Como si fuera la guerra civil

César Hildebrandt

Todo puede pasar en Estados Unidos. Hasta podría suceder que las elecciones fueran limpias, los candidatos civilizados y los resultados respetados.

Pero eso no es lo que va a suceder.

Donald Trump ya se encargó de enlodarlo todo con sus previsibles acusaciones de fraude y con la maquinaria abogadil que ha puesto en marcha para intentar parar el conteo en los estados donde está perdiendo y hacerlo proseguir donde está ganando.

Y ya mencionó el puñal que guarda para el final: la Corte Suprema, donde los jueces conservadores son sólida mayoría.

Cuando escribo estas líneas Joe Biden necesita confirmar su triunfo en Arizona, donde lleva una clara ventaja de 2,4% con el 86% del conteo, y en Nevada, donde al 90% del recuento conserva un 0,9% de superioridad. Con esos 17 votos electorales (11 de Arizona y 6 de Nevada) llegará a los 270 votos electorales requeridos. Trump, en cambio, está en serios problemas: aun si ganara en los tres estados donde tiene ventaja en el conteo, llegaría a 265 votos electorales. En efecto, si Trump triunfa en Carolina del Norte, Pensilvania y Georgia sumaría 51 votos electorales, los que se añadirían a los 214 que tiene en estos momentos. Las cifras son tercas: 214+51= 265.

Por eso es que Trump y el hampa de bufete que lo rodea quieren meter a la milicia judicial en el cómputo y repetir la faena que el republicanismo extremo logró hacer en La Florida el año 2000, cuando, con la complicidad de la Corte Suprema, le arrebató el triunfo a Gore y pusieron al limítrofe Bush junior en la cima del poder.

Biden ha obtenido más de cuatro millones de votos populares que Trump, pero eso en Estados Unidos poco importa. Ese país padece de una democracia deforme e indirecta que inventaron los padres fundadores para evitar que las chusmas nombraran derechamente al presidente. No es lo único disfuncional en el sistema electoral de los Estados Unidos, como se sabe. Lo más malogrado del esquema es que las campañas son, ahora más que nunca, un asunto de dinero, una gigantesca inversión que hacen las grandes fortunas en candidaturas que garantizan sus privilegios. Si Biden ha podido competir esta vez de igual a igual no es sólo por el desgaste trumpista vinculado al Covid-19 sino porque un gran sector del lobismo corporativo lo ha visto como un equivalente de Trump, aunque más presentable.

Biden no le ha hecho ascos a coquetear con sectores republicanos que parecen hartos del estilo de Trump y eso ha comprometido su discurso centrista tornándolo, en algunos temas, abiertamente conservador. Más allá de su pregonado retorno a los Acuerdos de París la política de Biden en materia ambiental no se diferenciará radicalmente de la impuesta por Trump. Se duda también de lo que al final hará con la revisión de los impuestos que pagan los más ricos y se presume, razonablemente, que Biden imitará el marco centro-derechista de Obama, esa gran decepción.

Es un drama que el partido republicano se haya escorado hasta naufragar en las ciénagas del Tea Party. Es un problema que el respetable conservadorismo que alguna vez abanderó Leo Strauss, entre otros, se haya convertido en esta vulgaridad de eslóganes que en muchos casos grita Fox News. Es como si Walt Disney y el peor Henry Ford se hubiesen apoderado del partido que Abraham Lincoln condujo a la más ilustre posteridad. Es como si Hanna-Barbera Productions tuviese a cargo la agenda de la Casa Blanca. Es, en suma, como si Bart Simpson hubiese secuestrado a Ronald Reagan (que ya es decir bastante).

Es trágico que el republicanismo estadounidense haya renegado de sus mejores ancestros y tenga promiscuo comercio con el racismo, el supremacismo blanco, el aislacionismo anacrónico. Los confederados resucitan, el general Lee vuelve y Appomattox nunca existió: la guerra civil esperaba a un Trump que la avivara tanto como lo hizo el demócrata Jefferson Davis, presidente de los esclavistas del sur. Pero si es penoso que el republicanismo haya derivado en esto, es también lamentable que los demócratas hayan temido ir unos pasos más hacia la izquierda, como lo aconsejaba la experiencia de Bernie Sanders.

¿Qué ha pasado? Hay dos maneras de entender los cambios. Una es aceptándolos y adaptándose a ellos sin desfigurarse demasiado. La otra es darles un portazo en la cara y atrincherarse en una vieja casa devenida santuario. Los Estados Unidos que no aceptan el globalismo, la competencia china, la pérdida de una hegemonía absoluta y la creciente multipolaridad creen haber encontrado en Donald Trump el muro terco que los protegerá. Esas masas refugiadas en el nacionalismo creen que pueden detener el tiempo y el deterioro. En su desespero, están dispuestas a la violencia. Por eso han seguido votando por Trump, que es el matón mundial que más puede hacer por ellas. Eso es lo que creen. Y se equivocan. Trump no puede desmontar el reloj de la historia y el futuro apunta a un mundo donde los Estados Unidos dejarán de ser, en muchos aspectos, el único referente.

Vi la jornada electoral estadounidense cambiando de canales cada minuto. Me di cuenta de que las encuestas no habían registrado un voto oculto, rencoroso, teflonero en favor de Trump. Las viejas dos Españas que tanto conozco se repetían de una manera aún más enconada.

A las 2:21 de la madrugada se presentó Donald Trump en el ala este de la Casa Blanca. No podía creer lo que estaba viendo y oyendo. El presidente de los Estados Unidos lamentaba no haber podido festejar su triunfo, que daba por sentado cuando en ese momento tenía menos votos electorales que su rival, y pronunciaba hasta en tres ocasiones la palabra “fraude”. ¿Qué república tropical era esa? ¿Qué satrapía encarnaba este hombre ojeroso peinado con laca que desacreditaba el proceso donde acababa de participar y en el que estaba perdiendo? ¿Qué chavismo adinerado y con misiles nucleares era este? ¿Qué clase de golpe de estado hipócrita estaba proponiendo el presidente de la primera potencia mundial mientras las cuentas no le salían tal como esperaba?

Sentí vergüenza ajena. Me dio pena que el país en el que Faulkner inventó aquella mítica Yoknapatawpha surgida de los relatos de su abuelo, un hombre de tan pocas luces diera a entender que esa, la que estaba detrás suyo, era también su bandera y que su deber era seguir cuidándola, como si de cualquier Robert Mugabe se tratara.

¿Qué fue lo que dijeron los periodistas norteamericanos de Bolivia cuando el reincidente Evo Morales fue reelegido? ¿No dijeron que esa era una vergüenza?

Bienvenidos los Estados Unidos de América al Tercer Mundo.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N° 514, 06/11/2020  p12

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