Perú: Beingolea en acción
Juan Manuel Robles
«Entonces entendí aterrado por dónde iba la cosa»
Cuando supe que Alberto Beingolea sería el nuevo ministro de Cultura me encogí de hombros y pensé: qué más da. Si algo ha caracterizado el periodo del pacto mafioso es el abandono del sector cultural. De hecho, la debacle empezó en el gobierno de Vizcarra, donde el caso de Richard Cisneros destapó la existencia de órdenes de servicio irregulares; y continuó en el gobierno de Castillo, donde el ministro de Cultura más notorio fue Alejandro Salas, un funcionario que más que cumplir su rol, era un vocero y escudero presidencial. Beingolea, recordado por Goles en Acción, el programa deportivo más emblemático de la época en que uno alucinaba con las jugadas de Maestri en Cristal, el Puma en la U y Waldir en Alianza, es una figura decorativa con un bien ganado lugar en la nostalgia, sin ninguna preparación ni experiencia en Cultura, y, por tanto, sin capacidad para hacer el bien; pero tampoco el mal. Otro pobre individuo que pasó de decir “Fujimori fue lo peor” a arrodillarse frente a la hija del criminal fugado.
Un comodín inocuo, pues, al que le dan el ministerio menos valorado —por ellos— y que acepta feliz como quien prueba algo nuevo en el otoño de su vida. Eso pensaba hasta que lo vi salir de su juramentación, y, con la modulada voz de siempre, declarar a la prensa:
—América Latina y el Perú, durante los últimos 25 años, han sido ideologizados y capturados en sectores tan claves como educación y cultura y tenemos que trabajar para revertir esta situación.
Acto seguido, aseguró que en los últimos tiempos el sector cultura ha estado demasiado preocupado en dividirnos a unos y otros, con lo cual “terminamos enfrentados”.
Entonces entendí aterrado por dónde iba la cosa. Recordé que Beingolea no es solo un hombre de derecha. Es un conservador rancio que se comió el cuento de la amenaza de la izquierda internacional, la presunta agenda zurda de influir en las mentes. El congresista tibio frente a Manuel Merino pero furioso contra Pedro Castillo, por “comunista”. El hombre que ya en 2021 había decidido manchar su trayectoria apoyando a Keiko Fujimori, sumándose al discurso de pánico contra el sombrero. Hemos visto decenas de sujetos en ese tránsito. Hombres conspiranoicos que terminan diciendo cosas tan radicales y huecas como: ¿por qué la cultura nos enfrenta?
En varios países de la región la derecha ha hecho más o menos lo mismo. Fomentar un discurso negacionista lleno de mentiras, relatos alternativos sobre los crímenes de sus líderes en el pasado, donde se relativizan las culpas y las víctimas pasan a ser instigadores. Cuando se da la reacción a esa arremetida, indignada y altisonante, hablan de odio y de querer “dividir”. Promueven una superación de los hechos sin justicia, un olvido basado en la impunidad, y tachan las justas sanciones a los negacionistas de veto e intolerancia. Es la derecha acusando a la izquierda de “reabrir heridas”, cínicamente. Es el mismo espíritu de los que dicen que el Lugar de la Memoria divide en vez de unir, por contar no solo los crímenes de los subversivos, sino también de los militares.
A mí me late que el excongresista del PPC se refiere justamente a eso cuando dice que la cultura nos ha estado dividiendo. Me recuerda a Álvarez Rodrich cuando pegó el grito en el cielo porque se enteró que pasarían La revolución y la Tierra, el documental sobre Velasco, un día antes de las elecciones del 2021. Es ese momento mágico en que un hombre que parecía centrado no puede ocultar su creencia íntima de que ciertas ideas no deben propagarse. Y se convierte en lo que vemos.
Beingolea, justamente, asume el ministerio que tendrá bajo su administración el LUM, ese museo que pende de un hilo desde su creación, y que ya ha sido amenazado por voceros del fujimorismo “triunfador” que parecen dispuestos a dinamitar su espíritu. ¿Eso de que “la cultura nos enfrenta” es el punto de partida para justificar el “rediseño”? En todo caso, no me imagino a Beingolea defendiendo la memoria histórica sobre el conflicto armado. Ni un poquito.
¿Cómo se termina así?, se preguntan varios. Supongo que debimos darnos cuenta cuando Beingolea se puso a resondrar a los futbolistas que se teñían el pelo de colores chillones. Hoy dice —sin pudor por su ignorancia supina ni respeto por las decenas de especialistas y científicos sociales que hay en el Perú, varios de ellos en el propio ministerio— que el MinCul debe corregir su actuar y encontrar “una sola peruanidad”, para representarnos todos en ella y sentirnos felices y orgullosos. Nótese el ideal de evitar toda fricción. Es una visión autoritaria de la cultura, pero sobre todo es una visión pobre. Y obsoleta (la vieja agenda de instaurar ficciones que nos homologuen).
Como crecí viéndolo en la pantalla, escribo sobre Beingolea no diremos con cariño, pero sí con cierta fijación cálida. Disfrutaba su programa, esa continua crónica de la derrota —que era cultura—. En especial me gustaba la secuencia “¿Qué ha sido de su vida?”, donde viejos emblemas de la época de oro del fútbol peruano recordaban sus gestas más gloriosas, con entretelones y detalles nunca antes revelados. Algunos de ellos se veían cansados, al borde de la vejez y con cierta amargura. En estos días he imaginado un episodio de esa secuencia, pero con Beingolea de protagonista, recordando frente a cámaras el día de 1997 en que él, joven periodista de pelo negro, interrumpió su programa deportivo para rechazar el atentado al Tribunal Constitucional que Fujimori y Montesinos habían perpetrado con ayuda del congresista Carlos Torres, y miles de adolescentes lo vimos y entendimos de golpe en qué consiste ser un ciudadano con agallas. Pero como en aquel segmento televisivo, el mensaje era claro: los años pasan y uno no es el mismo. A veces, toda la gloria, simplemente, se desvanece.
31-07-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 793 año 17, del 31/07/2026
