Perú: Enemigo presidente

Juan Manuel Robles

La historia dirá que con un aparato de propaganda nunca antes visto, Keiko Fujimori no solo emprendió una tremenda guerra sucia en la campaña presidencial, sino que, una vez derrotada, usó todo su poder mediático para la fabricación de la mentira del fraude. Ya hemos visto que aquellos que creíamos respetables no tienen pudor ni límites al propagar y repetir esta falsedad. Mario Vargas Llosa ha emprendido una campaña internacional llena de fake news en la que ha llegado a decir que la victoria de Pedro Castillo se planeó en Cuba; está tan fuera de la realidad que ha sido desmentido por el defensor del lector del diario “El País”, en el que publica. Que la moderadísima Patricia del Río haya llamado a Lourdes Flores “tinterilla” habla de manera contundente del triste final de una política que encarnó la honestidad, y que hoy es otra de las abanderadas de este aniquilamiento selectivo de votos. Alfredo Barnechea se suma y habla amenazante, cual gamonal. Pero que estas historias se superen unas a otras en delirio no quiere decir que no hagan efecto. Son mentiras dichas por “notables”, gente cuya decencia no se cuestiona. Hay una fábula clásica en nuestra miseria doméstica: que los patrones te acusen de robar algo en la mansión. Cuando ocurre, ya fuiste. Sabes que perderás no porque hayas tomado nada sino porque la versión que te culpa se impondrá con el poder y la fuerza. Mentiras, esas armas de destrucción masiva. Como ya sabe que no entrará a Palacio, Keiko nos lanza granadas llenas de mentiras, que nos van estallando en la cara. Ya se sienten los efectos: el primero de ellos, un presidente que no tendrá luna de miel. Al contrario, empezará su camino en el mismísimo Valle de la muerte.

¿Es posible arrancar así? La campaña contra Castillo no solo ha evitado “humanizarlo” (que era la consigna en las elecciones). Ha promovido decididamente su deshumanización y lejanía, avivando la extrañeza que causa en un sector de la ciudadanía. Un “fenómeno” en el mal sentido, un profesorcito que está manejado por el diablo (encarnado por Vladimir Cerrón). En vez de aprovechar estas semanas para dar legitimidad al próximo presidente, o al menos familiaridad, se ha acentuado esta idea del forastero que amenaza con llegar a tomar, a la mala, medidas redistributivas, el advenedizo impredecible. Las redes han completado este cuadro penosamente: se propaga el apelativo de “ignorante”. Se evita llamar a Castillo por su nombre, se habla de la “vergüenza” que daría tener a este “comunista” de presidente. Hasta Eddie Fleischman, cuya carrera intelectual ha consistido en decir obviedades en los partidos de fútbol, se siente muy lúcido riéndose del mandatario electo y de quienes votamos por él.

Lo terrible es que, debido a las dilaciones, Castillo será proclamado cuando falte solo algo más de una semana para el 28 de julio (día en que debe asumir el mando). Así como vamos, asumirá una persona que, para muchas mentes, es un presidente incompleto, distorsionado por los medios, un desconocido que da la impresión de haber ganado en elecciones irregulares —aunque la única irregularidad haya sido la embestida de Keiko—; en resumen, llegará con el aura de intruso.

Y no, lo que ocurre con Castillo no es la desconfianza que se han ganado los políticos. Esa desconfianza existe y ha crecido en los últimos años con las sucesivas decepciones: desconfiamos de Castillo y más con los cuestionamientos al líder de su partido, Vladimir Cerrón. Pero lo que ha ocurrido gracias a la campaña de demolición va más allá: es un no poder mirar a los ojos al ganador de las elecciones. Es el resultado de la aplicación del abecé en el manual del enemigo construido: no permitirnos observarlo detenidamente para no detectar que estamos frente a un semejante. Para evitar vernos en él. Esa lejanía se logra lanzando mensajes que nos hacer temerle. O despreciarlo.

Digo: hablamos de un presidente que va a ser proclamado cuando una parte de la gente no quiere detenerse ni siquiera a mirarle el rostro. En la serie “Black Mirror”, un ejército desarrolla un implante cerebral que altera la percepción: hacer ver a los enemigos como monstruos. Así se facilita la disposición a dispararles y matarlos. Es ciencia ficción, pero esa distorsión también la ha generado siempre la propaganda, ese cúmulo de mensajes que te convence de que el otro es menos humano que tú.

Esa “otredad” despreciada y estigmatizada no es un chiste en el Perú. Allí están las crónicas más oscuras de nuestra historia reciente, con un conflicto armado en el que murieron en abrumadora mayoría quechuahablantes andinos: los despreciados de siempre en el país fueron también víctimas de la mayor crueldad. El discurso contra Castillo se ha vuelto cada vez más violento. “Ese nunca será gobernante de este país, y no juramentará como presidente de eso puedes estar seguro”, se lee en Twitter. #Insurgencia, teclean. Cada vez con más frecuencia, se le lanzan calificativos como “asno”. Circulan caricaturas de un burro con la banda presidencial.

Todo eso es lo que genera el poder de las mentiras, de las medias verdades, de las narrativas mal utilizadas. Tenemos a un presidente electo que no tiene acusaciones de corrupción —a diferencia de varios de sus contendores—, alguien que ciertamente tuvo posiciones radicales pero se ha mostrado dispuesto al diálogo. Y sin embargo, para muchos es un forastero casi terrorista. Y aunque a mí me dé risa esa acusación, ha sido tan efectiva la campaña que ha generado que muchos militares rechacen visceralmente a Castillo —algunos blandiendo una espada en el aire—, diciendo que jamás van a permitir que “Sendero vuelva”. Así de profundos son los alcances de este poder macabro.

En su gran ensayo La verdad de las mentiras, Mario Vargas Llosa (sí, el nuevo zar de las fake news) hace un elogio de la novela, un género que se permite algo que el texto histórico no admitiría nunca: mentir. Porque decir cosas que no se ajustan a los hechos en la novela da lugar a verdades más profundas. Y es válido hacerlo pues estas ficciones están hechas para vivir esas vidas que no podremos vivir, las épocas que no nos tocaron y épicas que no tendríamos el aplomo de emprender. Pero la mentira no debe estar en el lugar equivocado: y justamente de ese peligro nos habla el mismo Vargas Llosa en Tiempos recios, donde narra cómo se formó una red de desinformación para convencer a la opinión pública de que el presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz (1951-1954), era un comunista y un peligro por sus conexiones soviéticas —algo totalmente falso—, lo que generó un pánico macartista que terminó en un golpe de Estado. O el escritor no ha prestado atención a su propia obra y no se da cuenta de que hoy él mismo es un conspirador, o, como pasa en vidas literarias, ha perdido la capacidad de distinguir realidad y ficción, y sale por el mundo con su bacinica a modo de yelmo, a luchar contra comunistas imaginarios, como molinos.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°548, del 09/07/2021  p15

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