Perú: Los Salazar Bondy
Ronald Gamarra
«Porque ahora gobierna en el Perú la hez de la prepotencia del dinero y la ignorancia más burda y crasa»
Nacieron en Lima con un año de diferencia. Primero, Sebastián; 22 meses después, Augusto. Brillaron por un lapso importante, si bien breve, en el mundo artístico e intelectual de nuestro país, y se fueron prematuramente, cuando sin duda estaban por dar sus frutos mayores. Con todo, dejaron una huella que no se ha desvanecido con el paso de las décadas recientes. Sebastián se fue hace 60 años; Augusto, hace medio siglo. Sin embargo, de diversas formas han estado presentes porque sus respectivas obras se vinculan directamente a los desafíos de un país en vías de modernización contradictoria y caótica.
Sebastián fue sobre todo poeta –poesía de la más alta hay en sus versos y en su vida, diría Washington Delgado ante su féretro–, pero a la vez abordó con solvencia y creatividad los predios del narrador, del dramaturgo, del ensayista. Obtuvo tres veces el Premio Nacional de Teatro. Cultivó el periodismo con pasión y profesionalismo cotidiano, e hizo de esta actividad el medio con el cual se ganaba dignamente la vida. Más allá de estas definiciones parciales, fue un extraordinario animador y renovador cultural, el alma de una escena más bien opacada por la pertinacia de las dictaduras que siempre han ahogado la libertad y la alegría de vivir. Fue un creador vital, inquieto, voluntarioso y lleno de generosidad, siempre dispuesto a echar un hombro a otros autores más jóvenes. También un polemista, recordándose aún sus debates con José María Arguedas y Ciro Alegría.
Augusto, por su parte, desarrolló la aguda mentalidad, cultura y capacidad analítica del filósofo. Ambicionaba profundizar en el entendimiento de su disciplina, llegando en ello al primer nivel internacional, y a la vez divulgar lo máximo posible el conocimiento de la filosofía en nuestro país, a toda altura y escala, pero sobre todo entre los estudiantes de la escuela secundaria y la universidad. En este empeño, asumió la educación como una vocación ineludible, a la cual dedicó buena parte de lo medular de sus esfuerzos e investigaciones. Fue, en su tiempo, el historiador de las ideas y, principalmente, el líder de una renovación profunda de la educación y la política educativa del Perú.
Tanto Sebastián como Augusto vivieron profundamente la pasión de pensar y trabajar por el Perú y su pueblo. Creyeron en ellos –no en sus emblemas, conmemoraciones y tatachines– y buscaron su liberación. En tal sentido, pertenecieron a esa clase de intelectuales íntimamente comprometidos, de modo voluntario y gratuito, pero a la vez irrenunciable, con los problemas sociales y políticos de un país marcado por una injusticia insondable y la marginación de las mayorías. En tal contexto, ambos hermanos tomaron partido por la renovación y la justicia social, por la plena igualdad republicana, por la abolición de la discriminación en todas las formas repugnantes que los rezagos semifeudales imponían en el país.
No fueron intelectuales de salón elegante, ni tigres de papel, aunque tampoco fueron radicales de barricada. Buscaron aunar el conocimiento y la razón con el cambio profundo de la conciencia individual y social. Persiguieron reformas trascendentes, es decir, reales y duraderas, que movieran la sociedad de sus ligaduras de injusticia; no un episódico motín para llevar al poder a un nuevo caudillo. Tal propósito los orientó a asumir una determinada forma de socialismo no autoritario. No pretendieron en ningún caso el éxito personal en la sociedad. Por el contrario, insurgieron contra ella a su modo, empuñando las armas del conocimiento.
Ambos hermanos lucían con naturalidad, como una obligación genética, una honradez acrisolada. Procedentes de una familia de clase media decente y laboriosa, eludieron la tentación del dinero y el poder, sin perjuicio del decoro. Poseedores de una inteligencia extraordinaria, no la usaron para llenarse de ventajas y privilegios, sino para cultivarse e ilustrar a los demás con los beneficios del razonamiento, la educación y la cultura. En verdad, fueron Quijotes sanmarquinos que abrieron camino fecundo para que otros siguieran y profundizaran la huella, conscientes de que la transformación social que ansiaban solo podía ser el resultado de una obra colectiva e histórica.
Sebastián nos dejó una obra literaria que, más allá de los esfuerzos de la Casa de la Literatura, espera todavía ser debidamente recopilada y difundida. El Estado se ha desentendido en general de esta tarea, pero su familia ha hecho esfuerzos encomiables en tal sentido, destacando la tenacidad del poeta Alejandro Susti, quien además ha logrado recopilar cientos de sus artículos y crónicas periodísticas. Lo propio sucede con la creación legada por Augusto en los terrenos de la filosofía y la educación, que sigue pendiente de compilación, edición y divulgación. Tenemos una deuda impaga con ambos y debemos saldarla rescatando sus obras completas y difundiéndolas como merecen.
Los hermanos Salazar Bondy han cumplido el centenario de su nacimiento. Augusto, este año, hace solo unos días, el 8 de diciembre. Sebastián, el año pasado, el 4 de febrero. Ambos momentos han pasado con un resonante silencio por parte de las instituciones del Estado. Es natural. No puede esperarse otra cosa de quienes encarnan el statu quo reaccionario y discriminatorio contra el cual insurgieron los Salazar Bondy, que a ojos de esa clase política deleznable sólo serían un par de rojillos, caviares, comunistas y terrucos. Porque ahora gobierna en el Perú la hez de la prepotencia del dinero y la ignorancia más burda y crasa.
El centenario de los hermanos Salazar Bondy lo conmemoran en el pensamiento y el corazón quienes no se resignan a abandonar este Perú nuestro de cada día en manos de esta gente con mentalidad de saqueo y espíritu de encomenderos. Quien, pese a todo, crea cultura y la difunde, conmemora y celebra a Sebastián y Augusto. Quien insiste, contra toda adversidad y represalia, en defender una educación de calidad para el pueblo, conmemora, celebra y prolonga su ejemplo y su legado. Los Salazar Bondy pertenecen a esa clase de héroes contemporáneos y cotidianos, cuyo ejemplo nos anima a no renunciar y persistir por el Perú.
19-12-2025
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 763 año 16, del 19/12/2025
