Plagio, esa cojudez

Pedro Salinas

“Lamento que la brevedad del espacio me llevó a omitir las fuentes y reconozco este error”, dijo el purpurado Xerox para justificar su grosero pirateo. Y es que, gracias a Útero.pe y al escritor José Carlos Yrigoyen, nos enteramos de que el cardenal Juan Luis Cipriani le rapiñó unos textos a Ratzinger y a Pablo VI. Y lo cierto es que, con ese par de raterías, nos ha quedado la sospecha latente de que incluso podrían haber más latrocinios por ahí.

Pero en fin. Como era previsible, Cipriani, además de echarle la culpa a la falta de extensión (que, dicho sea de paso, no fue así, porque El Comercio le concedió prácticamente toda una página para su disertación sobre el cristianismo en el Perú), esgrimió que las tesis que expuso en la mencionada página eran parte del patrimonio de las enseñanzas de la iglesia católica, y, en consecuencia, dicho “patrimonio” no tendría propiedad intelectual. Tal cual.

Por supuesto, El Comercio, que demostró mayor dignidad y honestidad y modestia que el arzobispo limeño, lamentó profundamente, como correspondía, lo ocurrido con los dos últimos artículos de Cipriani. Y reconoció la incriminatoria evidencia.

Y bueno. Ya adivinarán. La reacción del cardenal fue un pelín diferente. Pues para Cipriani, la humildad, la autocrítica, el decoro y esas cosas, son palabras huecas, vacías, o carentes de algún sentido. O, en su caso, saben a farsa. Porque ya ven. Cipriani es arrogante y pedante hasta para pedir disculpas.

Ahora bien, sobre el asunto de fondo, para quienes leímos completito el artículo del cardenal, lo que decía era un disparate temerario y descomunal que, lamentablemente, muchos comparten en el Perú. Me refiero a la idea de que la iglesia católica y sus credos deben ejercer influencia sobre la política local.

“Por ello, el eje sobre el que debe girar la acción política responsable debe ser el hacer valer en la vida pública (…) el plano de los mandamientos de la ley de Dios”, subrayó, haciendo suya (robándose, o sea) una proposición de Ratzinger. Y como para darle fuerza a esta aproximación teocrática de la vida, citó algunos datos estadísticos. Que el 79% de la población opina que si los valores religiosos estuvieran más presentes en el gobierno, los peruanos estaríamos mejor. Que el 94% de los peruanos son cristianos. Que de ese 94%, el 80% es católico. Y en ese plan.

En buena cuenta, lo que nos quería vender el saqueador de párrafos ajenos es que, el Perú, en lugar de avanzar hacia la construcción de un Estado laico, debería apostar por un “Estado católico”, o algo así, de acuerdo a su particular lógica talibana y a su compulsiva necesidad de querer imponer sus escalofriantes creencias.

Estamos hablando, en resumen, de una reflexión en la que el cardenal pretendía contagiarnos sus fobias y doctrinas excluyentes y trasnochadas, para hacernos sentir que el Perú, si se descuida, podría caminar hacia una suerte de Estadolatría, en lugar de entregarse al “mensaje de Cristo”, aquel que, ya saben, interpreta Cipriani como una verdad de a puño. Como una verdad que, por lo general, apunta a restringir las libertades y/o a ejercer control sobre el sexo de los demás.

Porque Cipriani considera que todos, católicos y no católicos, debemos someternos a su fe, que es una fe ciega y aborregada. Para convertirnos en topos que se mueven en la oscuridad. Porque para Cipriani, la fe es como respirar; y como diría Antonio Gala, “contra la respiración no hay argumentos”.

Sé que estas líneas son inútiles, pues con un fanático no se puede discutir. Por la sencilla razón de que alguien como Cipriani no reconoce otras posibles verdades que no sean las suyas. Es así. Él quiere una teocracia solapada o un Estado confesional. Yo quiero un Estado laico. Él quiere que sus dogmas tengan injerencia sobre las políticas públicas. Yo quiero que se garantice la libertad individual y la libertad de decidir de las personas. Él quiere Te Deum. Yo quiero que las decisiones políticas estén separadas de la religión. Sobre todo en los ámbitos de la sexualidad, donde el catolicismo, por lo demás, siempre ha exhibido homofobia y misoginia. Y donde, si no me equivoco, nada ha cambiado.

Después de todo, como señala el escritor Arturo Pérez-Reverte, “la sotana ha sido durante muchos siglos símbolo de oscurantismo y reacción, con Torquemada y sus colegas”. Y es así. Pues si me apuran, les cuento que no me es difícil imaginar a Cipriani y a Torquemada, têtê à têtê, fumando Marlboros y tomándose unos piscos en El Cordano, planificando hogueras y la toma del poder.

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