Perú: Seguiremos peleando

César Hildebrandt

«Somos la cosecha de quienes sembraron la idea de que aquí todo vale»

El Perú entero es un rehén de la mafia.

Y los mafiosos han decidido que el delincuente que actúa como Fiscal de la Nación desactive los equipos que venían investigando a sus socios (o a ellos mismos, en algunos casos).

Un Poder Judicial adocenado decide que el caso cócteles ya no existe y que los millones de soles que se disfrazaron de donaciones fantasmales jamás pasaron a las manos de Keiko y su pandilla.

Es el país de González Prada, el país de la herida infectada y la pus invencible. La mafia siente que ha ganado y lo pregona en su prensa, lo celebra en su tele, lo dispersa en sus radios, lo cuenta en las columnas infames de sus escribidores.

Y tienen razón: han ganado. Es su momento de gloria lodosa, de victoria hedionda, de bacanal y bividíes colgados.

Preside el Congreso Rospigliosi, que es un homenaje a la ruindad. Y dice que preside la república excretada el señor Jerí, que se disfraza de sí mismo para planear compras y comisiones con un chino acostumbrado a la sordidez. Y decenas de partidos que no son tales sino siglas de Gamarra preparan sus mentiras para ver si les liga algo en las elecciones anarcoides de abril próximo.

Ya no somos un país camino al abismo. Somos el abismo. Somos lo que le pasa a una sociedad sometida a la demolición de los valores. Somos lo que sucede cuando la anomia es la ley. La limpieza nos incomoda, el respeto al prójimo representa un estorbo, la pulcritud de las instituciones que sostienen a la democracia nos resulta un problema de gobernanza mafiosa. Somos la cosecha de quienes sembraron la idea de que aquí todo vale. De esa siembra ha nacido el matorral que somos. En su tumba, Alberto Fujimori debe estar orgulloso: el país que él quiso está aquí, el control con el que soñó se ha repetido, el Perú es el califato de cualquier Absalón de su calaña.

Con el TC tomado, la Defensoría del Pueblo en manos de un rufián, la Junta Nacional de Justicia bajo captura, el poder electoral sometido a presión, el poder judicial plagado de rabos de paja, el fujimorismo sociológico no necesita ganar las elecciones. Tiene el Congreso, tiene al mequetrefe del chifa, tiene a la prensa conservadora y tiene garantizado un parlamento bicameral donde, al margen de los nombres de cada bancada, tendrá sumada mayoría y podrá continuar ampliando el chiquero político que ya somos.

Lo de abril será una pantomima y la derecha ya lo sabe. De allí esos aires de arrogancia, ese tufo de perdonavidas, ese escueleo desdeñoso de sus abogados más exitosos.

Ante esto, sólo cabe seguir luchando. No importa lo difícil que parezca, lo inútil que en el fondo sea, lo asimétrica que se presente la batalla. El sur andino no es Lima y en muchas provincias de la costa hay señales de hastío radical. Tendremos que recordar al taita Cáceres y su campaña de resistencia ante el invasor. El parentesco con la campaña de La Breña no es arbitrario ni loco: vamos a tener que librar una guerra de guerrillas contra gente que dice actuar en nombre del Perú pero que adora a Bukele, se inclina ante Trump, se encomienda a Milei, aprueba el genocidio de Gaza, celebra el bombardeo y secuestro de Venezuela y aceptaría –estoy seguro– que Chile decidiera qué política optar en el caso de la migración venezolana. Tienen tenue la peruanidad, pálido el pasaporte, camaleónica la identidad. El Perú, para ellos, sigue siendo Potosí. El problema es la cholería alzada y para eso hay harta bala, un montón de columnistas hablando del orden y el progreso, coartadas de calibre 9 milímetros.

Lucharemos hasta que no nos quede voz o papel. Que la derecha se vaya enterando. Tenemos la vaga esperanza de que algún día el Perú dejará de huir de la decencia.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 765 año 16, del 16/01/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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