Perú: Cien días y algunas alegrías
César Hildebrandt
«Es el fin del mito fujimorista como eficacia de gestión. Es el verdadero entierro de Alberto Fujimori»
Hay buenas noticias en el mundo, esas que disgustan a la prensa que está hecha para negar y mentir.
Seguimos hablando de la victoria de Lula, de la fuga de Bolsonaro y de la desnudez carachosa de esa derecha que reclamaba muertos, silencios y fraudes.
¡Qué alegría la derrota de Donald Trump! Sé que los demócratas que lo han aplastado no cambiarán significativamente la política exterior de los Estados Unidos, pero el hecho de que este homínido deje de tener mayoría en ambas cámaras será un freno para sus peores desmesuras. ¡Y qué goce produce imaginar el susto de Milei, las murmuraciones de Fujimori, las tensiones de Kast, algunas de sus mascotas preferidas!
¡Qué bueno que Netanyahu no haya sido electoralmente confirmado y que el gobierno genocida de Israel esté entrampado! Sé también que las opciones del futuro inmediato no son las mejores, pero que los partidos árabes se yergan como hipotético fiel de la balanza es un alivio en medio de la barbarie.
¡Qué estimulante resulta que el ultraderechista y corrupto presidente serbio Aleksandar Vučić haya sido derrotado en elecciones por una auténtica revuelta estudiantil!
¡Qué maravilla que Santiago Peña, el presidente neoliberal de Paraguay que admiraba la dictadura de Alfredo Stroessner, haya tenido que renunciar desde la bolsa de basura donde fue depositado después de que quebrara el banco donde tenía amigos e intereses!
¡Qué aleccionador resulta que en Países Bajos los liberales de izquierda se hayan impuesto a la derecha filofascista de Geert Wilders!
¡Y qué edificante es que a los cien días de ejercicio, el gobierno del fujimorismo se debata entre la estupidez y la demagogia!
Durante años el fujimorismo se vendió como la prometida resurrección pagana del dios padre, el regreso del brujo que tenía fórmulas para todo, el ejercicio del pragmatismo virtuoso que su hija predilecta había heredado y pondría en marcha junto a un equipo enorme de tecnócratas. Iba a ser el gobierno de una mujer obstinada y genial y una selección de especialistas en cada sector. Que Humala, Kuczynski y Castillo impidieran ese paraíso con sus votos, fue sólo un retraso: el fujimorismo llegaría al poder porque es el CEO de la felicidad, el orden y el progreso.
Pero esa venta de imagen escondía la letra pequeña del contrato: la señora es más bien burra, la adulación prevalece a la hora de elegir ministros y funcionarios, todo se atasca a la hora de las decisiones y lo que funciona es la foto pretenciosa que entrega Palacio, la declaración que propala RPP, las descalificaciones a la oposición que formulan los Torres y los Rospigliosi y el eco tintineante de la plata que se reparte entre la prensa perniabierta. Es el fin del mito fujimorista como eficacia de gestión. Es el verdadero entierro de Alberto Fujimori. Lo que tenemos ahora no es la señora Thatcher del Naruto sino Dina Boluarte con un mejor modisto.
La maquinaria que sí está a todo andar es la de la mafia fujimorista. Lo que sí funciona es el deep state. Porque Keiko Fujimori no tiene la inteligencia de su padre pero sí es la legítima heredera del lado oscuro de ese gobierno que llegó a tener naturaleza criminal.
Por eso el uso de muladares de la prensa para desprestigiar a personajes que sigan siendo incómodos, por eso el uso de la podrida Junta Nacional de Justicia para destituir a jueces que se resisten a aplicar las leyes del Congreso anterior, por eso es que alias Fiscal de la Nación ordena a sus subordinados armar investigaciones nacidas del colon descendente de esa televisión que hace recordar a los Winter y a los Crousillat. Por eso también es que la fiscal suprema Teresa Wong ha solicitado este 3 de noviembre que se archive el proceso por cohecho y tráfico de influencias en contra de César Hinostroza Pariachi, el largamente prófugo cabecilla de Los Cuellos Blancos del Puerto. Por eso se seguirá protegiendo el agio, el oligopolio, las exoneraciones tributarias para Chlimper y sus amigos, la modestia relativa de los impuestos a la gran minería. Por eso la señora que nos preside habla, cada vez que puede, rodeada de policías y militares. No es que recuerde el rescate victorioso de Chavín de Huántar. Lo que recuerda es a los Colina premiados y amnistiados por su padre. Su vocación es tener una DINI como el SIN.
Lo que queda del fujimorismo es el estilo procaz de hacer política: trampear con el pedido de las facultades legislativas, burlarse de su propia Constitución, empujar al Senado, que se domina gracias a un miserable desertor, a burlarse de la cámara de diputados y terruquear a quien se pueda dándole voz y crédito a testigos inverosímiles. Lo que queda del fujimorismo es la infamia. Y de eso sabe mucho la señora Fujimori, como lo atestiguó su propia madre y lo confirmó años después su propio hermano. ¿A alguien puede sorprender que una señora sin luces opte siempre por la oscuridad?
Es curioso: en esta parte del mundo, la izquierda parece haber aprendido de sus peores errores. Por eso Lula es admitido en el centro y aquello del chavismo energúmeno suena tan arqueológico como el sueño totalitario, con rublos a la vena, de los Castro. Pero la derecha no ha aprendido nada. Es más: está peor que nunca. Cree que el Perú es una casa-hacienda, que el planeta es un bien inmueble y que a las plebes se les pondrá siempre bozal. Es una derecha que bebe demasiado y tiene una pistola al cinto. Parece salida de una novela de Dos Passos.
06-11-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 805 año 17, del 06/11/2026
