Votar por nadie

César Hildebrandt

Lima no necesita un al­calde. Requiere de un dictador, un sheriff, un alcaide, un vengador, un califa generoso que ponga orden cimitarra en ristre.

Porque Lima no es una ciudad, Lima es un homenaje a la estupidez, la hechura polvorienta de los desadaptados.

Detesto la ciudad donde nací. La recuerdo en mi infancia, allá en Jesús María, a cuatro cuadras del bosque de los olivos, donde muchas veces fui a leer a la sombra de un árbol más que centenario. Saludabas al guardia de la esquina, jugabas fútbol en las pistas e interrumpías el juego cuando pasaba el Cocharcas-Jesús María de la empresa de los Batievsky.

Recuerdo que los buses de la empresa municipal eran unos Mercedes Benz azules y que sus cobradores tenían uniforme y monederos adosados al cinturón. Y tenían modales y, muchas ve­ces, amabilidad.

Recuerdo haber ido muchas reces a La Punta en el tranvía Li­ma-Callao y, tras una tarde de sol, haberme librado del agua salada en los pulcros baños del servicio municipal.

Sí, ya sé que son nostalgias de viejo, memorias tenaces de una ciudad que murió en un país hoy también difunto. Pero, créanme, no se trata de una melancolía que idealiza: Lima fue una ciudad vivible, acogedora, humana. Y sus barrios populares, donde la po­breza se reunía, en nada se pa­recían a los campamentos aéreos que los pobres actuales aceptaron como desdicha del destino.

Si me guiara por mis alrede­dores, debiera ser feliz. Vivo en Surco y voy a comer a Miraflores o San Isidro. A veces, incursionamos en Barranco y, en el colmo de la temeridad, llegamos a Pachacámac.

A pesar de mi voluntaria inmo­vilidad, sé que Lima ha dejado de ser horrible para convertirse en espantosa. Hace un par de años, regresando del norte del país y de sus ciudades-basurales (Chiclayo, qué tristeza), la vimos en todo su esplendor: pueblos de arena, toneladas de desperdicios podridos en las bermas, pistas destruidas, casas de hojalata y cartón en cada promontorio marrón. No era una ciudad, era una posguerra, un guion apocalíptico.

Y era un fraca­so viejo que olía a pezuña extreme­ña. Venía de Pi­zarro, que tuvo la mala idea de fun­dar la capital en este desierto hos­til que ahuyenta las verduras. Este fracaso venía de la república incom­pleta, de la clase dominante que jamás amó a su país, del populis­mo que alentó el desorden como si fuera una fiesta perversa de la libertad, de las izquierdas que creyeron que las muchedumbres apelmazadas las iban a sostener.

¿Fue la demografía la que mató a la Lima civilizada? No, porque el crecimiento armónico es algo que se ha dado en otras ciudades de Sudamérica. ¿Por qué no pudi­mos planificar una ciudad y per­mitimos esta aberración? Porque gobernar es algo que a los perua­nos les resulta muy difícil. Y admi­tir la autoridad de esos gobiernos vacilantes es algo que resulta toda­vía más arduo. En todo caso, Luis Bedoya Reyes fue el último alcalde que tuvimos.

Ya es hora de reconocer que el peruano tiene vocación por el desorden y por la clandestinidad. Si le dieras a elegir a un peruano entre un camino asfaltado y con peaje y un ata­jo gratis, aunque lleno de lodo y peligros, elegirá esta última vía. Parámetros de construcción que en otras ciudades del vecindario latinoamericano se consideran elementales y primarios, aquí ni siquiera se plantearon. Condicio­nes de vida que avergonzarían en otras latitudes aquí se exhiben sin pudor como “muestras de emprendimiento”. En Lima -en el Perú, en general- progresan la ignorancia y el egoísmo. Y de esa mezcla salen los Liendo que ame­nazan con pistola mientras conducen contra el tránsito, los que no pagan arbitrios municipales y queman la basura en las esquinas, las tribus armadas del fútbol, los alcaldes ladrones, los candidatos idiotas. Lima es espantosa porque está llena de gente moralmente espantosa.

Por eso digo que no necesita­mos un alcalde sino un dictador benévolo. Alguien que empiece una tarea que va a demorar dos generaciones. Alguien que haga lo que Ataturk hizo en Turquía y lo que Lee Kuan Yew produjo en Singapur. O sea, una revolución de las costumbres, un empezar de nuevo y, en algunas ocasiones, desde cero.

Mientras tanto, habrá que vo­tar. Habrá que elegir a nadie en­tre un montón de angurrientos. Hasta que venga el sheriff, pistola y ley en mano.

Fuente: “HILDEBRANDT EN SUS TRECE” N° 414, 28/09/2018

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