Perú: Penas de muerte

César Hildebrandt

«El debate sirvió para exhibir la miseria de nuestra política y la poca seriedad de muchos de los que irrumpieron, desde su merecida nada, en las elecciones»

Me pongo a tono con la retórica patibularia de los debates: pena de muerte para los idiotas.

Pido más, guadaña en mano, babeando de gusto anticipado: cadena perpetua para los candidatos que demuestren serias deficiencias en su funcionamiento cerebral.

Pero no basta: campos de concentración de pan y agua en remotos lugares de la selva para los que hagan propuestas esperpénticas.

Y más: jueces sin rostro, como los que reimplantará la Fujimori, para los que construyan partidos que son siglas vacías y se presenten a las elecciones para hacer el ridículo.

Largas condenas en prisiones sin ventanas para los que suden mientras hablan y organicen frases ininteligibles y lleguen a conclusiones falsas y recomienden soluciones inverosímiles.

Que mueran el Pacto de San José, la Convención de Palermo, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Corte Penal Internacional y hasta las Naciones Unidas con tal de encarcelar sin debido proceso y sin presunción de inocencia a quienes demostraron en los debates recientes que la crisis del Perú viene de abajo y décadas atrás.

Multiplicar cárceles, militarizar las calles, disparar a discreción y sin rendir cuentas, crear un Estado lumpen: eso fue lo que oímos. Y, con algunas excepciones, lo que vino después fue una lista de prodigios que se harían en cien días, una retahíla de promesas enormes que pacificarían el país y nos devolverían la grandeza que nunca tuvimos.

Para decirlo de una vez: me dio vergüenza ajena escuchar tal avalancha de estupideces y mentiras. Me dio escalofríos imaginar que el bobo que me hablaba, sin el menor propósito de convencerme, era fundador de un partido que la autoridad electoral había acogido.

Claro que hubo excepciones, pero fueron muy pocas. Aun los mejor dotados se dejaron impregnar por la demagogia vociferante, aunque está claro que Marisol Pérez Tello, Alfonso López Chau y Jorge Nieto evitaron el abismo y mantuvieron posiciones coherentes.

Keiko Fujimori debe haber desilusionado hasta a sus adictos más duros. Y lo mismo debe haber pasado con Rafael López Aliaga, que se dedicó a leer con la cabeza gacha la paporreta de sus próximas grandezas.

Mesías Guevara hizo lo que pudo y se enfrentó al fujimorismo, del mismo modo que Nieto, que situó el tema de la corrupción en su justo marco: no se la derrotará si no se acaba con el pacto mafioso y congresal, dominado por el fujimorismo, que nos gobierna de modo clandestino.

Rafael Belaunde demostró que es un avión que no despega y el decente Roberto Chiabra entendió que el carisma es tesoro elusivo y que él es uno de los desahuciados.

En el territorio de los casi punibles destacó José Luna, que habló de la podredumbre congresal como si de su fundo se tratara. Y Alfonso López Chau, más allá de algunas frases rescatables, perdió una buena oportunidad para demostrar que tiene el liderazgo que reclama. Fernando Olivera fue fiel a sí mismo, con todo lo que eso significa, y José Williams dio la impresión de haberse resignado a meter a unos cuantos parlamentarios. Grozo, que era la galopante revelación de la derecha, se evaporó con las charreteras puestas mientras Lescano hizo todo lo que en los años 90 hubiera impresionado al auditorio. Carlos Espá volvió con un discurso que no asume vitalmente y Roberto Sánchez, desde la izquierda, fue quizá la mayor desilusión: habló para la gente que quiere creerle y reforzó todas las ideas tribales que lo pueden distanciar de cualquier entendimiento con el centro. Lo mismo pCongreso, Corruptos, asó con Ronald Atencio, sin una sola idea-fuerza digna de ser recordada. Enrique Valderrama estuvo impecable en el discurrir de sus intervenciones pero daba la impresión de haber ensayado mil veces y tener una memoria digna de un examen de grado. Lanzó una lista de lavandería de ofrecimientos que demandarán varios presupuestos nacionales. Tenor de la afasia, divo indiscutible del patetismo involuntario fue César Acuña, quien demostró ser también analfabeto oral.

En resumen, el debate sirvió para exhibir la miseria de nuestra política y la poca seriedad de muchos de los que irrumpieron, desde su merecida nada, en las elecciones. Nadie habló de las dificultades de la gestión pública, de la necesidad penosa de concertar con quienes estarán al acecho de sabotear al próximo gobierno y de los problemas que el tsunami de la inflación mundial nos habrá de traer.

Yo preparo, mientras tanto, mi paredón, mi horca, mi garrote vil, mi silla eléctrica, mi inyección mortal. Me voy poniendo a tono.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 775 año 16, del 27/03/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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