Prensa conservadora y cómplice
Daniel Espinosa
«Se nos hace tarde para entender que no existe tal cosa como una prensa corporativa ‘liberal’. Su existencia siempre fue un mito»
En la red social que seguiremos llamando Twitter, un doctor en ciencias políticas de la Universidad Católica advierte, en el contexto de lo que acaba de ocurrir en Venezuela, que los cambios de régimen impuestos desde afuera rara vez democratizan el país afectado. Está en lo cierto, como ha quedado demostrado con creces. A continuación, el mismo intelectual agrega que “Maduro tenía que caer”, pero que la forma en la que finalmente cayó –mediante un ataque militar extranjero– es muy riesgosa.
Aquí hay algo que debemos notar. Esta popular idea, que “Maduro tenía que caer”, coincide con la campaña militar más agresiva que Washington ha llevado a cabo en contra del régimen venezolano en las últimas décadas. Esa agresión militar viene acompañada, como no podría ser de otra manera, de una potente campaña de propaganda, esfuerzo bien organizado y financiado que tiene como uno de sus objetivos primordiales instalar en las mentes de las masas –y en las de intelectuales, como podemos apreciar– precisamente esta idea, la de que “Maduro tenía que caer”.
¿Tenía que caer Maduro? El venezolano tenía que caer tanto como tendría que caer el genocida Netanyahu –con orden de captura internacional–, o como tendrían que caer los sátrapas que encabezan las monarquías medievales de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, o como tendría que haber caído el régimen hondureño del narcotraficante recientemente indultado por Donald Trump, Juan Orlando Hernández –quien se hizo del poder entre actos de represión y bien fundadas acusaciones de fraude electoral, como Maduro–, o como tendría que haber caído en su momento el régimen del colombiano Álvaro Uribe –el de los “Falsos Positivos”–, jefe de facto del paramilitarismo y compinche del Cártel de Medellín desde mucho antes de llegar al Palacio de Nariño (e invitado de honor de CADE 2024).
¿Y qué hay del régimen Boluarte, que masacró impunemente a cuarenta y nueve peruanos? Para el aparato de propaganda que cada cierto tiempo fomenta histerias colectivas para facilitar cambios de régimen yanquis, hubiera sido pan comido convencer al mundo de que la primera presidenta del Perú “tenía que caer”. Así de maleable es la percepción humana (y ellos lo saben).
¿Por qué no escuchamos muy seguido –o, mejor dicho, por qué no escuchamos nunca– que los mencionados en los párrafos anteriores tendrían que caer? Porque el gran aparato de propaganda digitado desde Washington no estuvo ni está interesado en centrar la atención y la indignación de las masas en esos malos convenientes, malos “pragmáticos”, malos alineados. Recordemos lo que dijo Franklin D. Roosevelt sobre el dictador dominicano Rafael Trujillo: “Puede que sea un bastardo, pero es nuestro bastardo”.
Los intelectuales “respetables”, siempre deseosos de sacarle lustre a sus “credenciales democráticas”, así como de asegurarse buenos puestos en oenegés y el mundo académico –y presencia en la gran prensa–, tienen muy poco que ganar enfocando su atención en los “bastardos” que, por conveniencia, el aparato de propaganda jamás coloca bajo sus reflectores, “bastardos” al servicio del poder hegemónico y las élites tradicionales.
La histeria colectiva que resulta indispensable para que las aventuras del imperialismo puedan llevarse a cabo es atizada una y otra vez por estos intelectuales y analistas políticos, expertos en leer las señales de la propaganda, maestros en el arte de captar lo que el poder desea de ellos. Estos intelectuales dicen obrar siguiendo principios morales, pero una y otra vez terminan sirviendo al malo mayor en sus agresiones contra malos menores, pero también contra gobiernos legítimos que decidieron no subordinarse.
El resultado de tener unos medios de comunicación masiva corporativos y oligárquicos, repletos de esta “respetable” gente, es lo que estamos viendo en el panorama geopolítico, es decir, la destrucción en apariencia irreversible del derecho internacional. La gran prensa está llena de personajes que, como Mirko Lauer, dicen que el genocidio en Gaza –uno de los eventos que, gracias a la complicidad de la “comunidad internacional”, ha contribuido con la ya mencionada obliteración del orden internacional establecido luego de la derrota del fascismo– “no nos toca” (columna del 21/12/25, “La República”), declaración que, además de ser irresponsable, encierra una miseria moral de antología.
El consenso en los medios peruanos con respecto a lo ocurrido en Venezuela, que puede observarse en todo el “espectro de opinión aceptable” –desde los editoriales de los medios más ranciamente conservadores hasta los supuestamente liberales o progresistas–, es idéntico: justifican la nueva agresión estadounidense casi sin ambages, pero rechazan la retórica trumpista, palabras que no son más que un acompañamiento (Trump dijo que su país “gobernará Venezuela”). La prensa corporativa se come el sapo con gusto, pero exige que venga con otra salsa.
¿Cuál sería la diferencia si Trump no decía lo que dijo? Ninguna. La agresión militar nunca tuvo otro objetivo que imponer cierto nivel de control, ya sea directo o indirecto –a través de figuras como la visiblemente trastornada María Corina Machado–, sobre Venezuela y sus recursos.
Las opiniones editoriales que justificaron esta nueva agresión yanqui –ocultando de manera muy conveniente que el ataque del pasado sábado mató por lo menos a cuarenta personas (no fue “impecable”), e imitando la postura adoptada por los grandes medios estadounidenses– pueden observarse tanto en “La República” (“de izquierdas”, dicen), como en “Perú21”, el diario que la Policía del Perú suele instrumentalizar para sus campañas de terruqueo.
Se nos hace tarde para entender que no existe tal cosa como una prensa corporativa “liberal”. Su existencia siempre fue un mito. Cuando las papas queman, la gran prensa por entero –incluyendo a “La República”– es conservadora, igual que el grueso de los intelectuales que opinan en ella, columnistas y analistas que el aparato de propaganda activa y desactiva a placer.
08-01-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 764 año 16, del 09/01/2026
