Perú: Embajador en Washington
César Hildebrandt
«¿Lo sabe y aun así tomó esta atroz decisión?»
El 15 de diciembre del año 2012 apareció en el diario “La Tercera” un texto prochileno de Álvaro Vargas Llosa. El escrito fue celebrado en círculos políticos y diplomáticos de Chile y arrancó del excanciller del Perú, José Antonio García Belaunde, una frase lapidaria: “Eso parece escrito por un agente chileno”.
Y era cierto. El actual segundo marqués de Vargas Llosa actuaba como un asalariado del país donde solía pasar largas temporadas al sostener que nuestro país cometía un error al llevar hasta La Haya un diferendo inexistente dado que todos los problemas entre Chile y Perú se habían resuelto, plena y definitivamente, en 1999.
“No sorprende, pues, que estemos ahora litigando en La Haya, a pesar de que en 1999, poco después del Acta de Ejecución que firmamos con Chile, el Perú anunció que se habían acabado para siempre los conflictos”, escribió Vargas Llosa en su llamada “Carta abierta a Torre Tagle”.
Lo firmado en 1999 no aludía al mar sino a los desacuerdos fronterizos de la costa compartida entre Chile y Perú y eso lo debía saber el hijo parásito del novelista. A pesar de eso, insistió, más estrellado que nunca: “Pero para jueces que prestan más atención a cómo entendían los firmantes lo que firmaban, cómo actuaron esos gobiernos y los subsiguientes a partir de dichos documentos, y cuál era el espíritu además de la letra de esos solemnes papeles, será extraordinariamente difícil concluir que no se acordó nunca una frontera marítima”. Vargas Llosa no se limitó a citar el convenio terrestre de 1999 sino que apeló, siguiendo un guion prestado de la diplomacia chilena, a la Declaración de Chile de 1947, el Decreto Supremo peruano de 1947, la Declaración de Santiago de 1952 y el Convenio de Zona Especial Fronteriza Marítima de 1954 firmado entre ambos países. El coautor de “Manual del perfecto idiota latinoamericano” sumó a ese cúmulo de supuestas pruebas un vaticinio que supo a delicia en La Moneda: el Perú perdería en La Haya. Rafael Roncagliolo, el canciller de aquel entonces, intentó minimizar el daño diciendo que se trataba “de un incidente de segundo orden”. Pero el daño era evidente: un Vargas Llosa no desmentido por su ilustre padre sacaba la cara por Chile en un proceso de límites marítimos.
Para decirlo con claridad: Álvaro Vargas Llosa copió y pegó todos los argumentos esgrimidos por la delegación que representaba a Chile en La Haya y lanzó a la prensa chilena e internacional, bajo la sombra del apellido que siempre lo aupó, la tesis de que en relación al mar no había discusión posible y que el Perú despertaba fantasmas para avivar un conflicto zanjado en el papel, la historia y el compromiso.
Pero sí había conflicto y así lo entendió el Tribunal de La Haya. La tesis de que las 200 millas marítimas de ambos países se superponían –es decir, la razón jurídica central de Torre Tagle– prevaleció y por eso es que el 27 de enero del año 2014 La Haya le concedió al Perú 50,000 kilómetros cuadrados de mar compensatorio a partir de la milla 80 contada desde el litoral. Piñera rabió en público, la derecha nacionalista recordó sus viejos triunfos, pero el fallo era inapelable y tuvo que acatarse. Alvarito dijo a media voz que se arrepentía de lo escrito y que se castigaría durante un año con “una penitencia cívica” consistente en callarse la boca. Nos libramos de sus monsergas durante algunos meses.
Pero esa no fue la primera vez que el primogénito del novelista hizo de frívolo apátrida y candidato a traidor. En 1995 había sostenido en “El nuevo Herald”, con su firma, que en la guerra del Cenepa, surgida de una grosera invasión de tropas ecuatorianas en la frontera de la Cordillera del Cóndor, “el Perú era el agresor” porque los tramos cordilleranos implicados en la disputa “estaban bajo control y patrullaje efectivo” del Ecuador. Es decir, exactamente la tesis de Sixto Durán Ballén, el presidente ecuatoriano que tramó la agresión. Vargas Llosa sostuvo que todo el conflicto del Cenepa estaba armado como una provocación del Perú para apuntalar la imagen de Alberto Fujimori, que en esos momentos hacía campaña por su segunda elección enfrentando a Javier Pérez de Cuéllar.
He sido y soy feroz adversario del fujimorismo, pero decir que Fujimori padre preparó una treta publicitaria haciendo estallar una guerra en la que perdimos demasiados hombres y una decena de aeronaves y tuvimos que ceder aquel kilómetro humillante en Tiwinza y garantizar los derechos ecuatorianos de navegación libre y perpetua por el río Amazonas y sus afluentes septentrionales, eso es algo que sólo se le podía ocurrir a un canalla disfrazado de cosmopolita.
Jaime Bayly contaba el otro día cómo se portó Alvarito Vargas Llosa con él después de tanta amistad. El retrato que hizo de su examigo era el de un virtual psicópata. Pero a mí no me preocupa que este marqués por extensión esté mal de la cabeza y se haya convertido en una exclamación de la maldad. Lo que me preocupa es que ahora es, gracias a Keiko Fujimori, el embajador del Perú en Washington. ¿Sabe la señora presidente cuánta información confidencial le llega al representante de un país en una embajada como esa? ¿Sabe qué podrá tener ante sus ojos, en materia de defensa por ejemplo, el señor que nos llamó agresores en la guerra del Cenepa y litigantes sin futuro en el diferendo marítimo con Chile? ¿Sabe la señora lo que acaba de hacer nombrando en Washington a quien durante años ha sido representante oficial en los Estados Unidos de COPESA (Consorcio Periodístico de Chile S.A.), uno de los grupos periodísticos más importantes del amable vecino? ¿Lo sabe y aun así tomó esta atroz decisión?
18-09-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 798 año 17, del 18/09/2026
