Petro, tan lejos

Juan Manuel Robles

Qué envidia sana que da Colombia al tener en la segunda vuelta un candidato como Gustavo Petro, quien no ha ganado aún pero obtuvo una victoria histórica que ojalá sea el preludio de una gran fiesta y la vida sabrosa (como dice Francia, la candidata a vicepresidenta). Qué gusto mirar al país vecino desafiar su suerte, emprender el cambio, despabilarse y romper paradigmas. Qué cachetada, también, saber que estamos tan lejos de contar con referentes que reúnan tanto: inspiración, ambición, firmeza, capacidad de unir. Una izquierda que dejó atrás la improvisación, con un candidato dispuesto a enmendar sus errores políticos, y que hace tiempo procesó las vehemencias de la juventud. Una izquierda que recupera el verbo: no la charlatanería ni las consignas fáciles, sino las palabras que se hilvanan para explicar qué merecemos y cómo lograrlo.

Es una envidia paradójica, por supuesto. Queda claro que Petro no podría existir en el Perú como líder. ¿Se imaginan? La izquierda “provinciana” lo llamaría caviar, porque fue alcalde de la capital, donde está su base, y porque cree en la inclusión y los discursos de género, recurre a la CIDH y anda pactando con moderados. Pero los progresistas tampoco aceptarían de buena gana a Petro: un reportaje de “Panorama” bastaría para que la propia izquierda limeña empiece a llamarlo “terrorista”, o a tolerar que lo estigmaticen así por su pasado en la subversión (el M-19 de Petro era un movimiento guevarista parecido al MRTA), mirando para el otro lado si la Dircote lo cita o alguna autoridad lo retira de la contienda por el prontuario.

La multitud de Petro en su encendido discurso de cierre de campaña —en una hermosa plaza liberada— me entusiasma y me recuerda nuestra condena peruana. Los líderes más sólidos de izquierda en Latinoamérica en estos tiempos han sido los que reúnen tres características: una probada participación en una lucha radical, sensibilidad social y experiencia en cargos públicos. Lula. Morales. Mujica. Boric. En el Perú, Sendero Luminoso, y el trauma creado por su accionar criminal, quitaron de la ecuación cualquier radicalismo como virtud, pues este se entiende automáticamente como señal de “violencia”, sin mayor análisis. No solo se desterró de la vida política a cualquier persona de pasado militante en organizaciones subversivas o afines (incluso de aquellos que no participaron en crímenes) sino que se censura al dirigente cocalero que emerge —peor: se lo encarcela— o se margina al líder sindical que haya estado preso debido a la represión policial. Yo hasta hace unos años creía que esto es lógico porque la gente recuerda con pavor la violencia. Últimamente creo que son más los políticos los que mantienen viva la censura, al margen de los procesos ciudadanos.

El caso es que, a falta de ese líder de izquierda que haya podido procesar su radicalismo —alguna forma de radicalismo—, lo que nos toca en el Perú es un maestro conservador, un moralista del trabajo cuyo discurso se parece al de un pastor evangélico errático. Un hombre sin credo ideológico, que, a la luz de los hechos, no estaba comandando una lucha social cuando lideró la huelga del magisterio. Estaba defendiendo sus intereses, y para ello sacó a relucir una costumbre que se haría su sello: pactar con cualquiera.

Colombia es un modelo de lucha izquierdista (que no tenemos). Y aquí otro motivo de envidia enorme: la manera en que Petro expresa sus propuestas. Su inteligencia que provoca miedo (el propio Álvaro Uribe lo ha admitido, en reveladoras declaraciones). Petro ha propuesto ideas como la “alfabetización digital”, que consiste en que brigadas de estudiantes de los últimos años de colegio capaciten a gente del campo en herramientas digitales para tener más oportunidades (al tiempo que se procura la interconexión tecnológica del país, como parte de la democratización del acceso a Internet). Es un decidido impulsor de la transformación energética, que quiere dar el primer paso para desplazar al petróleo y desarrollar energías limpias, menos contaminantes.

En Colombia ha ocupado el primer lugar un candidato de izquierda que habla de la energía solar para impulsar la reindustrialización y competir mejor (ahorrando en electricidad, no en recursos humanos). Se trata de un luchador social con un discurso complejo, que en cada entrevista explica pasos para una transformación posible. Por supuesto que puede estar equivocado, pero es todo lo contrario a un populista emocional. Que ese ejercicio de la razón haya sido premiado en las elecciones es un logro para toda la región.

Y con él está Francia Márquez, que resume ese espíritu contestatario de vanguardia. Afrodescendiente, feminista y activista medioambiental (en un país que durante el gobierno de Duque ha matado a trescientos), se convirtió en el símbolo de la contienda. Es un fenómeno enorme que, de paso, deja atrás otras taras de las izquierdas: la subrepresentación y el sectarismo.

Ojalá gane Petro y traiga algo de luz al continente. No es fácil, al frente tiene a los poderes fácticos unidos y a un falso outsider: Rodolfo Hernández, un empresario de derecha que se dice antisistema pero que se ha beneficiado por el statu quo para hacer su fortuna, un Trump colombiano que hace demagogia de lucha contra la corrupción pero tiene, él mismo, investigaciones por tráfico de influencias. Un señor que hace payasadas en Tik Tok y juega a la incorrección política y la misoginia, que está a punto de abrazarse con toda la clase política que dijo despreciar, todo con el fin demoler a Petro con el cuco de siempre: Venezuela.

Pero pase lo que pase, la izquierda que venció en Colombia es ya una lección de pluralidad, de congregación para un objetivo mayor: la alternancia verdadera en un país de terratenientes y caciques que sufrió y fue escuela de la peor violencia, donde los que mueven la cosa han confundido crecimiento con desarrollo y libertad de mercado con libertad humana. Como dice el escritor colombiano Juan Álvarez, es errónea la frase “es venganza” con la que algunos analistas definen lo ocurrido. No es la lógica de la vendetta lo que explica un proceso social hondo en que tantas almas se sincronizan. Tal vez en ese giro conceptual, superar la idea de revancha y procurar la unión urgente —Petro habla como si el mundo fuera a acabarse, lo cual confirma su respeto por la ciencia— es lo que la izquierda necesita: la oportunidad que en el Perú perdimos (o que nunca tuvimos).

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°588, del 03/06/2022  p14

https://www.hildebrandtensustrece.com/suscripcion/tarifa

https://www.facebook.com/semanariohildebrandtensustrece

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*