Declive del “Washington Post”

Daniel Espinosa

«Así como el imperialismo siempre fue imperialismo, los medios de comunicación corporativos siempre fueron feudo de multimillonarios»

Una de las características de lo que podríamos llamar la “era Trump” ha sido el sinceramiento brutal de la política exterior estadounidense, con la retórica liberal que durante décadas justificó las aventuras imperialistas cediéndole el paso a un lenguaje más parecido al que usaría el capitán de un barco pirata para arengar a su tripulación antes de un abordaje. Esta radicalización conservadora del discurso político –en el que el fuerte ya no propone otra justificación que su propia fuerza– no sería posible sin una degeneración paralela de la prensa tradicional, ahora descaradamente controlada por gente no muy distinta a quien ocupa la Casa Blanca.

El abordaje de “The Washington Post” por parte de Jeff Bezos, uno de los hombres más ricos del mundo, ocurrió en 2013, cuando el dueño de Amazon desembolsó doscientos cincuenta millones de dólares para adquirir el diario que había sido manejado durante décadas por Katharine Graham, heredera del establishment más tradicional de la Costa Este de Estados Unidos. Su padre, Eugene Meyer, un banquero de inversión que se convertiría en el primer presidente del Banco Mundial, compró la publicación en 1933 y no tardó mucho en ponerla en manos de su yerno, Philip Graham, un exagente de inteligencia y veterano de la Segunda Guerra Mundial íntimamente conectado con el “Estado profundo”.

Un artículo del crítico mediático Doug Henwood sobre la historia del “Post” (Fair.org, 01/01/90) cuenta que Philip Graham consideraba que el rol de la prensa consistía en “movilizar el consentimiento público en favor de las políticas de sus vecinos en Washington”. Tras el suicidio de su marido en 1963, Katharine Graham mantendría intactos los vínculos entre su diario y el establishment capitalino, cuyos miembros eran invitados frecuentes a las cenas de lujo que organizaba en su mansión de Georgetown, un afluente vecindario washingtoniano en el que convivían políticos, periodistas, intelectuales y espías.

Como explica otro crítico, el periodista Howard Bray, los Graham conocerían de antemano los detalles de importantes operaciones de inteligencia –como el desembarco de Bahía de Cochinos, de 1961– pero, debido al rol que le atribuían al oficio periodístico, los ocultarían de sus lectores, quienes no necesitaban meter sus narices en asuntos reservados a los hombres del Departamento de Estado. Eran tiempos en los que el periodismo se entendía a la manera de Walter Lippmann: las masas –esa peligrosa chusma– debían ser espectadoras pasivas.

El destape del caso Watergate, que terminaría con el gobierno de Richard Nixon en 1974, le permitiría al “Post” presentarse como contestatario y frontalmente reñido al poder. Sin embargo –cuenta también Henwood–, la misma Graham concedería que las investigaciones de su diario no habrían tenido éxito sin la cooperación decisiva de agentes de inteligencia que (persiguiendo sus propios objetivos) aceptaron contarles varios secretos importantes a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein. El dúo trabajaría en el caso Watergate bajo la tutela de Ben Bradlee, otro histórico editor del “Post” que, como Philip Graham, también había sido agente de inteligencia, llegando a fabricar propaganda para la CIA en París durante la década del 50.

Las fotos que acompañan los artículos que informan sobre el reciente despido masivo de periodistas de “The Washington Post” por parte de Jeff Bezos, ocurrido el pasado febrero, muestran a una mujer con un cartel de protesta que reza: “¿Qué habría hecho Katharine Graham?”. Ese es el gran problema con el liberalismo yanqui: muchos de sus adeptos –gente bien intencionada, sin duda– no parece capaz de ir más allá del discurso y los espejismos creados por nuestra cultura de la imagen. Así como el imperialismo estadounidense no comenzó con Trump, sino que solo se sinceró –abandonando la retórica políticamente correcta con la que tipos como Barack Obama supieron engatusar al mundo–, la prensa corporativa ya era un instrumento de propaganda elitista con Graham. Bezos solo llegó para sincerarla.

Con Bezos, “The Washington Post” ya no pierde tanto tiempo como antes intentando representar el imperialismo estadounidense como una suerte de emprendimiento civilizatorio. Al estilo de Rupert Murdoch, el barón de la prensa conservadora de habla inglesa, Bezos metió mano en la línea editorial del “Post” en 2024, decretando que el diario no respaldaría oficialmente a la contendiente demócrata de Trump, Kamala Harris.

Aunque la gran diferencia entre estos candidatos era que Harris hubiera conducido el imperialismo yanqui con el decoro y las buenas maneras de Obama, los lectores liberales del “Post” creían que las diferencias iban más allá de lo meramente simbólico. Como resultado, doscientos mil subscriptores del diario abandonaron la publicación en protesta, marcando el inicio de su notorio declive. En febrero de 2025, el CEO de Amazon decretó que en las páginas editoriales del “Post” estarían prohibidas las opiniones reñidas al “libre mercado” y las “libertades”, alienando a más lectores.

Pero qué poco cambia el mundo realmente. La prensa corporativa de antes, dirigida por gente admirable como los Graham, efectuaba su propaganda en favor del establishment sirviéndose de “filtros” más o menos sutiles, como la propiedad, la subordinación a fuentes de información oficiales y el financiamiento a través del avisaje publicitario de grandes corporaciones.

Estos “filtros” –que condicionaban la cobertura, dejando la información poco conveniente afuera de manera casi automática– hacían innecesario que los dueños se inmiscuyeran directamente (como hace Bezos), modificando descaradamente la cobertura en favor de sus intereses particulares. El propietario multimillonario no necesitaba ensuciarse las manos y eso sostenía la ilusión.

Quienes protestan contra Trump sosteniendo carteles con el rostro de Obama, así como quienes protestan contra Bezos sosteniendo carteles con el nombre de Katharine Graham, nunca entendieron nada. Así como el imperialismo siempre fue imperialismo, los medios de comunicación corporativos siempre fueron feudo de multimillonarios –al conservador Murdo

10-04-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 777 año 16, del 10/04/2026

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