Perú: Fujimorismo y régimen político

Antonio Zapata

Aunque recién está formándose la tormenta, el escándalo Odebrecht ya está removiendo nuestra precaria estabilidad institucional. Cuando llegue a su punto culminante, quizá la traiga abajo. Es prematuro para tener certeza, pero una posibilidad es que se hunda el régimen político inaugurado con la transición del año 2000.

Este sistema se basó en un contrasentido: pretendió implantar la democracia con la misma constitución del autoritarismo. Por ello, hubo elecciones, aunque los partidos políticos siguieron siendo cascarones. Con la Constitución de 1993, el país no ha reconstituido ni el sistema de partidos ni tampoco el marco institucional del Estado; por el contrario, ha continuado imparable la perversa tradición corrupta que nos persigue desde hace tantos años.

La semana pasada ha sido terrible y anuncia el crítico período al que estamos entrando. No solo ha caído Toledo, sino que buena parte de la opinión pública desaprueba el contrato de Chinchero y su adenda. Es decir, ante la ciudadanía, el ex alumno de Stanford ha perdido todo crédito y, a la vez, ha crecido la desconfianza en PPK. El bamboleo que precedió a la firma empeoró la percepción, al mostrar que el gobierno no tiene claridad, sino que es tironeado por presiones empresariales y regionales.

Aunque en la historia peruana abundan los escándalos de corrupción, pocas veces uno de ellos ha tumbado un régimen político. Es cierto que Alberto Fujimori fue muy corrupto, pero cayó por razones democráticas, al pretender perpetuarse en el poder, violando las reglas de la misma Constitución de 1993. Si las consecuencias políticas del caso actual parecen superiores a situaciones anteriores, es porque la pesquisa judicial viene de fuera y es imposible que sea administrada políticamente. La información es indetenible. Si Odebrecht ha sobornado a los presidentes, entonces va a salir y en ese caso seguramente estaremos inaugurando un nuevo ciclo.

La caída de un régimen político puede ser por golpe militar o parlamentario. Aparentemente los militares están lejos de un posible golpe, puesto que tienen demasiados problemas internos. Descartada esa hipótesis, al menos por ahora, solo queda la transición parlamentaria. En ese caso, la primera opción la tiene el fujimorismo, en realidad sería la única carta.

Pero, por ahora, Fuerza Popular está sorprendentemente cauta y silenciosa. Sus voceros evitan los medios y si aparecen, como Luz Salgado por ejemplo, es para expresar un mensaje tranquilizador, sugerentemente muy republicano.

A qué puede deberse esta actitud de una bancada que hasta ahora venía caracterizándose por su beligerancia e impetuosidad. Dos razones posibles. La primera, que espera tranquila ver pasar el cadáver de sus enemigos. Ya pasó Toledo, ahora faltan los demás, y cuando esto suceda, recién ha de intervenir con fuerza.

La segunda posibilidad es que Keiko tenga alguna cuenta con Odebrecht. Si los brasileños han financiado la campaña de todos los políticos, ¿habrán hecho lo mismo con las elecciones de Keiko? Como todo indica que es muy probable, entonces ella podría tener los mismos problemas que muchos. Para lo cual, se apresta Kenyi, que anda en tempranera campaña cuasi presidencial a lo largo y ancho del país.

Si cae el régimen político, algunos partidos están condenados y otros tratarán de sobrevivir. El fujimorismo tiene bastantes posibilidades de superar el reto, porque está implantado en numerosos sectores sociales. Pero Fuerza Popular afrontará una prueba y aparentemente sabe que tendrá problemas.

Ante lo cual, y agravándolos, se percibe viento de fronda en su campamento. Como suele suceder en las dinastías, la tienda real está quebrada. Los hermanos encarnan proyectos parcialmente contradictorios y Odebrecht puede agudizar su enfrentamiento.

http://larepublica.pe/impresa/opinion/846517-fujimorismo-y-regimen-politico

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