Perú: Masacrar como el padre
Juan Manuel Robles
«Plantear seriamente al patriarca como un modelo a seguir parece un exceso»
Le ha salido a Keiko el tiro por la culata —vaya expresión— con eso de que quiere ser presidenta para “gobernar como lo hizo mi padre”. Puedo adivinar la idea de la frase: hoy nadie gobierna en el Perú y debe ser muy añorada la imagen de un líder a cargo que sí lo haga: es decir, que tome decisiones y que esas decisiones se ejecuten. Quiso ser más un “gobernaré, como lo hizo mi padre”, con coma, un enunciado que coquetea con el autoritarismo “bueno”, el que hace expeditivas las cosas, el que supera los obstáculos y encuentra la forma de pasarlos por “encima”. Si las instituciones son un estorbo, pues al diablo: las capturamos y aceptan las directivas, como en “una empresa”. Keiko anuncia que va a gobernar de verdad; que hará cumplir el mandato del pueblo, justamente, mandando.
Para su mala suerte la frase ha tenido una interpretación más amplia. Al decir que gobernará como su padre se entiende, también, que hará las cosas que su padre hizo, y allí empieza lo problemático. Han pasado 25 años desde que Alberto Kenya Fujimori se fugó con sus maletas llenas de vladivideos y renunció por fax, y quince años desde que Keiko candidateó por primera vez a la presidencia; en ese tiempo, el padre fue preso, recibió el indulto y murió —pasó dieciséis de sus últimos diecisiete años de vida en la cárcel—, el antifujimorismo se redujo y parte de él se volvió más pragmático y flexible, pero plantear seriamente al patriarca como un modelo a seguir parece un exceso. Como diría Kenji, el hermano desaparecido: tampoco tampoco.
Porque una cosa es tomar como ejemplo a un presidente que tuvo aciertos y que, en ciertos ámbitos, hizo el bien a pesar de sus crímenes. Y otra es ser tan descarada de pensar que puedes presentarte a candidatear como si Alberto Fujimori se tratara de un ejemplo a emular, omitiendo los pasivos y delitos que lo llevaron donde estuvo.
Al decir que gobernará como lo hizo su padre, Keiko se ha puesto en bandeja. Es divertido. Sus defensores pasaron años diciendo “ella no es su papá” pero ahora, harta de fingir, ella ha pasado al extremo opuesto: el orgullo. Como resultado, le han sacado a relucir todo el prontuario, la enorme corrupción, el control de los medios y la mugre de los diarios chicha, Vladimiro Montesinos. Pero sobre todo le han sacado en cara los crímenes y las violaciones de derechos humanos: fotos de La Cantuta, del niño asesinado en Barrios Altos. Tal vez ella cree que como su marca es la “mano dura” eso no la afecta. Se equivoca.
Esta misma semana, cinco jóvenes fueron asesinados en Colcabamba por una patrulla militar. El hecho está envuelto en misterio y hermetismo. Se dijo que eran narcotraficantes armados y que se trató de un enfrentamiento, mostrando como respaldo la declaración de un sobreviviente. Pero luego él mismo —un joven de veinte años— dijo que lo habían obligado a declarar bajo amenaza con arma de fuego. Los familiares y vecinos de los muertos también defienden su inocencia, y el abogado recalca que no se ha encontrado una sola evidencia de las supuestas armas.
Algo queda claro cuando uno ve la soltura con que los uniformados hablan del tema, a la ligera. El Ejército y la Policía tienen, gracias a leyes aprobadas por el Congreso fujimorista —impulsadas por uno de sus nuevos líderes, Fernando Rospigliosi—, total libertad de acción para abatir a quienes ellos consideren sospechosos, sin enfrentarse al engorro de una prisión preventiva. Es una especie de normalidad nueva, que se ha construido en años de leyes de blindaje.
La alusión al padre, solo días antes de la masacre, no ha hecho otra cosa que recordarnos lo peor del fujimorismo. No solo es una referencia al pasado que genera inquietud. Keiko misma, en la campaña, ha anunciado su noventera idea de recuperar el orden. Ha dicho que pretende un control territorial, hacer que el Ejército intervenga y cierre barrios enteros para ingresar “casa por casa” buscando criminales y armas, como se hacía en la época del padre. Pues no se necesita ser vidente para prever lo que viene: el plan de Keiko no es otro que hacer masacres de Colcabamba todos los días, multiplicadas, con la cobertura amable de la prensa que criminalizará inocentes repitiendo partes oficiales.
Keiko probablemente tenga razón en pensar que para la mayoría de electores los derechos humanos son una cojudez. Pero ellos también se hacen otra pregunta: ¿qué beneficios a la seguridad ha traído esa Policía inmune y esos militares con más libertad de acción para matar que nunca? ¿Cuál es el beneficio? Ninguno, por supuesto. El crimen sigue aumentando, ha crecido en estos años. El plan de seguridad de Keiko Fujimori es la multiplicación de esa lógica, disparos y más masacres, sin que te sientas ni un poquito más seguro. Es sangre fría sin ninguna “utilidad”.
Me da optimismo pensar que los indecisos de Lima ya están notando la farsa que trata de cubrir la incapacidad de alguien que no tiene idea de cómo enfrentar a una actividad criminal que su propia bancada fomentó con leyes. Y también pienso en quienes, lejos de las grandes ciudades del Perú —justo donde Keiko necesita más votos—, empiezan a ver en ella un monstruo indolente, con una vocación represora que es una bomba de tiempo.
El plan de Keiko ya se puso en marcha en estos años de control congresal y, sí, tiene inspiración en papá. Pero solo ha conseguido aumentar el empoderamiento de malos uniformados, darles más chance de amenazar y hasta extorsionar (como lo habrían hecho con el sobreviviente de Colcabamba, según su versión). Y eso no reduce el crimen, como Barrios Altos no redujo un ápice a Sendero Luminoso. Esa forma de buscar “seguridad” se vuelve parte de la espiral de violencia, y los votantes lo saben.
30-04-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 780 año 17, del 01/05/2026
