Perú: Lo que puede venir

César Hildebrandt

Si la izquierda es Aníbal Torres y sus estupideces, me declaro flamante militante de derechas.

Si la izquierda es Pedro Castillo y Vladimir Cerrón juntos y revueltos en este constipado ideológico que está cerrando carreteras, minas, diálogos, me presento como discípulo ignorante de José de la Riva Agüero.

Felizmente, la izquierda no es aquella vejez atrabiliaria ni este consorcio achorado que se instaló en la plaza de armas.

La izquierda no tiene ahora representación. Es un fantasma, un pasado, una nostalgia. Digámoslo con cierta pulcritud: la izquierda es un cementerio. José Carlos Mariátegui no le habría dado la mano a Vladimir Cerrón. Alfonso Barrantes le habría torcido la cara a Pedro Castillo. Hasta el modesto Jorge del Prado habría salido huyendo de las cuevas de Altamira del marxismo perulibrista. La izquierda tampoco es el silente cura Arana ni esa Rosa Luxemburgo en modo ventana de oportunidad que es madame Verónika. Ni mucho menos es Bellido, que es el leninismo de lonchera, ni Bermejo, que es el Kremlin de fórmica y el sóviet de Poncho Negro.

La izquierda no es esta vocación por la acefalía y el asambleísmo sin norte ni autoridad. Es lógico que un régimen sin líder y sin propuestas crea que el grito y la consigna son suficientes. Pero no puede ser de izquierda un régimen que no cree en el pueblo organizado sino en la turba instigada por quienes asumen que el país se refundará a partir de una carretera bloqueada con troncos y piedras.

La ira histórica, la que puede producir cambios, siempre tuvo ideas. El brazo alzado, el puño amenazante, la voz de la advertencia sólo tienen sentido si provienen de una visión del mundo, de un lenguaje persuasivo, de una opción cultural. El gobierno de Cerrón y Castillo está alentando un clima de presuntos pueblos sublevados que exigen lo que Cerrón y Castillo desean que se demande. Entre esas demandas están una “segunda reforma agraria” que nadie puede precisar en qué consiste y una asamblea constituyente para la que no existe el respaldo suficiente y que no puede ser planteada por un gobierno que ha demostrado una siniestra incompetencia.

La guerra ruso-ucraniana y el infame legado de la pandemia exigen una economía de emergencia y un gobierno lúcido.

Lo que tenemos es esta confusión, este Pasamayo de neblina. Todos los días, como grillos, nos asomamos a la ventana a ver qué inundación nos hará cambiar de dirección, qué viento se anuncia, qué rayo podría fulminarnos. Y mientras tanto, los barrios clasemedieros y pobres han sido tomados por bandas de peruanos y extranjeros que tienen sus propias leyes, sus propias fuerzas armadas.

Pocas veces el país que amamos y que tanto nos ofusca se ha visto tan poco viable como ahora. Nada, excepto la exaltación, nos puede unir. Y el gobierno, que podría hacer de árbitro paternal, está dedicado abiertamente a cavar en el abismo que, por gravedad, habrá de devorarnos. Somos un agujero negro en proceso de construcción, pero ya tenemos una de sus características: no hay una sola luz que salga de nosotros. La propuesta de “mesas de la cordura” sería válida si hubiera en la clase política una apuesta por la razón, un muñón de generosidad. El único punto en la agenda de nuestros políticos es su sobrevivencia. Un ágrafo consejero les susurra: “Duro, luego existo”. Es Descartes interpretado por Acuña.

Cerrón es tan torpe que cree que de este incendio saldrá la purificación y el renacimiento. Lo único que puede salir de todo esto, muchachito tonto, es un Pinochet con disfraz de bombero. Estás advertido.

Fuente: HILDEBRANDT EN SUS TRECE N°583, del 22/04/2022  p12

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