Calentamiento global y energías fósiles. Hora de decisiones dramáticas

Carlos Monge

Según Panel Internacional sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) el aumento en 1% de la temperatura del planeta es lo que explica los eventos climáticos extremos mundiales, y si llegamos al 2% habrá consecuencias catastróficas e irreversibles para la humanidad.

Para evitar que el aumento de la temperatura pase del 1.5%, las emisiones de carbono –por uso de carbón y petróleo para generar energía para la industria, el transporte, y los hogares, así como por deforestación y ganadería extensiva-deben reducirse a la mitad.

En el sector hidrocarburos, para reducir de esta manera las emisiones de carbono hay que dejar bajo tierra más de la mitad de las reservas ahora existentes, lo que a su vez implica frenar en seco toda actividad de exploración, pues si no se pueden usar las reservas ya existentes, no tiene ningún sentido aumentarlas.

Si esta reducción no resulta de acuerdos políticos internacionales, el mercado mismo restringirá la demanda por energías fósiles. Se está acelerando la reconversión de los automóviles hacia los motores eléctricos abandonando los que usan gasolina.

Y grandes importadores de petróleo, como China, están migrando aceleradamente hacia las energías limpias y renovables. Como consecuencia, es posible que muchas inversiones en petróleo y carbón, que hoy día parecen rentables, no lo sean en el futuro.

Esto es grave para un grupo de más de 30 países (incluida Guyana en nuestra región), que recién han descubierto reservas de petróleo y que tienen grandes expectativas en las rentas que estas les pueden generar. ¿Deben embarcarse en enormes inversiones que pueden terminar siendo comercialmente inviables?

Tenemos también viejos productores que–ignorando los problemas climáticos y los riesgos comerciales mencionados- buscan aumentar su producción de hidrocarburos. Hablamos de México y su reforma energética, de Brasil y las reservas del Pre Sal, de Argentina y el fracking en Vaca Muerta. Y por supuesto de Venezuela, donde las partes discrepan en todo, menos en seguir sacando y vendiendo petróleo. Estas son apuestas que ya no tienen futuro.

En el Perú podríamos reducir al mínimo el consumo de petróleo, destinando todo nuestro gas al mercado interno e invirtiendo agresivamente en energías alternativas. Pero a Repsol no le interesa dejar de exportar la mitad del gas que producimos; a Calidda (concesionaria de la distribución interna) solo le interesa llevar el gas a los mercados que le aseguran buena rentabilidad, confirmando que las APP son para garantizar la ganancia del privado, no responder al interés público; y no hay voluntad política para impulsar energías limpias y renovables. Esto no puede seguir así.

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