Un aparato de comunicación canalla
Daniel Espinosa
Lo que más temen los dueños de la gran prensa es cualquier viento reformista
En una columna publicada aquí en febrero (“La prensa hegemónica en guerra electoral”) adelantamos que, si acaso pasaba a segunda vuelta un candidato que amenazara el statu quo neoliberal, el sesgo de la gran prensa adquiriría tintes grotescos: la desesperación por impedir la llegada al poder de un antisistema barrería, una vez más, con cualquier rastro de decoro.
Lejos de tratarse de algo difícil de pronosticar, la conducta de los medios corporativos peruanos en elecciones ya ha sido analizada al detalle por expertos que, precisamente debido a sus posturas críticas, jamás aparecen en la televisión y los diarios. Eso limita enormemente su capacidad para llegar a un público masivo que ya debería estar listo para escuchar sobre iniciativas de reforma que transformen ese aparato de comunicaciones –cada vez más descarado en su propaganda– en un instrumento genuinamente democrático.
Cuatro meses después de publicada la columna mencionada en el primer párrafo, un candidato antisistema disputa la presidencia y la gran prensa ha vuelto a las andadas: se quitó las caretas del pluralismo y la imparcialidad, entrando con la pierna en alto a la guerra cognitiva.
Las voces críticas explican que la cobertura de la prensa hegemónica toma forma atendiendo a los intereses económicos de las corporaciones que invierten cuantiosas sumas de dinero en avisaje, intereses empeñados en preservar un orden político que tiene por dogmas la desregulación, las exenciones tributarias, la reducción del gasto social y el financiamiento privado de la política.
Como Noam Chomsky, muchos expertos sistemáticamente ignorados por las grandes cadenas insisten en señalar que el negocio de la gran prensa no consiste tanto en informar a sus audiencias sino en captar audiencias para ofrecérselas a sus anunciantes. Así como los totalitarismos de inicios del siglo XX tenían sus ministerios de propaganda, el neoliberalismo tiene por vocero ideológico a la gran prensa, un aparato de comunicaciones que supo reemplazar la censura abierta por la autocensura y los lineamientos ideológicos explícitos por un sutil sistema de incentivos.
En “Al principio, las cadenas” (segundo capítulo del libro: “Concentración mediática y sus impactos en la democracia. Una aproximación al caso peruano”, publicado en 2022) Juan Gargurevich explica que el afán por concentrar la propiedad de medios de prensa no se originó, hacia fines del siglo XIX, por un deseo de rentabilidad, pues los primeros magnates de medios –gente como los estadounidenses Edward W. Scripps o William Randolph Hearst– rara vez obtenían ganancias considerables de sus empresas periodísticas:
“(…) ¿Qué razones movilizaron a numerosos magnates a invertir en la acumulación de títulos de periódicos?” –se pregunta el profesor Gargurevich, historiador de los medios de comunicación–. “La respuesta quizá puede ser simple: acopiar poder para usarlo en beneficio de intereses económicos o ideológicos y así unirse a los ya antiguos poderes fácticos: la Iglesia, la oligarquía, los partidos políticos…”.
Scripps, dice el historiador estadounidense John W. Tebbel (citado por Gargurevich), “quería que sus periódicos gozaran de autonomía, pero al mismo tiempo, que sus directores comulgaran con sus sentimientos y pensamientos”. Por su parte, Hearst era conocido por usar sus diarios para organizar “campañas concertadas a favor de lo que creía que era bueno para el público o el país…”. Cuando Hearst decidió expandirse fuera de las fronteras de EE. UU., con México en la mira, un militar de ese país latinoamericano, José García Valseca, se le adelantó fundando la gran cadena de diarios “El Sol”, cuya inclinación política sería “conservadora, anticomunista y agitadora de temores en tiempos de la Guerra Fría”.
Su cobertura resultaría fundamental para el éxito político del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernaría México durante la mayor parte del siglo XX. Estamos hablando de una cadena de diarios formada en la década del cuarenta del siglo pasado, pero esas inclinaciones ideológicas –características de una Guerra Fría que se sigue librando en la mente conservadora– continúan dándole forma a la cobertura noticiosa de la gran prensa de toda la región.
En una reciente conferencia, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum recomendó a sus compatriotas dejar de mirar TV Azteca, lo que equivaldría a un presidente peruano diciéndole al país que deje de sintonizar América Televisión. TV Azteca es propiedad del poderoso Grupo Salinas, que compró la televisora, antes estatal, cuando la ola privatizadora neoliberal de los noventa barrió con Latinoamérica. Según Mireya Márquez-Ramírez y Manuel Guerrero, de la Universidad Iberoamericana de México:
“La paradoja de la concentración mediática radica en que su expansión coincidió con el discurso público sobre la democratización política. Se asumía que las fuerzas del mercado y la competencia mediática desentrañarían gradualmente las relaciones corruptas y contribuirían a fortalecer las democracias emergentes al ofrecer una gama más diversa de voces. En realidad, sin embargo, los conglomerados mediáticos –no los ciudadanos– se beneficiaron enormemente de los gobiernos ‘democráticos’ y neoliberales, y de las reformas legislativas de los derechos de mercado”.
Décadas de concentración y reconcentración de los medios de prensa en pocas manos han resultado en un aparato de comunicación canalla. Hace solo diez años, por ejemplo, los exabruptos racistas o machistas de algún enajenado narrador deportivo eran solo eso, exabruptos aislados, deslices que solían terminar en disculpas públicas. Ahora tenemos canales de televisión dedicados a presentar la intolerancia, la xenofobia y el desprecio por el otro como cultura popular, fomentando un cinismo que, en política, se traduce en rechazo ante cualquier postura idealista o de principio –así surge el “cojudigno”–.
Lo que más temen los dueños de la gran prensa es cualquier viento reformista. Su éxito controlando la información que llega a las masas se verifica precisamente en el hecho de que ese asunto aterrador, esa herejía –la reforma democrática de los medios masivos–, jamás ha entrado en la agenda pública. ¿No estamos tarde?
04-06-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 785 año 17, del 05/06/2026
