Perú: Victoria Gracia

Mar Pérez

En nuestro querido país faltan 26,000 docentes de lenguas indígenas

Cántame, yo te he pagado*, exigió el gringo. Olivia tenía 81 años y era sabia del pueblo shipibo-konibo, onaya, en su idioma. Dos disparos retumbaron en la comunidad Victoria Gracia, y Olivia se derrumbó en el piso. Su tumba queda en un cementerio informal, sobre una lomita. Una cruz y una infografía con su imagen señalan el lugar. Dicen que en las noches se oye su voz ronca entonando un ícaro.

El mismo día de su entierro lincharon al gringo Sebastián. En el video se le ve desnudo, ensangrentado y arrastrado del cuello por una soga. Se escucha que llama a su madre. Tiempo después la justicia de saco y corbata supo que para matar a Olivia había alquilado el arma de un policía.

Hilario era director en la escuelita de Victoria Gracia cuando todo esto pasó. Lo llamaron como testigo en el juicio por la muerte del gringo. Como maestro le tocó ayudar a sus niños a procesar lo ocurrido.

Al igual que muchos amazónicos, Hilario vio por primera vez el mar ya de adulto. Me enseñaron una foto suya con el cuerpo brillante de agua, una estrella de mar en las manos y el rostro de hombre feliz. Ahora hay noches en las que no puede conciliar el sueño.

Después del asesinato de Olivia y el linchamiento de Sebastián, fue como si Victoria Gracia pasara de la invisibilidad a la existencia. En la escuelita de Hilario los niños recibían sus clases bajo la sombra de un árbol. No tenían ni bancas para sentarse. Tampoco libros. La comunidad quiso aprovechar ese breve tránsito al ser, buscando algo de atención de las autoridades. Pedir infraestructura y servicios básicos les pareció un exceso, así que se conformaron con gestionar madera y materiales de construcción para mejorar su escuela. Para desgracia de Hilario, el gobierno regional les donó madera.

Pasaron los meses y la madera comenzó a pudrirse bajo la humedad implacable de Ucayali. Las familias no podían empezar la construcción porque no tenían herramientas, clavos, calaminas, recursos para el aserrado. Hicieron una asamblea y decidieron vender una parte de la madera para con ese dinero avanzar en la construcción. El acta de esa asamblea es la principal prueba de cargo con la que Hilario se juega seis años de cárcel y su inhabilitación como docente por el delito de peculado.

La Constitución menciona el derecho a la identidad cultural y el Código Penal considera el error culturalmente condicionado. Este contempla situaciones donde las personas por su contexto cultural actúan sin ser conscientes de que están cometiendo un delito, lo que claramente ocurrió en Victoria Gracia. ¿Cómo si no alguien podría cometer la imprudencia de consignar en un acta de asamblea la decisión consensuada de cometer un delito?

Pero para la fiscalía Hilario dejó de ser indígena cuando estudió en la universidad y concursó a un puesto público. La justicia intercultural es un hermoso artefacto que se discute en las aulas y se condena al destierro en los tribunales. En este reino de lo absurdo se viene impulsando un proceso que cuesta más a los contribuyentes que el valor de la madera donada a Victoria Gracia.

En nuestro querido país faltan 26,000 docentes de lenguas indígenas. En las zonas rurales solo el 13% de los estudiantes alcanzaron los niveles esperados de comprensión lectora y matemáticas, el 40% de las escuelas no reciben libros y el 23% de las mujeres mayores de quince años son analfabetas. La violencia sexual a manos de los docentes contra estudiantes awajún y wampís está a la orden del día en Amazonas. No podemos permitirnos el lujo de perder a un profesor como Hilario, comprometido con su comunidad, orgulloso de lograr que sus estudiantes más grandes salgan leyendo. La justicia no debe ser ciega a la diversidad cultural de nuestro país.

Pero, sobre todo, se requiere destinar los mayores esfuerzos a la educación rural e intercultural, pues los déficits en este campo son un claro factor de inequidad. Para Sandel la educación no es solo una herramienta de movilidad social, sino uno de los pilares ideológicos que legitiman la desigualdad en las sociedades contemporáneas. Mi viejo siempre me dijo que mi herencia era mi educación. Después entendí la suerte que tuve, un privilegio que no comparten muchas niñas y niños del Perú que deben hacer sus proyectos de vida con una clara desventaja.

La educación es cada vez más un negocio donde se vende sebo de culebra a familias que se esfuerzan por dar a sus hijos una vida mejor. Pero nunca debemos olvidar que la educación es un derecho fundamental y que el Estado tiene la obligación de garantizarlo. En el caso de los pueblos indígenas este derecho tiene además el carácter de una deuda histórica por un expolio que lleva siglos saqueando sus territorios y sometiéndolos con violencia.

19-12-2025

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 763 año 16, del 19/12/2025

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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