Perú: Nano Guerra García

César Hildebrandt

Pasolini escribió alguna vez que la muerte funciona como edición. En efecto, terminado el rodaje, descartado el azar de un mañana ya imposible, las escenas se juntan como en un montaje y la película queda lista. Toda vida es un cortometraje sin guion, sembrado de tentaciones y ridiculeces, de luces y sombras, de pesadillas y conquistas efímeras. La fugacidad nos es intrínseca. La muerte es la firma de la fugacidad.

La vida de Hernando Guerra García, como la de todos, fue una sucesión de claroscuros hasta que un día de hados malos decidió que las malas juntas eran su opción. El fujimorismo se jactó de haber reclutado a alguien que había vivido en la decencia y usó a Guerra García como argumento higiénico. “Si Nano Guerra García está con nosotros, ¿qué dirán ahora quienes tratan de desacreditarnos?”: ese era el mensaje. Pero era un mensaje falaz.

El fujimorismo había convertido a Martha Hildebrandt, mi brillante media hermana, en la fiera defensora de lo indefendible. El fujimorismo practicaba el jíbaro arte de la reducción de cabezas y lograba que un hombre como Francisco Tudela, tan leído él, terminara moviendo las ancas al compás de una cumbia entonada por Rossy War. O que Pablo Macera, sucesor de Basadre, se sentara en una silla congresal al lado de eserpentos salidos del fraude y la covacha. O que Enrique Chirinos, ebrio de trementina y otros elíxires, nublara sus días elogiando al dictador y festejando la defenestración de miembros honorables del Tribunal Constitucional. O que gente que no había necesitado ensuciarse para tener éxito –Manuel D’Ornellas, Ricardo Marcenaro, Absalón Vásquez, Carlos Orellana, José Chlimper y un etcétera de colores varios– acabada salpicada para siempre.

Porque el fujimorismo es la enfermedad que aspira a sanarnos, la reja que nos hará libres, la anomia que legisla. Las taras del Perú están, antologadas y reconcentradas, en esta organización que nació prometiendo un gobierno de centro-izquierda y que terminó en manos de lo más mafioso del capitalismo prebendario. La leyenda negra de un Perú atraído siempre por la hipocresía, el timo y la inescrupulosidad parece confirmarse cada vez que el fujimorismo, esa dinastía carcelaria, demuestra, como ahora, su poder.

El fujimorismo no se limpió con Nano Guerra García. El maculado fue él. Le sucedió lo que a todos los que entraron en sus filas: de pronto, vaciados de conciencia, abogan por las peores causas y separan las palabras de los hechos.

De modo que allí estuvo el buen Guerra García, de pronto vestido de ujier verbal de la patrona, urdiendo las alianzas congresales que hicieran posible traerse abajo las pocas reformas logradas y abriéndole el camino al lobismo exitoso. Las leyes con nombre propio, la restauración de la podre en la SUNEDU, las múltiples impunidades, las investigaciones farsescas, todo eso se obtuvo porque el talento costurero de Guerra García cosió el traje a la medida.

Quizá creyó Nano que su ingenio de componedor le iba a ser útil en tareas de mayor calado, en busca de metas de otra índole. Pero no. El fujimorismo es, gracias al liderazgo de Keiko, argamasa de lo ínfimo, fuerza de choque de intereses mezquinos. Uno puede discutirle a Alberto Fujimori muchas cosas, pero es innegable que tuvo una visión de país. El Perú que hizo no es agradable ni justo ni mucho menos ejemplar, como reclaman sus adeptos, pero hubo en el exdictador una mirada con perspectiva y horizonte. En el caso de la señora Keiko, hablamos del carpe diem de la insignificancia. Su política es servir a sus donantes, desahogar sus frustraciones, saciar su apetito de venganza. En el 2016, derrotada por segunda vez, decidió derruir el templo con filisteos y todo. En el 2021, con el hígado hirviendo en una vieja bilis, quiso dar un golpe de estado conspirando contra el Jurado Nacional de Elecciones y la ONPE. Sus berrinches deciden, para vergüenza de los peruanos, muchas cosas. Su agenda es una sucesión de pataletas y planes para eludir a la justicia en los casos de lavado de activos surgidos de la plata negra entregada por empresarios bajo sospecha. El Perú es para ella un mapa plagado de sucursales partidarias y votantes posibles. No hay ninguna grandeza en sus afanes.

Guerra García fue el arquitecto de las votaciones en las que las tropas de Vladimir Cerrón y la señora Fujimori unieron poder de fuego para hundir más el país. El fujimorismo lo condenó a ser vocero de patrañas y director de una orquesta de renegados. Hasta podría decirse, con todo respeto, que la muerte lo ha exonerado de mayores humillaciones.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 656 año 14, del 06/10/2023, p16

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