Perú: Especie en extinción

César Hildebrandt

Pertenezco a una especie en extinción. Soy un lobo de Tasmania, un pájaro Dodo, un periodista que hace todo lo posible (muy raras veces está en las cercanías de lograrlo) por rendirle un discreto homenaje al idioma castellano.

Hoy la prensa es un condado del reino de la ley, un expediente, la data de un secretario de juzgado. El júbilo de muchos periodistas de investigación es encontrar la página pertinente de la resolución decisiva del fiscal protagónico. Por eso muchos textos tienen ese aspecto entrecomillado y amarillento tan frecuente en las escribanías. Por eso es que la prensa de hoy, en general, parece un saqueo abogadil, un botín del ministerio público, la isla del tesoro de los penalistas que hacen dormir apenas abren la boca.

Yo soy alguien que siempre creerá que el periodismo consiste en escribir lo mejor que se pueda una historia verdadera. Estoy convencido de que los abogados son nuestros enemigos, que los fiscales emponzoñan la sopa, que los jueces roen nuestro oficio. La prensa de hoy tiene cara de juez y estilo de otrosí.

Yo soy una foca monje del Caribe: sigo amando a John Dos Passos y creyendo que hay que enamorar al lector, que nada es mejor que escoger el término preciso, que hay música en este idioma y que el asunto es tratar de encontrarla (aunque lo intentes mil veces sin lograrlo).

El periodismo es el primer borrador de la historia, repetía Phil Graham a los que querían oírlo. La frase no era suya pero la había adoptado como compromiso. Hoy en día muchos han creído que el fundador del “Washington Post” moderno hablaba de un “borrador” literal, un memo inhábil, un recuento crudo. No es así. Graham le dio mucha importancia al estilo y ese fue uno de los factores de la conversión de su periódico en un referente de la prensa norteamericana. Lo que su frase repetida quería decir es que el periodismo es el prólogo de la historia. Como se sabe, los prólogos suelen estar bien escritos. Antes que Heródoto hubo cronistas locales que hicieron lo suyo.

El periodismo y la literatura se amaron en pecado durante muchos años. Dado su parentesco, hubiera sido incestuoso que se casaran, pero compartían lecho y mocedades. Después vinieron los abogados y dijeron:

-Aquí faltan telarañas, embrollos, mañas, jaquecas, remedos de sintaxis, oscuridades.

Y se infiltraron en nuestro oficio de artesanos.

Después llegaron los fiscales a puro grito:

-Aquí faltan el órgano jurisdiccional, la pretensión civil, la penal, la investigación preparatoria, las consecuencias accesorias.

Y se convirtieron en nuestros proveedores.

Pero entonces llegaron los jueces, que eran lo peor, y decidieron:

-Aquí falta todo. No están la numeración de los autos, las probanzas, los antecedentes de hecho, la masa argumental que sostiene el fallo.

Y entonces ellos fueron nuestros confidentes, los padres de la prosa que el IPYS premiaba con plata de Odebrecht.

Yo soy un lobo de las Malvinas. Soy un muerto. Pero sigo siendo alguien que cree en las historias bien contadas, un sujeto de profesión lector, de muy esporádico ingenio y de esperanzas magras.

Alguien, en suma, que coge un libro bien hablado y siente el placer de las palabras, el encanto avasallador de lo que convence a punta de belleza. Como cuando Pete Hamill, al describir el aspecto ceniciento de los neoyorquinos que caminaban tras el derribo de las torres gemelas, fraseó: “Una asamblea de fantasmas”. Eso es todo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 648 año 14, del 11/08/2023, p16

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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