Perú: Votando porque la ley obliga
Ronald Gamarra
«Qué silencio tan cargado de tormenta»
Creo no haber asistido jamás a un proceso electoral tan estéril y deslucido como el actual, tan parecido al polvo que se levanta sin rumbo antes de una tormenta que tampoco llega. Me atrevo a apostar que son los comicios más grises que haya visto este suelo en dos siglos de república intermitente: una república que aprendió más el lenguaje de las botas militares, los golpes de Estado y las dictaduras que el de las urnas libres, y que nunca nos dio democracia en cantidad suficiente como para disfrutarla en plenitud. Pero ahí está el resultado: unas elecciones tan desteñidas y decepcionantes como nuestro presente bajo el dominio del pacto mafioso.
Estas elecciones no han despertado la menor ilusión, ni encendido la más pequeña esperanza en ningún rincón del pueblo. La inmensa mayoría del país se acerca al domingo 12 de abril como quien cumple un trámite impuesto, como quien paga una deuda que no recuerda haber contraído: obligado por el fantasma del DNI inhabilitado y la multa que los organismos electorales guardan con más celo que la justicia misma.
Más allá de ese deber mecánico, lo que reina es una desafección apabullante hacia este proceso y sus actores mediocres y oscuros, salvo contadas excepciones. Una desafección que recorre a casi toda la población, de un extremo a otro del territorio, de un lado a otro del espectro social; reflejo de una certeza compartida, dolida y bien fundada: del Estado, de la clase política y de la política misma no vendrá nada bueno. La política es vista, en conjunto, como una actividad mezquina y sospechosa, mercantil en el peor de los sentidos, donde todo se compra y se vende al mejor postor.
Las cifras hablan con brutalidad desnuda: la intención de voto por los partidos es mínima, casi despreciable. En Chile, la candidata que encabezaba las encuestas llegaba al treinta por ciento; en Colombia, la izquierda superaba el treinta y cinco. Aquí, los locutores anuncian sin rubor que alguien lidera con trece por ciento. Trece. Un candidato cómico lo pisa con nueve, y un odiador profesional cae al ocho, todo esto a una semana del día decisivo. El resto se mueve entre cuatro y siete por ciento, y los otros treinta aspirantes han desaparecido ya de los titulares, como velas apagadas antes de que nadie las vea arder.
De este torneo de sombras nacerá un presidente sin verdadera legitimidad. Probablemente, más del ochenta por ciento del universo electoral no habrá puesto su nombre en la papeleta con convicción. No habrá nada de eso. Simplemente, dos candidatos de voto diminuto pasarán a la segunda vuelta y habremos de escoger a uno.
Y, sin embargo, quienes tejieron este sistema desde las alturas del pacto mafioso creen que así podrán gobernar cinco años más, como gobernaron bajo Boluarte, a sangre y fuego, con la represión más brutal de las últimas décadas como único argumento. Creen que pueden encerrarse en su Senado de cristal, diseñado a la medida de sus apetencias, como faraones modernos sordos al murmullo que crece afuera. Qué ceguera tan soberbia. Qué silencio tan cargado de tormenta.
Los únicos que vibran con estas elecciones son los propios candidatos, que rastrean el olor de una curul como quien sigue el rastro del pan recién horneado: ese asiento que arreglaría de golpe su situación económica y su posición social. Algunos ni siquiera sudan demasiado: ya tienen el escaño asegurado. López Aliaga, candidato y número uno de su propia lista senatorial, ha puesto un pie en cada orilla del río, listo para no mojarse nunca. Y si pierde la presidencia, ya ensaya el grito de fraude mientras afila el borde del asiento que lo espera, bien tranquilo, bien pancho, como siempre.
Me duele, una vez más, que las corrientes progresistas no hayan tenido la generosidad de encontrarse, la grandeza de entenderse e integrar una lista conjunta. La situación era tan grave que un programa mínimo –honradez, vocación de servicio público en el gobierno, decencia– no debía ser difícil de compartir. Lo difícil era doblar el ego, esa montaña pequeña que se hace gigante cuando la miran desde adentro. Y esa montaña los venció.
Así terminamos: en la penumbra de unas elecciones sin color, sin música, sin promesa verdadera. Votando porque la ley obliga. Esperando, porque el corazón no sabe hacer otra cosa.
10-04-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 777 año 16, del 10/04/2026
