Perú: Vienen las mentiras
Juan Manuel Robles
«Ahora es el propio dueño el que mete las manos en el barro y escupe»
En el Perú, se están dando las condiciones para que la ciudadanía quede cada vez más desprotegida de la desinformación en la campaña electoral. Ha ocurrido siempre, pero esta vez, parece, será peor. Porque ahora los que tienen la sartén por el mango poseen una consciencia mayor de qué se “debe” hacer, en términos comunicativos, para conseguir que sus sueños se cumplan. Peor aún, hoy tienen menos escrúpulos, un descaro más grande. Tal vez motivados por ejemplos globales, impetuosos dueños de medios ya no enmascaran sus intenciones refiriéndose a propósitos nobles, como la democracia y el desarrollo. Tampoco entran en el juego de tolerar cierta pluralidad mientras, por lo bajo, sus periodistas ayudan a determinados candidatos. Todo eso ya fue.
Hoy su agenda explícita es destruir todo aquello que dañe sus negocios o que fiscalice a sus socios estratégicos. No solo creen que los medios de comunicación son un arma, como metáfora de la influencia. Lo creen literalmente: la información derriba a tus enemigos y se traduce en cifras. El juego es invertir en mensajes para que baje el número de caviares, rojos, zurdos y gente negativa. Invertir en desinflar esas “narrativas” que paralizan tus planes de explotación en la selva amazónica.
Lo vimos con Erasmo Wong y la inversión millonaria para relanzar Willax, con los resultados que todos conocemos. Wong, que junto a su familia desarrolló una cadena de supermercados que fue sinónimo de calidad, como empresario de televisión no ha dejado de lanzar mercadería podrida. La miasma, en este caso, empieza por la cabeza. Wong es agresivo, visceral, ideologizado al punto de decir “senderista Pedro Castillo”, sin reparos (ni pruebas). O publicar falsedades gigantescas como: “Los caviares persiguieron y encarcelaron a cada uno de los héroes que salvaron al país del comunismo maoísta”. Los dueños de los medios tenían sus perros de caza que les hacían el trabajo sucio; sus columnistas coprolálicos, sus entrevistadores mala leche. Ahora es el propio dueño el que mete las manos en el barro y escupe.
Siguiendo el modelo Wong Willax, el empresario Jimmy Pflucker acaba de comprar Panamericana y ha anunciado sus intenciones con la pata en alto: botará a los caviares y no admitirá sus ideas. Esta nueva versión del Canal 5 pone en sus estatutos, explícitamente, lo que otros canales ya practican sin haberlo declarado (en este caso, la honestidad no es un mérito). Nos avisa de antemano que será un canal donde no se permitirá, por contrato, decir algo que pueda ser interpretado como una falta de respeto a la Iglesia católica (adiós investigaciones sobre curas pedófilos), o a la propiedad privada (tan ambiguo que ningún maltrato laboral tendrá eco), o la familia como núcleo social.
Al mismo tiempo, y esto es lo más salvaje de la era Willax, esas cabezas ideologizadas fomentan reforzar el estigma hacia formas de pensar de las que difieren. “Yo quiero erradicar el pensamiento caviar, destructivo y antipatria, que no suma, solo resta, destruye”, ha dicho sin parpadear Pflucker, empresario minero que acusa a los caviares de arruinar la parranda extractivista.
No se necesita ser un vidente para saber lo que la nueva Panamericana hará con esos “enemigos de la patria” cuyo pensamiento hay que destruir. Ya lo vimos en Willax. Difamar a sus líderes, convertir un pantallazo de Sunarp en una denuncia de domingo con música escandalosa y una voz intrigante parecida a la de Claudia Toro (una reportera que, para no perder la costumbre, difunde fotos falsas en Twitter). Repetir esas mentiras, como dice el manual, y así garantizar la destrucción; un ambiente así, donde el dueño no tiene ni control, ni mesura, ni escrúpulos o alguna idea de servicio, hace sentir a cada reportero y redactor que el dueño te dará una palmada en la espalda cuando hagas una travesura. No importa lo haragán que seas y que no consigas la fuente ni el dato buscado: si la historia hiere, funciona.
Este tipo de empresarios era justo lo que faltaba en una época en que la mentira en los medios se ha normalizado. Los organismos y consorcios que hasta hace unos años todavía velaban por una autorregulación basada en compromisos y sanciones hoy son débiles o ya no existen. Los medios de referencia, que ponían la pauta, hoy están demasiado ocupados en la supervivencia. Revistas como “Caretas”, que irradiaban respeto, son hoy publicaciones zombis, con contenido pagado por quién sabe quién, un tono general de publirreportaje, bajo el paraguas de una marca que alguna vez fue grande, y cuyo edificio legendario está a la venta.
Todo esto para decir lo siguiente: estaremos solos. Y los candidatos decentes que pueda haber —buscando con lupa— también estarán solos frente a la lluvia de calumnias que recibirán bajo la envoltura de “información”. No solo será algo tolerado desde la nueva televisión de cruzados de la ultraderecha como Pflucker y Wong (y otros más discretos). Será fomentado y alentado por ellos.
¿Queda algo que hacer desde el periodismo independiente, que tiene moral pero no siempre músculo, que tiene agallas pero también necesidades, que tiene hambre de verdades pero también hambre de verdad? Siempre queda algo, por supuesto; siempre se puede hacer que un mensaje circule y cale. Pero si se me ocurre una sola cosa para empezar, diría esto. Olvídense de andar por allí cazando mentiras, desmintiendo las falsedades dichas en un debate. Olvídense de la verificación compulsiva.
Los últimos años nos han demostrado que es una pérdida de energía. Cuando todavía creíamos que el despelote de fake news tenía arreglo, aparecieron un montón de equipos de verificadores de datos, llenos de jóvenes chancones y pilas, que nos sorprendían con sus hallazgos y desbarataban discursos encendidos. Hoy que el planeta, al más alto nivel, gira alrededor de fake news, esos equipos son solo utilería de fondo, razón aguafiestas en medio de la emoción, una nota al pie demasiado pensante para que alguien la lea.
Nada de contar la cantidad de mentiras. Estamos frente a delincuentes de la información. En vez de verificar sus datos, toca rectificar sus narrativas con otras mejores. La verdad nos viene sola, porque está en la disciplina informadora, en nuestra decencia. Toca concentrarse en producir narrativas poderosas, claras, rápidas, que conecten con los ciudadanos y su experiencia. No es posible que los ignorantes y pirañas nos ganen en contar historias. Es tiempo de contarlas nosotros, con todo el talento a nuestra disposición. “Miente, miente, que algo queda”, dijo un gran comunicador que era un tipo siniestro. Pues de la verdad repetida, promovida, contrabandeada, susurrada, también queda algo. Y, a veces, mucho.
15-01-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 765 año 16, del 16/01/2026
