Perú: Renovación del antifujimorismo
Juan Manuel Robles
¿Cómo así anticomunistas recalcitrantes podrían votar por el izquierdista con sombrero?
En un giro delirante que pocos previeron, una eventual victoria de Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, en la segunda vuelta será posible por un aliado inesperado de último minuto, no tan grande pero sí vital. Esa ayuda, ese empujoncito, no vendrá del progresismo que hace años hacía temblar la gran Lima con su grito de no a Keiko, pero que ahora está debilitado, dividido entre los que se cansaron —o se decepcionaron— y una resistencia terca que no tiene el músculo de antes. No habrá Gustavo Gorriti en su mejor forma, ni Vargas Llosa del 2011, flamante Nobel en la cima moral —que cambió luego por cumbres borrascosas—. No habrá un férreo rechazo a la idea de un Alberto Fujimori indultado, porque el patriarca ya descansa en el último de los confinamientos. El añadido que Roberto Sánchez recibirá, y que será decisivo como en toda elección que se prevé reñida, serán —oído a la música— los votantes de Rafael López Aliaga, el cerdo.
Cada día se ven más señales de esta inaudita realidad. No será, por supuesto, un endose explícito del líder, sino una reacción de una parte de sus seguidores, un chispazo maquiavélico. ¿Cómo así anticomunistas recalcitrantes podrían votar por el izquierdista con sombrero? ¿Cómo así libertarios rabiosos pueden marcar la JP de la economía parametrada? Pues porque se han dado cuenta de que su principal valor es ser una fuerza confrontacional con talante forajido y disruptor. Van por todo. Y si bien Sánchez es un adversario natural, Keiko también es alguien a quien, más temprano que tarde, deben sacarse del camino.
Y esta es la oportunidad.
Los seguidores de Porky saben que cada vez más votantes toman a Fuerza Popular como parte del establishment, o peor, como una derecha tibia, comandada por una líder comechada que ha vivido sin trabajar por veinte años. Qué mejor manera de sacarla del juego que permitiendo la victoria de un presidente rojo, sin poder, con una bancada laxa, asediado por una prensa que no lo dejará respirar, para agudizar las contradicciones y golpear continuamente en las calles, para que los militantes de Renovación emerjan nítidamente en su papel de salvadores o cruzados.
Solo pensar en el ruido que podrían generar debe hacerlos salivar.
Con sus falsas denuncias de fraude y las consecuentes movilizaciones por los resultados de las elecciones, López Aliaga se perfila como el líder tirapiedras de la oposición en un eventual gobierno de Sánchez, con un rol desestabilizador asumido a consciencia. Es algo parecido al papel de Alan García luego de perder contra Toledo en 2001, pero con posibilidades mucho más grandes y en una época donde la figura presidencial vale mucho menos. García marchó con sindicatos, se unió a protestas y usó la escopeta de dos cañones para atizar, por lo bajo, el fuego de los conflictos sociales contra Toledo, logrando abonar el camino para su candidatura en 2006. López Aliaga no tendría que esperar tanto si, coludido con los medios, logra un boicot similar al que se dio con Pedro Castillo el 2021. Su juego puede ser para el 2031, o para convertirse en el líder de movilizaciones populares mucho antes.
En cambio, si está en el gobierno Keiko Fujimori, la heredera de la derecha peruana por excelencia —la noventera, del modelo radical que otros países hasta hoy sueñan—, tendría que construir ese antagonismo lentamente, sin precipitarse ni perturbar a los poderosos, cuidándose de no tocar los múltiples intereses en común. Su posicionamiento será más complicado.
Esa es la verdadera razón de los recientes ataques de López Aliaga contra Keiko. En el papel, estos se deben a que la candidata no lo ha apoyado en sus delirios fraudistas. Pero esa es solo una excusa. Quien pretende ser el líder de una derecha fanática, omnipotente, requerirá tarde o temprano acabar con el fujimorismo, reemplazarlo. Roberto Sánchez, ese compadrito del sombrero prestado, le da a Renovación la oportunidad de asestarle a la líder de Fuerza Popular una cuarta derrota que la dejará herida de muerte. De momento, Porky y sus seguidores empiezan a decir que votarán en blanco o viciarán su voto porque no pueden avalar “un proceso fraudulento”, pero es una explicación de fachada para un golpe artero: que pierda Keiko les conviene.
Es terrible pensar en esto. Digo: pensar en que un sujeto despreciable y sus seguidores puedan intervenir en la derrota del fujimorismo que tanto deseamos (y en pos de la cual votaremos por Roberto Sánchez). Pero es exactamente como pasan las cosas en el Perú hoy mismo, es propio de su nuevo ecosistema político donde nadie sabe para quién trabaja. De las sombras —y quien sabe, las componendas— emerge hoy un antikeikismo totalmente distinto al nuestro: ramplón, misógino, no crítico de Keiko por su indolencia sino por su tibieza, que no rechaza su reivindicación de la mano dura sino su domesticación, que no busca la condena moral sino el bullying. Será un motivo más por el cual, si en esta elección termina derrotada la hija de Fujimori, no habrá mucho lugar para la alegría sino para un fugaz alivio y un largo vacío lleno de inquietud y preguntas.
14-05-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 782 año 17, del 15/05/2026
