Perú: Nuevos caminos

Juan Manuel Robles

«Me gusta el ejemplo de Perú y Chile porque ahí se ve cómo la adición de un país en el tejido social del otro termina dando nuevas oportunidades»

Según datos oficiales, desde el 2017 hasta la fecha 78 mil venezolanas migrantes dieron a luz en el Perú. Considerando que son solo los nacimientos con registro, y que no hay medición certera de los hijos de los venezolanos con mujeres peruanas, probablemente estamos frente a unos 150 mil peruanos hijos de venezolanos que vinieron al mundo en esos años (cálculo conservador). A eso se suman el casi medio millón de niños y adolescentes de Venezuela que viven en el país, y que en muchos casos tienen memorias borrosas de su vida anterior y una identidad peruana adoptada naturalmente, que va ganando terreno.

En medio de tanto ruido después del ataque estadounidense a Caracas para sacar del país al presidente Nicolás Maduro, y aturdido por la avalancha de mentiras y emociones sin filtro, me topé con una nota sobre esos niños y me quedé pensando en ellos, como encontrando un respiro: de alguna manera, saber que esa masa de futuros jóvenes es tan grande —cientos de miles— me ha sacado una sonrisa esperanzada.

Las migraciones masivas suelen tener orígenes oprobiosos: el escape se da cuando se ha perdido casi todo, cuando no quedan opciones, cuando la humillación y el riesgo ya no importan. Pero cuando pasan los años lo que aparece, como una avalancha que lo cubre todo, es la energía de la nueva generación, de los que nacen, crecen y se integran. Son ellos, muchas veces, los que curan el duelo migrante, desbordados de futuro. Son los que viven plenamente el encuentro de culturas, el conocimiento mayor de unos sobre los otros, el intercambio de palabras que no se van nunca más: una ventana abierta a un pueblo distante y mágico.

Mi esperanza es que, pasado el rechazo de los que le tienen fobia a los venezolanos —que se manifiesta en nuestros países de manera terrible y violenta, no solo en Perú sino también en Argentina, Colombia y Chile—, lo que vendrá será un acercamiento grande, nunca antes visto.

Lo hemos visto en el caso de Perú y Chile, países enemistados por una guerra terrible —Lima fue la primera capital de América Latina en ser tomada por un ejército extranjero—, que unieron como nunca sus sociedades desde fines del siglo XX debido a la enorme cantidad de peruanos que llegaron a tierras chilenas huyendo de la pobreza y que pasaron a ser parte fundamental de la cultura y color local de ciudades como Santiago. Me gusta el ejemplo de Perú y Chile porque ahí se ve cómo la adición de un país en el tejido social del otro termina dando nuevas oportunidades. En un futuro no muy lejano, no tendría que ser muy difícil, para ambas naciones, darse cuenta de que juntos son un muro indestructible del Pacífico Sur, y que nadie les podrá decir nada por sus decisiones soberanas de hacer negocios con quien les plazca. El intercambio entre países, la multiplicación de afectos compartidos, abona el camino para decisiones más grandes.

Va más allá de izquierdas y derechas. América Latina ha olvidado que solo puede sobrevivir unida, asociada, interconectada. Que sus nacionalismos son un lujo emocional, un tanto infantil, que no pueden permitirse, o que toca jubilar como algo que ya no sirve. Han tenido que ser hechos traumáticos —crisis, guerras— los que nos han trasladado de un lado a otro dentro en esta parte del continente, pero esa convivencia, al final, tiene un aspecto positivo: fortalecer la consciencia colectiva de lo que somos. ¿Cómo puedes decir eso, me preguntará alguien, si todo el mundo detesta a los venezolanos, si su llegada nos ha dividido más? Es entonces cuando vuelvo a pensar en los niños, chibolos carajitos que crecen entre arepa y pan con palta, y que hoy mismo son mejores amigos de niños peruanos.

Son ellos los que pensarán en nuevos caminos y construirán puentes de formas que aún no podemos ver. A diferencia de otros países tradicionalmente elegidos para migrar y tener más oportunidades, donde los llegados se quedan en sus comunidades y guetos, en América Latina la gente se mezcla y vuelve a mezclar: el huanka de ojos rasgados debido al abuelo japonés que llegó a Jauja porque contrajo tuberculosis en el barco se encuentra un día, en Lima, con la mulata de Aragua que tiene de Guinea y también de Portugal. Y así en cada ciudad del continente.

Tal vez en el futuro esos niños ayudarán a incentivar esos intercambios, a crear políticas que los fomenten y financien. No tengo idea si recordarán el bombardeo de Caracas como algo bueno —como la mayoría de sus padres— o como el inicio de una toma de consciencia, pero sé que la perspectiva de muchos de ellos será más completa, con más empatía, humanidad y alcance, como un avión que planea lentamente sobre nuestros cielos, sin armas.

08-01-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 764 año 16, del 09/01/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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