Perú: “Soy un contador de historias”
César Hildebrandt
«Lo decía con honestidad porque eran los tiempos en que Bryce no necesitaba ocultar nada»
Uno de los encantos de Alfredo Bryce era que les hacía creer a sus lectores que ellos también podrían contar lo que quisieran. Tenía la sintaxis corrida de los narradores de cuentos y simulaba su amable medianía con el recurso del sentimiento, el feminismo con anzuelo y la ternura que siempre tiene buena prensa.
Nunca fue un gran escritor, pero siempre lo pareció. “Un mundo para Julius” es una novela entretenida y agradable, pero sus amigos y la industria editorial dedicada a las ventas al por mayor la convirtieron en “libro imprescindible” y “obra maestra”.
Entrevisté a Bryce, también complacientemente, después de “Un mundo para Julius” y encontré a un dandy magnético que parecía haber salido de la república aristocrática de Piérola. Era como su libro: un chismoso encantador, un fabulador que te envolvía, un humorista profesional que administraba el suspense y te sometía a sus términos. En aquella entrevista (1972), Bryce me dijo: “Yo no creo ser un novelista: soy un contador de historias. Si yo pudiera usar el micrófono, hablaría y no escribiría…”
Lo decía con honestidad porque eran los tiempos en que Bryce no necesitaba ocultar nada. No habían hecho una industria con su memoria de rico venido a menos, de burgués sanmarquino, de niño precoz que felizmente no pudo hacer con la sirvienta lo que sus asquerosos amigos hacían como si nada. Y fue transparente cuando me dijo esto: “Yo tengo una profunda simpatía por el personaje del general Velasco. No lo conozco, pero me encantaría emborracharme con él porque estoy seguro de que sabe las de Quico y Caco y que ve a través del alquitrán…”. Años después inventaría la enésima mentira de que siempre fue un perseguido de la revolución militar. Lo mismo hizo con los Fujimori, a quienes enfrentó póstumamente, en el año 2001, cuando en Madrid le dijo al diario “La Razón”: “No puedo vivir en el Perú porque abro la ventana y respiro mierda”.
Bryce narró una anécdota ejemplar en aquel diálogo conmigo: “Una vez le dije (a mi esposa): Voy a escribir un cuento. Y ella: Qué linda idea. La plasmé y no salió. Ella me dijo: No, mucho mejor era cuando me lo contaste anoche, en la cama. No se publicará eso nunca. Ahí está guardado, como recuerdo de un fracaso…”
Pero los caporales de la maquinaria editorial estaban detrás suyo. Y muchas de las historias breves y maravillosas que Bryce inventaba para animar sus borracheras con sus amigos se convirtieron en libros gruesos y pesados y para ser gruesos y pesados tuvieron que llenarse de tiempos muertos, personajes sobreros, derivaciones que lo enredaban todo, humor barato regado como inundación.
“Un mundo para Julius”, su libro más importante, no deja de ser una acuarela querendona del mundo de la oligarquía peruana. “Conversación en la catedral” es el Guernica de esa clase y de esos tiempos. Esa es la diferencia entre un relato que no se despega de la nostalgia personal y el retrato complejo y cabal de un tiempo histórico elaborado por un gran novelista.
Hablando de estilos e influencias, Bryce se sorprendía por los autores que algunos críticos le atribuían como fuentes ancestrales de inspiración. Negaba casi todos esos nombres y se reía de esas supuestas filiaciones y me llegó a decir esto: “Pero la influencia determinante de mi estilo no la ha tenido un escritor sino un amigo. Es Alberto Massa Gálvez, un abogado de nota, un gran señorón de Lima, pero que cuando habla conmigo se olvida de todas sus actuales obsesiones de poder y grandeza, digamos así, y se convierte en mi compañero de colegio y juntos nos cagamos en la humanidad…”
Ese era el Bryce original, el previo a la fama y al endiosamiento. Un día lo invité a un programa de la tele que se difundía cada noche y llegó borracho. Le propuse postergar la entrevista, aunque eso me perjudicaba, pero se negó. Y salió al aire así arrastrando las erres, rampando desde su voz nasal de viejo ensayado y dijo las cosas más divertidas, exactas y geniales que se habían oído en ese set desvencijado.
Allí entendí quién era Bryce. Era el jefe secreto de la Vieja Trova.
Después vinieron libros diversos, años extendidos, rentas merecidas y premios que los feriantes de libros distribuyen con sabiduría. Al final, fue la vergüenza de los plagios. Pero hasta eso, visto en perspectiva, parece un homenaje al humor negro, un modo irónico de volver al socialismo de la juventud: decirnos, de facto, que la propiedad es un robo.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 773 año 16, del 13/03/2026
