“Sobran alimentos pero falta acceso a la comida”

Miguel Altieri     (Entrevista Miguel Ángel Ortega Lucas)

“No hay un átomo de ti que no me pertenezca”, decía Walt Whitman, y tampoco hay un solo movimiento en la tierra que no nos acabe influyendo de una u otra forma. En la alimentación, por ejemplo: si es cierto que somos lo que comemos, también somos, de alguna manera, el camino por el que esa comida llega hasta a nosotros; desde qué manos, de qué forma, después de qué sucesos. De modo que cabe preguntarse, por ejemplo, qué rueda global alimentamos nosotros al hacer la compra.

Miguel Altieri (Chile, 1950) lleva media vida cuestionando un sistema agroalimentario bajo el cual subyace, en su opinión, todo un planteamiento (nocivo) de vida para el planeta. Profesor de la Universidad de Berkeley, California, allí imparte, integrado en el Departamento de Ciencia, Política y Gestión Medioambiental, la materia de la que es experto, Agroecología: una ciencia que trata de aplicar los principios de la ecología a los sistemas agrícolas y alimentarios. Pero no se trata, dice, de “enverdecer la revolución verde”, sino de un salto cualitativo: un nuevo paradigma, aún no llevado a la práctica en la mayor parte del mundo, que reformula el modo en que la producción de los alimentos se relaciona con lo natural, lo económico, lo humano: “Se trata de promover la soberanía alimentaria, de transformar el sistema alimentario. De crear una nueva agricultura que se adapte a las realidades del futuro”, y a las actuales.

Altieri intervino en la jornada Ampliando la escala de la Agroecología para la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, organizada en Madrid por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID) y la Oficina de la FAO (Naciones Unidas) en España. Allí habló con CTXT, explicando que la agroecología bebe tanto de la ciencia occidental como del conocimiento ancestral campesino; sistemas agrícolas que “han persistido durante cinco mil años” en América.

“En América Latina hay 500 grupos étnicos: quinientas maneras de mirar la naturaleza. Porque no podemos decir que el nuestro es más correcto. Cuando a un campesino de los Andes le preguntas si este suelo es bueno, y hace así (golpea la tierra con el talón), y dice que sí… Bueno, eso no te lo enseñan en la universidad. Son indicadores que ellos han desarrollado: el olor, el sabor del suelo… Tenemos que bajar de esa arrogancia académica y co-crear con ellos. Una integración del conocimiento de la que emergen unos principios fundamentales para que la agricultura sea biodiversa, resiliente y sostenible”.

¿Hasta qué punto cree que tienen que ver los problemas actuales de los que habla con el divorcio, cada vez mayor, que las sociedades han sufrido respecto a la naturaleza?

Es interesante porque tiene orígenes intelectuales. Cuando el pensamiento cartesiano dijo que no podemos entender el global, sino que hay que dividirlo en partes (y ésa es la formación que tenemos ahora; cuando hay que entender el sistema en su conjunto). También Darwin fue malinterpretado; aquello de que la evolución plantea que sobrevive el más fuerte. Eso implica la competencia, y resulta que en la naturaleza hay más cooperación que competencia. Pero en agronomía nos dijeron que había que eliminar la competencia: no queremos maleza, insectos, sólo el cultivo… Cuando puedes crear sistemas cooperativos, con ciento cincuenta especies distintas de plantas conviviendo. Marx habló de un metabolic rift, una grieta metabólica, la ruptura que sucedió cuando lo rural y lo urbano se deslindaron… Lo que pretende en el fondo la agroecología es cerrar esa brecha, volver a conciliar uno y otro aspecto… En Los Ángeles tenemos ciudades vecinas que son desiertos alimentarios, sin acceso a comida fresca. Esa tierra se podría cultivar…

¿Cómo es posible que se produzca comida más que suficiente para abastecer al planeta entero y aún estemos como estamos?

Es que el hambre hoy en día no tiene nada que ver con que no haya alimentos. Se produce un 40% más de lo que necesitaríamos. El problema es el acceso a la comida. Más de la mitad de la humanidad gana menos de 8 dólares al día. Eso es un problema de acceso. Si a una persona pobre, que se gasta la mitad de su presupuesto en la comida, se la suben el 20%, que es lo que está sucediendo, le afecta muchísimo. El problema es el acceso a la tierra. Los que producen la comida son los campesinos, el 70% de la comida mundial la producen cultivos campesinos, controlando apenas el 20% de la tierra.

Algo que parece absurdo: si el mayor sustento procede del campo y no de lo industrial, ¿qué hacemos emigrando cada vez más a las ciudades?

Es un problema grave. Pero mucha gente se ha ido del campo forzada, claro. Por ejemplo la muralla que trata de poner Donald Trump contra los mexicanos: la mayoría de esos emigrantes son campesinos indígenas desplazados por el Tratado de Libre Comercio. Porque EE.UU, que subvenciona y sobreproduce su maíz, hace dumping y lanza su producción a México a un precio más barato del que a ellos les cuesta producirlo… Venimos de las Canarias: la papa canaria es más cara que la que les llega de Inglaterra o Alemania… Son estas distorsiones del mercado. Y esas islas pueden producir su propia comida, pero importan el 90% de los alimentos… Los jóvenes no quieren estar en el campo porque no tienen oportunidades. Pero si se creara un plan de reconstrucción de la agricultura, con rasgos de esa agricultura milenaria, se podría ser autosuficiente en la mayoría de los alimentos teniendo en cuenta el territorio. Las oportunidades están ahí pero no está la visión política de apostar por eso.

Porque está también eso que usted ha llamado “el imperio alimentario”. Que consistiría en…

Multinacionales que estrangulan el sistema alimentario. Tienen un lobby potentísimo en Estados Unidos (también habrá en la Unión Europea). Controlan qué producen los productores, cuánto producen, para quién… y qué se consume. Porque los grandes supermercados también están ahí metidos. Controlan qué come la gente, la calidad de los alimentos, y cuánto pagan por ellos. Romper ese monopolio es muy difícil. Hay que crear un baipás: un camino alternativo que rompa con la lógica del mercado capitalista y cree alianzas más solidarias entre consumidores y productores a nivel local. Hay algunos ejemplos interesantes en Latinoamérica. También políticas estatales, como las compras públicas de Brasil, donde hay una ley nacional de agroecología según la cual el 30% de la producción de los campesinos, de la agricultura familiar, va a los mercados sociales; a los hospitales, las escuelas… Eso saca a los agricultores de competir en mercados cerrados.

¿Se podría decir, aunque suene crudo, que hay individuos a quienes interesa que comamos mal?

Por supuesto. Piensa que si a las grandes multinacionales como Monsanto, un agroimperio enorme, se les quitara la venta del glifosato, que es el herbicida que se utiliza en la agricultura transgénica, no les iría muy bien financieramente… Hay un libro muy interesante, La industria del cáncer, que explica que se han suprimido investigaciones alternativas porque el cáncer es el mejor negocio que hay para algunas multinacionales; para los hospitales y los que producen los fármacos. Por supuesto que hay una oposición enorme [a la agroecología], porque hablamos de una visión social de la tierra. La tierra ahora está siendo un elemento de especulación. Hay un acaparamiento enorme de la tierra en África y Sudamérica por gobiernos como el de China, Arabia Saudí, EE.UU… que están apropiándose de territorios no sólo para producir biocombustibles; también para minería. Hoy en día la peor amenaza para la zona agraria en Latinoamérica es la minería, los yacimientos [de petróleo por ejemplo: un elemento del que también pretende “divorciarse” la agroecología].

Eso plantea otra cuestión interesante: ¿de quién es el suelo, en la ciudad o en la selva?…

Hay países, como Brasil y Ecuador, que recogen en sus leyes la función social de la tierra. Significa que la tierra tiene que producir alimento. Es la base del movimiento de los Sin Tierra; intervenir latifundios ociosos que no están produciendo. El Papa Francisco planteó estas cosas en una encíclica, la Laudato Si. Porque la ética de la agroecología es eso también, que el derecho a la alimentación es un derecho humano. Pero, para que se cumpla, la tierra tiene que cumplir su función social. Y eso implica una serie de cambios muy fuertes.

Cambios que guardan semejanzas, irónicamente, con cosas muy antiguas. ¿Cuáles serían los vasos comunicantes entre lo moderno y ese conocimiento agrario ancestral del que hablábamos al principio?

Lo que estamos haciendo nosotros como investigadores es, por un lado, rescatar ese conocimiento, porque se está perdiendo. La gente más vieja muere, los jóvenes no están volviendo a la tierra… Hay una erosión del conocimiento que hay que rescatar, esos principios por los cuales sus sistemas funcionan. Por ejemplo, tenemos investigaciones en algunos países de América Latina donde ha habido eventos climáticos, como huracanes o sequías, para ver por qué de entre 2.000 fincas, por ejemplo, sobreviven 200. Ahora estamos desarrollando un proyecto por el que llevamos agricultores de Puerto Rico y Haití a Cuba: a pesar del huracán María hubo muchas fincas que resistieron. Queremos que estos campesinos expliquen a los otros cómo lo hicieron; hacemos de facilitadores de un intercambio de conocimiento entre ellos. Hay muchas cosas que pueden hacerse, como ésta.

Y en España, ¿qué cree que podría empezar a hacerse, con amenazas como la desertización en el sur?

Aquí hay mucha agricultura ecológica, que es diferente a la agroecología; lo primero es sólo una sustitución del paquete tecnológico que se usa para el cultivo. Esos sistemas carecen de biodiversidad y son dependientes de agentes externos. Y caros. Esa agricultura es generalmente para exportación; y si no, no es accesible para la gente más pobre, que no puede pagar ese sobreprecio (que tampoco debería haberlo porque con la producción agroecológica el agricultor puede ahorrar un 40%: no sólo se gana vendiendo más, sino ahorrando). En España hay que dar ese paso a sistemas más diversificados, fomentarlos sobre todo en climas mediterráneos con sequía, a través de la materia orgánica del suelo, que es como una esponja que permite almacenar mucha más agua. Existe la micorriza: unos hongos que colonizan las raíces y las extienden naturalmente, por lo que son más resistentes a la seca. Si no llueve, un tomate puede sobrevivir con este sistema aunque no haya agua. Hay todo un trabajo que hay que hacer para crear no sólo sistemas más productivos, sino más resilientes.

http://ctxt.es/es/20180418/Politica/19060/miguel-altieri-agroecologia-hambre-monsanto-agricultura.htm

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