Perú: Votar en blanco

César Hildebrandt

«Castillo no fue nuestro Allende: en La Moneda bombardeada no se halló 20,000 dólares en ningún baño»

La coherencia tiene a veces cara de malestar. Ser consecuente exige frecuentemente una cierta soledad. Toda mi vida he procurado no contradecirme en lo esencial, no cambiar mis fundamentos, no negociar ningún principio. De allí tanto desencuentro, tanto odio, tantos despidos sin despedida. El periodismo ha sido para mí una fe que no tolera herejías y en mi opinión la herejía mayor del periodismo es transar con los grandes intereses del poder.

Eso me ha vuelto el viejo huraño que soy. Eso me obliga ahora a decir que no puedo votar por Roberto Sánchez.

No lo haré, por supuesto, por la pandilla de la señora Fujimori. No podría considerarla jamás “el mal menor” cuando sé que esta hija vitalicia y parásita sería lo peor que le puede suceder a mi país. Sobre todo ahora, cuando promete hacer el gobierno que hubiese hecho su padre dictador, corrupto y asesino. La señora desprecia tanto al Perú que jura que hará lo que hizo su padre y espera que la gente la aclame. El Perú se quiere tan poco que es capaz de nombrarla sucesora formal de la década en la que quebramos como sociedad y nos supeditamos al proyecto patológico de un mafioso. El abismo es una vieja tentación de este país destrozado.

Pero eso no me puede obligar a votar por Roberto Sánchez, que es el seudónimo –dicen sus voceros– de Pedro Castillo.

¿Cómo? Todos los que pueden hablar en Juntos por el Perú dicen que sin Castillo no estarían en segunda vuelta y dan a entender, sin duda alguna, que Castillo será, si ganan el balotaje, algo así como el presidente moral, la sombra bienhechora, el líder consejero. Y las fuentes de este semanario nos dicen que el castillismo ya está en el ámbito de Juntos por el Perú reclamando voz, protagonismo, futuros puestos, participación en las grandes decisiones.

O sea que Keiko Fujimori, disfrazada de su padre pero bastante más vil que él, compite con el resurrecto Pedro Castillo, tocado por la mano divina del hombre que lo negó tres veces votando en abstención el día de su destitución y embarrándolo ante un fiscal cuando se le pidió declarar como ministro.

Keiko Fujimori está hecha con las sobras de su padre más la avidez sin tregua de los empresarios que la financian y esperan de ella un gobierno populista y brutal. Roberto Sánchez es un cheque endosado por Pedro Castillo y ha reunido con éxito el sentimiento de despojo que experimentaron muchos peruanos el día en que Castillo fue malamente defenestrado desde el Congreso.

La derecha no cesó de conspirar contra Castillo y para eso fue decisivo el papel del fujimorismo y de alias Vane, la sombría Fiscal de la Nación de aquel entonces. Pero eso no borra el hecho de que Castillo permitió la rapiña, desperdició una gran oportunidad y demostró que no estaba ni remotamente siquiera a la altura de los desafíos. Castillo no fue nuestro Allende: en La Moneda bombardeada no se halló 20,000 dólares en ningún baño. Castillo repitió la faena de algunos gobernadores de izquierda que terminaron encausados por apropiación ilícita. En Sarratea no se tramaba cómo profundizar el proceso de cambios que jamás se empezó. En Sarratea se atendía pedidos de presupuesto, insinuaciones sobre comisiones, agendas compartidas con “los niños” del podrido Acción Popular. Castillo no fue el Velasco magisterial que se enfrentó a la oligarquía. Castillo fue el Morales Bermúdez de una revolución que no se pensó hacer.

Y ahora resulta que Roberto Sánchez no existe sino que actúa como mandado del hombre que fue un fraude. Y sus voceros salen a recitar que descubrieron al Perú siguiendo la ruta del castillismo y empiezan a decir cosas que suenan, en efecto, a Pedro Castillo. Como que el programa de gobierno no es tal sino un borrador digno de sucesivas correcciones, que Antauro Humala es un aliado pero que no cuenta o que lo del 7 de diciembre fue una mera declaración sin consecuencias. La misma lava con vocación de ceniza que se deslizaba cuando Guido Bellido, montado a caballo, hacía de Emiliano Zapata sin imaginarse que terminaría de aliado de Pepe Luna.

El país tiene pendiente el juicio a los responsables de las masacres de diciembre del 2022 y enero del 2023. Y el Congreso del hampa acaba de blindar otra vez a Dina Boluarte, esa excrecencia salida de la plancha inventada por Cerrón. Pero esos muertos merecen justicia y nada garantiza que Roberto Sánchez, capaz de aliarse con quien convenga, la exija a la hora que tenga el poder ganado en las urnas.

Para decirlo de una vez: la izquierda de Mariátegui nada tiene que ver con las abultadas confusiones de Juntos por el Perú. Y la amenaza del fujimorismo, que es real y ya hiede en Tayacaja como antes hedió en el Vraem, no nos puede empujar a apostar por el remake de una aventura.

Votaré en blanco, si es que voto. Será mi modo de protestar, mi manera de decirle al país que lo amo pero que estoy harto, hasta la náusea, de sus recaídas.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 780 año 17, del 01/05/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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