Perú: El arrastre de Jerí
Juan Manuel Robles
«Jerí, con su actuación barata, termina de hundir a candidaturas como la de José Williams»
Lo mejor de la salida de José Jerí es el desgaste del modelo del “hombre intrépido” al mando del gobierno, el individuo de camisa remangada que jura que les hará frente a problemas como la inseguridad ciudadana —y el crimen desatado— con actitud y aplomo. Jerí es un recordatorio de que no se es Bukele por decisión, por actitud machita. Los Bukele (los Fujimori) son todo menos testosterona en acción; tienen detrás una serie de circunstancias, alianzas secretas, asesores turbios —o despiadados— y un contexto histórico especial. La pose de hombre duro la perfeccionan después (la propaganda se encarga de eso). El pobre Jerí quiso empezar por los gestos, sin preocuparse de saber dónde estaba parado. Se le desbarató el disfraz en cuatro meses.
Su caída en desgracia nos recuerda que, por lo general, esos hombres que quieren patearlo todo terminan como él, más aún si son títeres de poderes más grandes. Lo de Jerí es notable porque básicamente no tenía que hacer nada, ni siquiera trabajar. Pero quiso aprovechar el momento para comerse el chifa de la abundancia eterna. Queda para la historia (la historieta) su imagen tratando de patear una puerta que se abría en la dirección opuesta, o la puesta en escena de presos sentados, a lo Cecot de Bukele. Todo muy bamba y muy armani, bajo la atenta mirada de los INPE laxos y panzones de siempre. También quedan en el recuerdo los artículos de los analistas que hablaban de su carisma, de un nuevo prospecto de político, de cómo la gente lo quería.
Me alegro de algo: que su destitución arrastre a los vociferantes de la mano dura que sueñan con las cárceles de El Salvador. Jerí es un pelele, sí, pero también una demostración de que el problema de la violencia criminal no es uno de carácter o actitud. No es cosa de quién se pone los pantalones, como dice la expresión machista, ni de quién vocifera comandando operativos policiales, o de quién declara “la guerra contra el crimen”. Porque el crimen en el Perú es algo más complejo, más intrincado, más enredado con el poder político. Jerí, con su actuación barata, termina de hundir a candidaturas como la de José Williams, que no despega ni despegará. Williams, un exmilitar que fue a juicio acusado de participar en la matanza de Accomarca —donde murieron 69 personas—, lanza un spot en el que juega con la idea de un comando paramilitar en un paraje desolado, listo para actuar, aludiendo con orgullo a la idea del oficial que saca el arma y elimina al enemigo en las sombras. Mucha gente no es sensible a los derechos humanos, pero sí a la payasada: cuando un tipo hace alarde de redadas imaginarias, a lo Rambo, ya saben por dónde va la cosa, y le dan la espalda.
La masculinidad exhibida en exceso suele ocultar cobardías inconfesables, debilidades que se convierten en delitos, y conllevan a un esfuerzo muy grande por preservar la coraza viril. Roberto Villar Chamorro, otro comando Chavín de Huántar —al igual que Williams— y celebrado héroe, acaba de ser sentenciado a veinte años de prisión por liderar la patrulla que en 1994 mató a ocho civiles en el conflicto armado (entre ellos una niña de seis años a la que le apuñalaron las piernas). En su defensa, sus amigos comandos dicen que es un valiente, un hombre de verdad que enfrentó sin miedo a los terroristas. Así son. Recién empezamos a saber qué bajezas ocultaba Jerí detrás de la mascarada de joven maravilla que se metía de noche a las cárceles de alta seguridad.
Por lo demás, uno disfruta la salida de Jerí porque es la demostración de la incapacidad del pacto mafioso de gobernar aun con mayoría absoluta, con la anuencia de las Fuerzas Armadas (que han reducido a cero el tono crítico que tenían cuando el presidente era Castillo). En su delirio megalómano y con una paranoia inevitable —debido a sus prontuarios—, han convertido la presidencia en algo así como un ministerio más, un premierato con banda, en el que el primer mandatario es alguien que debe reemplazarse cuando se “desgasta” (para que ese desgaste no los arrastre a ellos). Así sacaron a Dina Boluarte, para que su cero por ciento de aprobación no los salpicara. Eligieron al títere Jerí pensando que iba a conducirse sin sobresaltos hasta julio, pero en el camino vino el video del chifa y tuvieron que bajarle el dedo, para no mojarse. Ahora ponen a una marioneta nueva esperando que en dos meses borre el recuerdo fresco de Jerí y las visitadoras. Y da risa.
Da risa pensar que en ningún caso podrán librarse del desgaste. Siete fines de semana de programas dominicales, siete viernes de este semanario, son suficientes para dejar al descubierto los chanchullos de cualquiera, y ya está visto que todos los miembros del pacto mafioso los tienen de sobra —solo hay que ponerles los reflectores y escarbar lo suficiente, cosa que se hace con un presidente—.
José Balcázar es el relevo de una marabunta turbia que tomó el poder y no lo suelta (y ha hecho todo para no soltarlo en las elecciones que vienen). Su elección como presidente es irrelevante, salvo para confirmar que el daño está hecho: vivimos con la democracia en suspenso. Su hoja de vida dice que está a favor del matrimonio entre adultos y niñas (para seguir con las masculinidades tóxicas). Pero apenas se ha empezado a jalar la madeja, y los periodistas no tardarán en encontrar cosas peores. Lo único divertido que podría deparar este tercer fusible es un indulto al presidente Pedro Castillo, dada su filiación a Perú Libre. Es improbable: deben tenerlo muy pero muy chantajeado. Como a Jerí.
20-02-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 770 año 16, del 20/02/2026
