Perú: Skin care y cara dura
Juan Manuel Robles
«Ninguno de esos líderes horrendos salió de abajo, pero no importa»
Keiko Fujimori, respaldada por movimientos de derecha regional, foros extremistas —como el bochornoso think tank que nos dejó Vargas Llosa— y sin duda alineada con el naciente Escudo de las Américas, fue en campaña menos agresiva que otros líderes de esas juntas. Con el fantasma de tres derrotas consecutivas, la hija del presidente fugado y preso por corrupción jugó a dulcificarse, a mostrarse más humana y para eso utilizó las redes sociales permitiendo un vistazo a su intimidad. Pareció una movida astuta en campaña pero ahora, con menos de un mes en la presidencia, el mismo canal que le permitió adormecer a los incautos la pone en evidencia: Keiko, aunque calle más, comparte un rasgo con esa nueva derecha narcisista y frívola: la insensibilidad. Una insensibilidad gigantesca que la pinta de cuerpo entero.
Keiko pavonéandose de cómo le hace para verse bien “sin colágeno” y lanzando mensajes de cuidado facial en Tiktok mientras Lima sufre inundaciones de más de un metro de profundidad —y decir que no estaba enterada solo empeora las cosas— es Abelardo de la Espriella lanzando pelotas a los damnificados del terremoto de su país. Es el gesto desubicado, la manifestación de personalidades que viven en una realidad alterna y solo saben mirar su ombligo. Allí está Javier Milei respondiendo al hecho de que la morosidad del crédito familiar en Argentina se haya cuadruplicado bajo su mandato con un tranquilo “es un tema entre privados”. Allí estuvo Jair Bolsonaro, cuestionado por las muertes por la pandemia, riéndose: “la gente muere, todos vamos a morir”. La mujer que tomó el poder en el Perú —sin ganar las elecciones en el territorio nacional— no llega a ese desparpajo, pero hay en la rotundidad de su desconexión con la realidad señales espantosas.
Es una sonrisa que se parapeta bajo la excusa de la moral al tope y el amor propio como disciplina. Estos líderes arrogantes han amasado votos en sus países con la prédica de que cada uno de nosotros es, individualmente, más importante que el resto; y que si tomamos las decisiones adecuadas, mantenemos actitud positiva y fortaleza mental, lograremos triunfar, pues “el pobre es pobre porque quiere” no es solo un eslogan: es el testimonio real de todo aquel que salió de abajo. Eso dicen. Ninguno de esos líderes horrendos salió de abajo, pero no importa. Su carisma está en dar carta libre al egoísmo —ocultado tantos años por pudor y presión zurda—, a sentir orgullo por lo que tienes sin tener presión alguna de pensar en lo que a otros les falta.
La desigualdad es el pitazo final de un juego en que no te pusiste las pilas. La verdadera justicia es la que se da en el acto limpio de un tiburón tragándose un pescadito. ¿Qué quieres ser tú?
Es un mundo en que tu actitud y visión deciden si serás un ganador o un perdedor, un universo en que estas dos categorías existen. Los ganadores merecen más que los que son “derrotados”; la división de las ciudades es reflejo de esta verdad: si estás en el lado feo, procura esforzarte y llegar al lado bonito, eso es todo. Keiko Fujimori, una mujer con grandes vacíos que ha demostrado en pocas semanas su incapacidad monumental, dejó claro que comparte esa visión barata de la vida en 2017, cuando quiso desmentir los rumores de que se encontraba deprimida —contaban que se había hundido después de perder las elecciones— diciendo en público que nada que ver, que la depresión es de perdedores. Lo hizo a viva voz, en vez de aceptar que la derrota contra PPK, por un pilín, la llevó a un encierro de semanas.
Sucede que la negación de la realidad es una constante en estos líderes frívolos. Su mundo aspiracional se sustenta en la exclusión. No solo la depresión es de perdedores; también la pobreza, la rabia, el deseo de protestar, la rebeldía (energía mal canalizada por excelencia), la memoria que nos vuelve odiadores resentidos. Todo eso es de losers. Keiko alucinándose bella, recomendando ponerse bloqueador mientras cráneos son agujereados a balazos por sicarios. Es De la Espriella afirmando que Dios decidió mandar un terremoto, “una prueba”, mientras tira balones de fútbol con la camiseta de su selección.
Son personas concentradas en sí mismas, que llaman a los otros a vivir la vida haciendo lo mismo. Por supuesto, en el credo de ganar y estar arriba, se olvida convenientemente a quienes quedan abajo. Sensible con mi piel sensible, indolente para lo demás. Recordemos que fue Keiko quien dijo: “no me interesa si se perjudican diez mil o cien mil personas”, al ordenar que no se dé luz verde a un proyecto hasta que ella pudiera promoverlo como presidenta. Fue también quien retrasó varios años el indulto de su padre para no quemar esa carta en su camino electoral (según Lourdes Flores Nano, Alan García le ofreció el indulto en 2011).
La insensibilidad de Keiko ahora mismo tiene eco en los ministros (vaya forma de liderazgo). El titular de Economía, Elmer Cuba, dice que no debemos hacer un escándalo por estar con el agua en las rodillas: “Venecia todo el tiempo está inundada”.
No hay que menospreciar esa capacidad de ser insensible de Keiko Fujimori. No hay que tomarla a la ligera cuando vemos a una mujer que sigue en lo suyo, pasándola bien, mientras el país arde. Parece algo inocuo, pero no lo es. Porque esa líder buscará proteger ese espacio, esa tranquilidad, ese bienestar, antes que hacer sacrificios por solucionar lo que aqueja al colectivo. Y cuando eso quede en total evidencia, el país arderá, una vez más.
20-08-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 794 año 17, del 21/08/2026
