110 años de golpes de Estado yanquis

Daniel Espinosa

«Y el motor detrás de esta política exterior centrada en la subversión serían las grandes corporaciones»

Stephen Kinzer es uno de los periodistas que más profundamente ha indagado en esa costumbre tan estadounidense de derrocar gobiernos reñidos a su proyecto hegemónico. Su libro Overthrow –publicado hace dos décadas– echó luces sobre cómo el cambio de régimen yanqui fue evolucionando desde su etapa imperial, protagonizada por militares y buques cañoneros, hacia otra en la que la acción encubierta, con golpes de Estado facilitados por espías, cobró primacía.

El desgaste de esta segunda forma de subversión extranjera, subrepticia y bastante más sutil –aunque eventualmente destapada al público por un periodismo valiente y cada vez más escaso– le cedería el paso a una nueva e innovadora forma de influencia (todo un “salto conceptual”, según Kinzer): el financiamiento abierto, aunque asolapado, silencioso, de oenegés y medios de comunicación extranjeros como mecanismo para dar forma a una sociedad civil alineada con la política norteamericana.

Con Donald Trump, el ciclo parece cerrarse y volver a empezar, volviendo a la “etapa imperial” ya mencionada: se cancela (o reduce de manera sensible) el financiamiento a la sociedad civil afín –llevado a cabo por entidades como USAID– y se vuelve a poner sobre la mesa el ataque militar directo como opción principal, tal como vimos con el reciente bombardeo de Venezuela y el secuestro de su jefe de Estado (tan celebrado por la gran prensa y unos analistas que consideran que el derecho internacional puede hacer excepciones o ponerse en pausa).

Claro, esta visión podría pecar de engañosa o simplista, pues, más que un regreso a la agresión militar abierta y descarada como método exclusivo, el régimen Trump saca provecho de todo el abanico de artimañas e instrumentos usados por sus antecesores: dio luz verde a la CIA para intervenir en Venezuela antes de atacarla (acción encubierta), mientras el dinero destinado a políticos y medios de comunicación de oposición al chavismo siguió fluyendo, aunque a través de canales y proyectos mejor alineados al conservadurismo de línea dura.

(A lo anterior hay que agregarle la imposición ilegal y abusiva de sanciones y embargos, una forma de estrangulamiento económico que debe sufrir la ciudadanía del país objetivo como castigo por no deponer ella misma a un régimen enemigo de Washington).

Las investigaciones de Kinzer sobre ciento diez años de golpes de Estado yanquis, desde Hawái (1893) hasta Irak (2003), demuestran que, incluso desde fines del siglo XIX, los norteamericanos siempre emplearon una mezcla de mecanismos abiertos y encubiertos, gruesos y sutiles. Esta clasificación de las diferentes etapas evolutivas del cambio de régimen (imperial, acción encubierta, oenegés) solo señala cuáles de estos mecanismos fueron los preponderantes en un determinado lapso.

Y el motor detrás de esta política exterior centrada en la subversión serían las grandes corporaciones. “En el mundo moderno –escribe Kinzer en Overthrow– las corporaciones son el instrumento que los países usan para capturar riqueza”. Nadie personificaría mejor este vínculo entre poder económico y poder político –o mejor dicho, la captura del segundo por el primero– que John Foster Dulles, el prominente abogado corporativo que fungiría de secretario de Estado de EE. UU. entre 1953 y 1959, impulsando golpes de Estado como los de Irán (1953) y Guatemala (1954), ocurridos durante lo que Kinzer llama “la edad de oro” de la acción encubierta

República de Hawái

Qué poco se habla en nuestros tiempos de la conquista estadounidense de Hawái –Hollywood nunca se interesó en hacer la película–. Pocos recuerdan cómo ese conjunto de islas pasó de ser un protectorado dominado por barones del azúcar blancos –quienes consiguieron reducir a la monarquía autóctona a una figura puramente decorativa– a ser oficialmente anexado al país norteamericano, lo que ocurriría en 1898.

En 1893, cansada de ver cómo los terratenientes de origen extranjero se enseñoreaban sobre el archipiélago, Lili’uokalani –la última monarca hawaiana– decidió redactar una constitución que le devolviera el poder real y les otorgara capacidad de voto a los nativos, desatando la ira de unos estadounidenses y europeos que, sabiéndose minoría –y llevando las de perder en un Hawái más democrático–, también eran conscientes de que tenían al gobierno estadounidense de su parte.

Un año antes y liderados por el abogado Lorrin A. Thurston, los colonos que querían quitar de en medio a la monarca habían fundado el “Annexation Club”. Esta asociación, íntimamente ligada a la extracción azucarera, estaba integrada por gente convencida de que Hawái solo podría ser administrada de manera eficiente por blancos, “la parte inteligente de la comunidad”, según Thurston.

Durante sus viajes a Washington, el abogado había conseguido los favores del entonces secretario de Estado, James G. Blain, él mismo un ardoroso proponente de la anexión de Hawái. Cuando los golpistas del “Annexation Club”, amenazados por el proyecto de constitución, decidieron deponer a Lili’uokalani, el representante estadounidense en las islas hawaianas, John L. Stevens –nombrado por Blain– puso a su disposición el Boston, un moderno buque de tres mil toneladas y una tripulación de casi doscientos marineros.

La monarca pronto entendió que el verdadero enemigo estaba en la Casa Blanca y se rindió para que no corriera sangre. Un lustro más tarde, el presidente William McKinley anexaría el archipiélago a su país de manera oficial, dando por terminada la breve existencia de la República de Hawái (creada por los golpistas), que nunca pretendió ser independiente.

Según Kinzer, los conspiradores involucrados en la anexión del archipiélago hawaiano serían los primeros estadounidenses en planificar y llevar a cabo el derrocamiento de un gobierno extranjero, “abriendo un tumultuoso siglo de invasiones, revoluciones y golpes”.

Si acaso Hawái se independizara (posibilidad remota), la propaganda yanqui quizás buscaría a algún servicial descendiente de Lili’uokalani y, como sucede hoy con Irán y Reza Pahlavi, propondría el regreso de la vieja monarquía.

26-02-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 771 año 16, del 27/02/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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