Bukele lo hizo

Juan Manuel Robles

Los comentarios escandalizados por la reelección de Nayib Bukele demuestran lo lejos que muchos analistas e intelectuales están de la realidad. Tratan de invalidar al líder salvadoreño por razones legalistas, por el gran pecado constitucional, y lo acusan de no ser “un demócrata”, ignorando el significado del líder como encarnación de los deseos de todo un país. Me llama la atención sobre todo viniendo del Perú. Como si no supiéramos lo que es vivir en un lugar que ha perdido toda esperanza por culpa de la violencia armada y tener, de pronto, un gobierno que toma el control, que hace lo que se debió hacer mucho tiempo atrás y encuentra formas de realizar lo “inviable”. Fujimori fue nuestro Bukele y el pueblo de El Salvador está hoy mismo bajo un encantamiento que bien conocimos, y que nos obliga a un análisis menos nerd.

El Salvador, como el Perú de fines de los ochenta por culpa del terrorismo, se había convertido en un país inviable, absolutamente en manos del crimen organizado y su reglamentación y control de la vida cotidiana. El país centroamericano es un claro ejemplo de cómo una guerra interna, promovida por fuerzas imperialistas, destruye una sociedad y deja secuelas por décadas (entre ellas, el aprendizaje del sadismo y la tortura). Como siempre ocurre en América Latina, los privilegiados podían encerrarse en sus mansiones con rejas, en sus búnkeres de bienestar aislado. Pero la clase trabajadora vivía en barrios en los que distintas facciones criminales reglaban cada aspecto de la vida, poniendo peaje y cupos, con código mafioso, al punto de que hasta decir ciertas palabras podía meterte en problemas. Las pandillas se volvieron tan poderosas que incluso muchos salvadoreños, que optaron por irse a Estados Unidos y prosperaban allá, recibían la visita de emisarios que pedían una contribución.

No hay servicio más grande de un gobierno que recuperar el país que creíste perdido. En estos días he visto declaraciones de salvadoreños hablando sobre Bukele y su deseo de que por favor siga al mando del país, y debo decir que ese ímpetu complacido solo lo había visto en el Perú de los noventa. También he recordado a mi país al leer las declaraciones de gente que se tuvo que ir de El Salvador huyendo de la violencia, y que ahora ha podido retornar a un país que se ve y se siente distinto. Lo que se ve en ellos es una mezcla de gratitud y de incredulidad. Es algo parecido a la liberación de un territorio ocupado. Como cuando en 1993 se anunció que se podía viajar a Ayacucho en Semana Santa, con la seguridad de celebrar y bailar sin peligro.

Por supuesto que nuestra experiencia Bukele terminó mal. No solo por las violaciones de derechos humanos (viles y premeditadas, no incidentales) y los miles de falsos terroristas presos. Nuestro líder tenía, como un socio en la sombra, a una de las mayores mentes criminales de la historia, alguien que fue capaz de controlar todos los poderes e instituciones del Estado haciendo uso de la extorsión, el amedrentamiento y el asesinato. El gobierno que devolvió la esperanza con audacia se dedicó a convertir a la nación en un enclave corrupto, con la economía paralizada. La experiencia de Fujimori nos lleva a creer, razonablemente, que las reelecciones siempre terminan mal.

Pero si bien ese riesgo existe y es grande, no hay que perder de vista que lo de El Salvador es, antes que nada, la voz contundente de un pueblo que agradece las acciones de un líder distinto. En el 85% con el que ganó Bukele hay también demócratas y progresistas que han visto transformados sus paradigmas ante los hechos. Los hechos deben ser cruciales en los análisis. En vez de condenas fáciles, toca ver qué lecciones quedan, y rescatar lo bueno. América Latina está llena de democracias fallidas, incapaces de proveer el servicio elemental de la vida en paz. Los disruptores son necesarios.

Me pregunto en qué momento la izquierda se dejó robar la actitud desafiante a las instituciones democráticas caducas e inútiles que no resuelven los problemas de la gente. ¿En qué momento se volvió tan correctita, rápida para condenar cualquier desvío constitucional? ¿En qué momento, por Dios, se puso a defender a las oenegés estadounidenses que hoy condenan a Bukele en abierta injerencia?

Los años que vienen serán difíciles en toda la región. Tendrán desafíos muy grandes para quienes quieran realizar cambios reales. Ya está visto que no se trata solo de ganar una elección, sino de encontrar formas de ejercer el poder, hacer respetar la voluntad de las mayorías, proteger los intereses de la gente que ha pasado años engañada por leguleyos. ¿Son posibles nuevas estrategias para lograrlo? ¿Hay lugar para audacias necesarias por el bien común? Bukele es un ejemplo en tiempo real y creo que toca observarlo.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 672 año 14, del 09/02/2024

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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