Escritor busca dictadura

Juan Manuel Robles

Solo una cosa es más absurda que una dictadura: la invención de una dictadura, la denuncia disparatada de un totalitarismo que no existe. Es algo que puede resultar muy molesto. Porque no se trata solo de una fantasía delirante. Pareciera serlo, pero no lo es. Pareciera que Mario Vargas Llosa ha entrado en el desvarío absoluto cuando dice que en el Perú la libertad de prensa está recortada y va camino a una situación comparable a la de Venezuela y Cuba. Pero no es locura ni senilidad, el viejo Nobel olvida nombres y se desorienta en los eventos de su fundación facha, pero su salud mental está bien: es un sabueso de la derecha radical y quiere imponernos su peculiar versión del mundo. Por eso este escritor enorme, que durante años se aferró al realismo tan bien documentado, impone ahora, sin ascos, su fantasía berrinchuda. Lo molesto es que esta creación antojadiza viene con segunda: crea un mundo paralelo, y con él, una figura muy aprovechable, capitalizable en términos culturales: la del escritor perseguido, el contador de historias que se vuelve incómodo, y, a medida que la sociedad va perdiendo libertades, pasa a ser casi un clandestino al que luego solo le queda por opción el exilio. El proceso de cómo se transforma la función del novelista en las dictaduras es fascinante, y autores como el propio Vargas Llosa —cuando era bacán— y Orhan Pamuk han hablado de él. La novela moderna, en sociedades libres, es el género donde se ve reflejada la subjetividad colectiva, las mentes de otros; son mentiras creadas para decir verdades profundas sobre las almas de una época, de sus deseos y sueños. En las sociedades en que se restringen las libertades, en cambio, la verdad oficial pierde crédito y la novela se vuelve el lugar en el que se cuelan revelaciones urgentes, relatos sobre la verdad pública (la verdad que el sátrapa, sus censores y los noticieros oficiales quieren ocultar). La novela ya no es un artefacto de entretenimiento —o ensimismamiento— sino el repositorio de donde se grita qué ocurre, donde se relatan los tormentos, donde aparece la crítica feroz a la estupidez de los gendarmes. Pamuk va más allá: en las sociedades cerradas —dice— es en la novela donde se denuncia lo que no aparece en ninguna otra parte, y el escritor es un informante que vive en peligro.

Qué tentador es para algunos lanzarse a la impostura de que vivimos en ese escenario: Castillo va camino a ser el nuevo dictador, profetizan, y parece que desearan ya mismo convertirse en ese subproducto de las tiranías: el escritor de “la resistencia”, clandestino y perseguido. Poco les importa un detalle: la realidad. Pedro Castillo y su gobierno ni siquiera son capaces de tomar la televisión pública, sus ministros se desmienten unos a otros, su titular de economía hace lobby para mantener al presidente neoliberal del Banco Central y pocos parecen respetar mínimamente al mandatario: después de reunirse con él, cada cual revela lo hablado a los cuatro vientos, con su propia versión, sin temor a represalias (esas que deberían estar en toda fábula del dictador).

Digo: en el Perú no podemos estar más lejos de una dictadura. Pero la idea de que esta existe es conveniente para algunos en el mundo de las artes, porque abre una serie de posibilidades simbólicas. No hay nada más patético que ver a conservadores que besaron el establishment neoliberal usando la “rebeldía” como capital simbólico para el posicionamiento de su nombre. Pero ocurre.

Es horrible, por supuesto. Es horrible porque han existido autores perseguidos de verdad (Salman Rushdie, Reinaldo Arenas, Orham Pamuk) y no se debería trivializar el asunto, ni tomarlo como una ficción cualquiera que erigimos libremente sobre una hoja en blanco.

Vargas Llosa tiene algo de culpa, con su mal ejemplo. Porque juega con cosas con las que no se debe jugar —menos desde la posición en la que está—: convierte un episodio de maltrato del Ministerio de Cultura (que desinvitó ciertos autores, provocando la renuncia de varios participantes) en una situación en la que “no hay escritores de verdad” en la delegación peruana de Guadalajara, debido al nefasto gobierno. En sus foros, va sembrando la narrativa —esta palabra no es poca cosa cuando hablamos del Premio Nobel de Literatura— de un gobierno que enfrenta a los peruanos y va camino al chavismo. Que recorta la libertad de prensa. Vargas Llosa no se ruboriza en contar estas historias falsas, usa todo su poder y la credibilidad que ha amasado por décadas. Así las cosas, lo único que falta son nuevos escritores que le paren bola, que digan que efectivamente se cierne una dictadura, y se declaren rápidamente parte de la reacción.

De hecho, leo por ahí, incrédulo, a un autor que habla de los escritores peruanos “perseguidos”, los de hoy y los que vendrán. Pronostica que las voces de los escritores se alzarán contra la opresión de Perú Libre y remata diciendo que “se avecinan tiempos recios, en los que la escritura se puede considerar una operación de alto riesgo”.

Pues yo creo que no habrá dictadura alguna pero muy probablemente habrá escritores de la “resistencia” bamba, que rápidamente serán captados y promocionados en los foros de vargasllosianos, esos encuentros literarios rarísimos en que autores como Juan Gabriel Vásquez alternan mesa con Tuto Quiroga (cuyo único tema en quince años ha sido hablar mal de Evo Morales) y un referente literario puede dar paso a Iván Duque y Sebastián Piñera, en un conversatorio sobre la libertad de elegir.

Pensándolo bien, eso de la dictadura es un juego perfecto ahora que aparecen los Pandora Papers que comprometen al Nobel. Las pruebas de las evasiones de Vargas Llosa —con documentos firmados de puño y letra por el escritor— son un escándalo, tendrían que hacer que varios renuncien a Cátedras y Fundaciones. Pero si se instala la narrativa de la “dictadura” peruana, estas organizaciones pasan a ser una trinchera, un reducto: quedarse no es comodidad sino heroísmo.

Hace casi diez años, en la primera Bienal Vargas Llosa, un todavía respetado Alfredo Barnechea decía que ese premio estaba llamado a reemplazar al Rómulo Gallegos, de Venezuela, que había sido el galardón más importante de novela de habla hispana pero fue desprestigiado por el chavismo (que terminó destruyéndolo). Era una ambiciosa declaración de principios y de reivindicación del arte más allá de ideologías. Hoy está más claro que nunca que no hay nada más politizado que los foros de Vargas Llosa y que los embustes que allí pronuncian algunos de sus participantes son cada vez más descarados. Y si bien hoy se ve extremo que aparezca algún autor abanderado de la resistencia falaz contra Castillo, la tecnología de las fake news ha avanzado mucho: hoy en cosa de meses se pueden armar dictaduras falsas. El escritor “rebelde” no tardará en pescar en el río revuelto.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°560, del 08/10/2021 p14

 

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