Superficiales
Juan Manuel Robles
«El mundo del doctor discreto que procura un avance para la humanidad y el mundo de los pobres diablos de las redes»
El científico español Mariano Barbacid y su equipo han conseguido, por primera vez, eliminar el cáncer de páncreas en roedores; la noticia sale en Twitter y lo único que se le ocurre a mucha gente es señalar la mancha roja que a Barbacid le cubre parte de la cara. Qué es lo que se le ve allí, pregunta uno. Por qué si es un científico tan brillante no hace algo por sacarse eso del rostro, cuestiona otro, creyéndose muy audaz. La cosa sigue así por varias horas, con los usuarios esperando respuestas a su curiosidad frívola y estúpida, en vez de centrarse en el gran anuncio.
El logro de Barbacid es la culminación de una carrera brillante. PhD de la Universidad Complutense y becado en el Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos para sus estudios posdoctorales, marcó un hito mundial cuando en 1982 consiguió aislar el primer oncogén humano, es decir, uno de esos genes susceptibles a mutar provocando una “descalibración” en el proceso de reproducción celular, que se dispara sin control (como un interruptor que se malogra). Más tarde descubrió un segundo oncogén, vinculado al cáncer colorrectal. Con el experimento que acaba de anunciarse, Barbacid abre el camino de una posible cura para uno de los cánceres más mortales, y se vuelve candidato fijo al Premio Nobel de Medicina (que, como sabrán, vale mucho más que el de la Paz, sobre todo en estos tiempos). Pero muchos usuarios, al ver su foto, solo pueden pensar en él como el Hombre de la Mancha (y no por El Quijote, que no han leído).
Qué revelador es ver de manera tan nítida la falta de tino y sensibilidad, los intereses torcidos, la infantilización. Impacientes por conocer la “razón” de la mancha, y como para agrandar la caricatura, esos usuarios pasan a consultarle el tema a Grok (no un dermatólogo de los muchos que uno puede encontrar en la red, sino al motor de inteligencia artificial de Elon Musk). Y Grok demuestra que, a veces, es solo el espejo multiplicado de un montón de cabecitas huecas: responde que la foto debe ser “un montaje” o una imagen generada por AI, porque no ha podido encontrar fotografías similares del señor. Hay muchísimos retratos de Barbacid en la red, pero Grok no logra “leerlos”. Vive —como sus fieles— en un único mundo, con unos únicos “modos” de rostros y expectativas.
Pero lo más alucinante es la curiosidad mal dirigida o simplemente atrofiada. Si hubieran hecho las preguntas adecuadas, en vez de andar fijándose en el cacharro, se habrían podido enterar de que Barbacid ha trabajado por años con roedores genéticamente modificados y ratones “avatar”, algo tan fascinante como suena. Gracias, entre otras cosas, al camino iniciado por el español en la investigación genética de tumores, a mediados de la década pasada empezaron a transportarse tumores humanos a los cuerpitos de los ratones, para probar en ellos la eficacia de fármacos. De esa manera, se reduce la posibilidad de daños y errores. El uso de ratones avatar todavía está en experimentación, pero ha logrado prolongar la vida de ciertos pacientes con cáncer de páncreas.
Ya he hablado antes de eso: la abundancia de información en la red es inversamente proporcional a la ambición de saber más. Dan un poco de vergüenza ajena los comentarios sobre Barbacid, pero no sorprenden. Y mi primer impulso sería no mencionar siquiera lo ocurrido, ni hablar de las referencias a la apariencia del bioquímico. Pero luego pienso que, tal vez, la mancha sí es relevante. Inevitablemente.
Porque es poderoso ver el contraste: el mundo del doctor discreto que procura un avance para la humanidad y el mundo de los pobres diablos de las redes. El mundo del esfuerzo de décadas y publicaciones relevantes contra el mundito de los Juegos del Hambre (hambre de atención). El científico de la foto es casi un extraterrestre en el mundo que ha aprendido dócilmente que la apariencia es lo más importante, que la primera impresión vale oro, que una mancha es un problema —y si está en la cara, una maldición—, que hay que buscar los mejores filtros, y hasta el rostro real hay que hacerlo parecido a esos filtros (como saben los cirujanos en estos días). El mundo que normaliza verse mínimamente bien para conseguir una plaza en cualquier ámbito, sin un gramo de más en el cuerpo.
Qué reconfortante saber que Barbacid vivió así como lo vemos, que lo hizo de niño y siguió. El hijo único de un zapatero en Chamberí, en esos tiempos en que la niñez humilde —como ha dicho Joan Manuel Serrat— lo tenía todo en comparación con la miseria de los niños pobres que vendrían después. El chaval que buscó leer y leer, que se apuntó a cursos gratuitos para saber más de ciencia, y que justamente aprendió la curiosidad, según ha dicho, por la mamá de un amigo, una mujer que tenía nueve hijos y sembró en él el amor por el conocimiento. Qué lejos parece estar ese mundo, donde el deseo de saber se siembra naturalmente, en un vecindario sin lujos, cara a cara.
Cuanta dignidad hay en esa marca, que, por cierto, se llama mancha de Oporto. Porque resulta que hace décadas hay tratamientos láser y operaciones para borrarlas o atenuarlas. Efectivamente, al doctor no le ha importado un pepino hacer algo al respecto. Es significativo, cuando en países como Estados Unidos hay instituciones especializadas en tratar a personas con marcas de nacimiento, para darles ayuda psicológica, consejos, devolverles la confianza que algunos les han quitado en la escuela, en la calle y hasta en la casa.
Esa fijación, ese mirar al científico y pensar “no puede ser”, como humanos mimetizados con Grok y la hoguera de las vanidades de las redes, es la verdadera mancha. Al leer los comentarios, he pensado que esas personas, puestas en la disyuntiva fantástica y terrible de tener que elegir entre un cáncer mortal y una marca roja en la cara, dudarían hamletianamente. Al final —creo— elegirían la vida, pero tardarían varias horas, atormentados.
05-02-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 768 año 16, del 06/02/2026
