes, las mejores mentes y recursos enormes para que esos cerebros produzcan libros con la nueva versión mejorada, con esa revisión de lo que creímos real, y difundan las teorías flamantes que reemplacen a las viejas y obsoletas, y que esos libros sean muchos, tantos que pueblen anaqueles enteros con el conocimiento superior, desplazando a los otros en las bibliotecas. Alguna vez creyeron que el dinero, los millones y multimillones, podía hacerlo, reescribir la historia. Pero cambiar la historia es como querer reemplazar catedrales, y esta es gente que ni siquiera soporta plantar un árbol y esperar.

Estos hombres de poder querían reescribir la historia de nuestros países porque esa historia, para su gusto, tenía mucho de resentimiento social y odio, mucha memoria llorona, demasiados revoltosos convertidos en héroes y mártires, con foto a toda página en los textos. Querían y quieren reescribir la historia porque sienten que es un caudal de conocimiento nocivo, peligroso, que puede en un parpadeo despertar ánimos de rebelión (en su mente, “la vuelta al pasado”).

Ya la modernidad neoliberal del consenso de Washington había hecho lo suyo. La estupidización provocada por el combo televisión, exceso de trabajo, estrés, nula seguridad laboral gracias a la flexibilización había dejado a hombres y mujeres sin mucho espacio para el pensamiento. Ya estábamos muy temerosos, ablandados, sin ganas de criticar. Nos convertimos en personas menos conscientes: la mente precarizada para no tener precarizado el cuerpo.

El paso siguiente, para la derecha extrema, era reescribir la historia negando cosas. Reducir la palabra imperialismo a un diccionario de leyendas urbanas. Negar que existió alguna vez el Plan Cóndor, decir que fue una fábula lastimera de unos cantantes en poncho y guitarra. Negar que Pinochet mató a todos esos en el Estadio Nacional. Negar que Videla fue un monstruo. Quisieron redactar una historia nueva en que esos asesinos en realidad eran gerentes que se quedaron sin opciones, que reaccionaron ante la amenaza terrorista comunista.

Hasta inventaron referentes “académicos” para ir sembrando; aparecieron por allí unos fulanos presentados como “intelectuales”. Pero no pudieron hacer mucho porque es bien fácil distinguir a un científico social de un mercenario, a un sociólogo comprometido de un cínico oportunista, a un investigador serio de un politólogo pagado por Fuerza Popular. Sacaron libros, sí. Escribieron artículos provocadores. Papers fuera de lo “políticamente correcto”. Pero al final eran trabajos mediocres; porque son los mediocres y grises los que son captados por la ultraderecha, para una “versión alternativa” de las cosas, los que aceptan. Nunca les iba a funcionar el plan de reescritura, porque no se puede reemplazar a Galeano por cualquier manual idiota.

Y como no se puede cambiar la historia y crear una súbita generación de intelectuales afines —ni con los millones de las fundaciones para las libertades ni con las cátedras vargasllosas o las universidades empresa—, un día se les prendió el foco. Es el mundo de las redes sociales. Para qué cambiar la historia comprando profesores barbudos si con la tecnología se puede cambiar las mentes, alterar las emociones, encauzar la indignación. Para qué cambiar los cimientos del saber si se puede sembrar intriga superficial, efímera pero suficiente para dejar atontado a alguien justo unas semanas antes de votar.

La granja de bots del operador argentino Fernando Cerimedo, descubierta tras su detención, es una imagen fantástica por lo burda: a veces las cosas son lo que parecen. Ni la escena de los chimpancés trolls al servicio del multimillonario en la última película Supermán es tan caricaturesca. Y dadas las juntas de Cerimedo, pieza clave en las victorias de varios presidentes del Escudo de las Américas, da la impresión de estar frente a una versión actualizada del Plan Cóndor. En vez de metralletas, ahora hay pistolas Taser para inmovilizar de miedo a los ciudadanos, aturdirlos. En vez de Contras sanguinarios, hay pelotones de fantasmas que aparecen hablando, opinando, generando la sensación de comunidad y multitud gracias a la inteligencia artificial que le da a cada perfil falso personalidad, temperamento y fotos que lucen reales.

Los bots —usuarios falsos— que llegamos a ver son aquellos cuyos mensajes funcionan mejor y generan más reacciones. Son tantos que los humanos, esos imitadores por naturaleza, replican su conducta, su forma de “argumentar” y relacionarse. Se vuelve irrelevante la pregunta de si los mensajes de los terraplanistas son verdaderos o falsos: la verdad monumental es la existencia de esa comunidad de personas hermanadas por algo poderoso, que además han encontrado en sus mensajes delirantes, compartidos, un antídoto contra un mal contemporáneo: la soledad. Se trata, sin duda, de la intervención en la psicología de masas más importante de los últimos tiempos.

Por supuesto, no hay que entrar en pánico. Toda tecnología nueva nos hace caer como moscas, y ahí están avisos publicitarios de antaño para demostrar lo naifs que podemos ser. Pero aprendemos rápido y, pasado el efecto, nos inmunizamos.

Sin embargo, es necesario actuar para acelerar el proceso. Y allí es donde entran a tallar las personas que defienden el pensamiento crítico. A los izquierdistas se les machaca practicar el adoctrinamiento como si fuera algo vergonzoso: el mito del lavado de cerebro. Lo hace la misma gente que hoy contrata a los operadores con granjas. Por eso mismo, la izquierda y todos los que se sumen deben asumir su papel y salir como antes, en persona, a hablar, enseñar, contagiar, a fomentar ese instante crítico, ese detenerse a pensar que puede desbaratar la maquinaria de la desinformación como un castillo de naipes. Desbaratar la cadena de rabia irradiada por los bots con un susurro en el oído, real y lleno de verdad, como el aire rozando la piel.

04-09-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 796 año 17, del 04/09/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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