Perú: La tragedia de Becerra
César Hildebrandt
«Es Pedro Páramo yendo a votar en una aldea muerta «
Napoleón Becerra tenía cero por ciento de intención de voto y aquí, en este semanario costumbrista, le hicimos una nota la semana pasada. No es que fuera un texto sañudo sino que resultó inevitable enumerar sus ideas disparatadas, sus propósitos arcangélicos, su devoción por el error y su hambre de ser reconocido. Pintamos también, para compensar, su perfil de buen hombre tocado por una súbita ambición sideral y su vida de modesto jubilado creyente en el milagro que lo convertiría, de pronto, sin explicaciones (porque en eso consisten los asombros) en el hombre de la segunda vuelta.
Dos días después de la publicación, Becerra murió en un accidente carretero ocurrido en Ayacucho. La noticia nos impactó, lamentamos en privado el suceso y entonces empezaron los memes idiotas. Ácaros de las redes sociales, hipos del resentimiento se pronunciaron nuevamente y dijeron que habíamos sido crueles y faltó poco para que sugirieran que el choque contra una cuneta lo habíamos inspirado nosotros al obligarlo a intensificar la celeridad de su campaña. Estamos acostumbrados a la infamia, pero eso resultaba demasiado.
¿Habíamos estigmatizado al difunto? No. ¿Intentábamos desacreditarlo? Eso era tarea imposible porque cumplirla suponía desmontar una reputación pública que en este caso no existía. El propósito del reportaje fue mostrar lo que puede hacer el narcisismo tardío con un tranquilo cesante y lo que puede hacer la política, entendida como quehacer prebendario, con un sexagenario que había visto el poder desde muy lejos y que ahora, gracias a alguna ouija amable, se sentía a algunos metros de la cima. Sus exsocios describieron cómo fue que Becerra se volvió autoritario y mesiánico una vez que obtuvo la candidatura y cómo es que desconoció orígenes y compromisos cuando se sintió llamado por el destino. Esa transfiguración surgida de la autocomplacencia la conocemos en el Perú: la hija de un hombre que destruyó el orden institucional del país aspira a devolvérnoslo en su cuarto intento de megalomanía desatada.
La política peruana es eso en estos días de gusanos y miserables reincidentes. De pronto es fácil fundar un partido, es más barato que montar una bodega, que soñar con un emprendimiento. Entonces se crean siglas, logos fáciles de captar, propósitos de enmienda, listas de promesas salidas de encuestas que hurgan en carencias. Es una nada extensa, es la pampa interminable de codicias de poca monta y palabras vacías. Es Pedro Páramo yendo a votar en una aldea muerta. Los nuevos partidos improvisan creyendo que nadie se da cuenta de que repiten las fórmulas de siempre. Y los partidos corrompidos y viejos confían en la desmemoria y se presentan como si su pasado no fuera una serie de crímenes y mentiras.
Napoleón Becerra ha muerto trágicamente y ha sido después de que la Parca se fijó en él que la prensa –excepción hecha de este semanario– recordó que existía y que estaba en carrera a la presidencia de la república. La política peruana de hoy es napoleónica en chanza y ridícula de raíz gubernamental. Becerra aspiraba, con todo derecho, a sentarse en la misma silla que hoy ocupa un hombre que dice que conversa con Kant y Hegel y que ha nombrado dos gabinetes plagados de basura en apenas tres semanas. Lo que Balcázar no va a reconocer es que todos los días habla sólo consigo mismo y de esos encuentros sale la baba que lo cubre. Y quienes le hablan en jerga lumpen y le dan órdenes son Keiko Fujimori, Vladimir Cerrón, José Luna, César Acuña y otros gérmenes.
Si hubiera llegado a la presidencia, Becerra habría ratificado al canciller Hugo de Zela en su puesto. Este señor acaba de decir que el Perú no se pronunciará sobre las obras que Chile está haciendo en la frontera mientras esas zanjas y esos muros “estén en territorio del vecino país”. ¿Se puede ser tan idiota? Si los ingenieros militares de Kast actuasen en tierra del Perú, eso significaría, señor De Zela, que volverán Baquedano y Lynch a tomar Lima y que usted se esconderá debajo de algún escritorio restaurado de Torre Tagle.
Becerra ha muerto, para fatalidad de los que lo querían. Pero las elecciones de abril son un auténtico homenaje a su memoria.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 774 año 16, del 20/03/2026
