Perú: Pesadilla

César Hildebrandt

Volví a tener una pesadilla.

Soñé que vivía en un país retorcido donde todos los desmanes eran posibles.

Pero no es que sólo viviera en ese país. Sucede que era el mío, que lo amaba, que jamás podría desvincularme de su atracción.

En ese país dado a la zafiedad, un gobierno mortífero y podrido, socio de un Congreso de asaltantes, autorizaba la libertad de un ex Presidente condenado a 25 años de prisión por asesino y ladrón, libertad dictada por la mitad de los miembros de un Tribunal Constitucional nombrado por la hija del asesino y ladrón, excarcelación ordenada en una sentencia que viola un tratado internacional y que nos sitúa en el plano de los países parias de América.

El asesino y ladrón está viejo y gastado, es cierto, y merece la compasión que él jamás tuvo, es cierto, pero hay un hecho que lo define moralmente: nunca ha pedido perdón por lo que hizo, que fue bastante aun para los estándares del país exagerado que decidió gobernar.

Porque los pocos cientos que festejaban esa liberación –y que la TV zorra engrandecía con sus tomas taimadas– pretendían que olvidáramos que ese hombre, ahora sonriente, canceró el país hasta el tuétano convirtiendo en ladrones a sus generales y almirantes, en piratas de loro al hombro a sus magistrados, en ujieres a los congresistas, en hijos de la guayaba a sus ministros, en ductos de aguas servidas a los canales de TV, en niñitas vestidas de rosado a muchos dueños de periódicos, en hampa pura a la prensa popular financiada desde la covacha de Bresani, en mugre a la compra de aviones para la guerra del Cenepa que ya habíamos perdido, en asesor especial para la reelección fraudulenta al amo de RPP, en maniobra patriótica la venta de fusiles jordanos a las FARC, en basura el orden constitucional, en resto la educación pública, en festín de borrachos la venta de las empresas públicas, en cotidiano el envilecimiento pedigüeño, en virtud la ignorancia, en masiva la compra de conciencias, en diezmo la obra pública, en cueva de malhechores el servicio de inteligencia, en corte suprema de facto la oficina de Montesinos, en chuchería la separación de poderes y en mierda todo lo que se pudo enmierdar. Al final de su década, el señor ahora liberado estaba en la cúspide de una satrapía pocas veces vista en América Latina. De ese barro invasivo proceden los lodos de todos estos años.

Eso –y mucho más– había hecho el hombre que le pagó 15 millones de dólares, robados del presupuesto de defensa, a Vladimiro Montesinos como “compensación por tiempo de servicios”, y que más tarde huiría al Japón fingiendo que iba a Brunéi en un avión de la fuerza aérea peruana cargado con 48 maletas llenas de dinero y evidencias. Sonreía y saludaba a una concurrencia sin memoria el hombre que postuló al senado del Japón blandiendo su identidad nipona y financiado por un sector mafioso del Partido Liberal. Sonreía y saludaba el hombre que debe 57 millones de soles de reparación civil y que tendrá aún que ser juzgado por el llamado caso Pativilca.

En la pesadilla que estoy tratando de narrar, el país al que me unían mil recuerdos y algunos muertos de mi casta tenía una Fiscal de la Nación cuya mayor hazaña había sido impedir que su hermana, acusada de liberar narcos a destajo, fuese investigada por una magistrada independiente. A partir de ese encubrimiento, la Fiscal se había convertido en la punta de lanza de una vasta operación política urdida por el fujimorismo para capturar y concentrar el poder y allanar el camino para un 2026 terso como un campo de golf. Una dictadura con ganzúa, antifaz y armas blancas y de fuego se había instalado por el consentimiento de una señora que decía ser presidenta de la república pero que, en realidad, servía el té y las galletas a cierta hora de la tarde. La hija del asesino y ladrón había logrado su sueño: gobernar sin necesidad de pasar por la incomodidad de las elecciones. Hasta el Apra, recosida como el monstruo de Frankenstein, había vuelto a dar unos pasos rumbo al infierno.

Pero mi pesadilla era aún más gótica: un año antes de que el hombre que condecoró al Grupo Colina fuese liberado, un presidente rural que había jurado ser limpio como el trigo después de las cribas apareció en el canal oficial de TV y anunció que cerraba el Congreso y que instauraba un “régimen de excepción”. Lo dijo en el momento en que había suficientes pruebas como para encausarlo por permitir el robo de fondos públicos y participar de ese botín. Lo dijo empleando el mismo verbo que el asesino y ladrón usó en su anuncio golpista del 5 de abril de 1992: “disolver”. La historia se repetía pero, marxistamente, como comedia. Un bufón de la izquierda sin rumbo imitaba al asesino y ladrón que impuso el neoliberalismo a punta de bayonetas. En mi pesadilla, ese país –el mío– era insuperable en su desfachatez. En las pruebas PISA seguíamos descubriendo que la mitad de los escolares no entiende lo que lee, pero el consuelo era que cocinábamos maravillosamente.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 665 año 14, del 08/11/2023

https://www.hildebrandtensustrece.com/

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*