Perú: El Plan B

Carlos León Moya

«El fujimorismo, en cambio, ofrecía 300 soles por voluntario, así como almuerzos y snacks»

A juzgar por la respuesta de estos días, nadie en Juntos por el Perú estaba preparado para la derrota. Yo tampoco. La remontada de los últimos quince días creó una alta expectativa, coronada el jueves con la última encuesta de IPSOS y el mitin de cierre en el Campo de Marte. Una persona con la que hablé esa noche para una entrevista a Roberto Sánchez me dijo al despedirse: “ya hablaremos el lunes, cuando sea presidente”. No fue irónica ni pedante.

El viernes por la tarde fue extraño, como todos los viernes previos a una elección. Como ya no se publican encuestas, y las actividades públicas de campaña están prohibidas, queda una falsa sensación de que la campaña ya terminó. Pero no es así, porque las entrevistas y declaraciones sí están permitidas. El ambiente era de calma, como un viernes santo. Yo me sentía agotado y con la sensación absurda de haber terminado la campaña, pero esta aún seguía en marcha. Debí estar más alerta.

Esa tarde, Roberto Sánchez tuvo una larga entrevista con Fernando Llanos. Lo acompañé. Salió bastante bien. Lo noté agotado, pero tranquilo. La misma tranquilidad que tenía antes del debate presidencial. Debe ser su forma de optimismo.

En verdad, todos con quienes interactué ese día estaban muy tranquilos. Yo también. En mi cabeza solo estaban dos cosas: que faltaban personeros, y que el verdadero aluvión vendría la tarde del sábado, después de la encuesta de Ipsos. Me equivoqué. Estaba tan tranquilo, tan se-acabó-la-campaña, que esa noche fui al gimnasio después de dos semanas, una forma de retomar mi usual vida cotidiana.

La mañana siguiente, sábado, encontré que dos clips de video andaban rondando el internet. Los dos eran de entrevistas hechas el viernes. Una era la entrevista de Llanos a Sánchez, donde hablaba de un posible indulto a Guillermo Bermejo. El otro, un fragmento de la entrevista de Víctor Caballero a Jorge Nieto, donde este se reafirmaba en el voto nulo y decía que Juntos por el Perú tenía “una bancada antaurista” y los acusaba de tener vínculos con Sendero Luminoso.

Ninguna me pareció dañina. De hecho, la reacción de Nieto me había parecido desaforada e infantil. Y allí cometí un tercer error: tomarlo con ligereza y seguir mi día como había planeado –pensando en el desayuno de Sánchez en Huaral–, en lugar de atender una fogata ridícula que podía volverse incendio.

¿Qué pude haber hecho? Advertir de esas declaraciones, que ya las había escuchado la misma tarde del viernes. Proponer alguna respuesta veloz y coordinada, y luego pasar a otro tema. Poner el parche de forma rápida y amable antes de que se desborde por cualquier lado. Antes de que a alguien se le ocurra amenazar con un juicio y responder con rabia.

Por la tarde, con la encuesta de Ipsos del día anterior que ponía a Keiko Fujimori encima de Sánchez, la ansiedad fue avanzando lentamente. Por un lado, la respuesta a Nieto por parte de los simpatizantes virtuales fue desaforada y tremenda. Daba rabia y lo comprendo –hasta la comparto–, pero en el último día de campaña cada uno se dedicó a atacar de manera desordenada al candidato que terminó en el cuarto lugar. Perdimos foco. Entendí ahí que la respuesta de Nieto no había sido ni desaforada ni infantil, sino de una molestia calculada.

Por otro lado, faltaban personeros. Es impresionante, pero cada cinco años llego a la última semana de elecciones con un exceso de voluntarios, pero con un déficit de organización. El fujimorismo, en cambio, ofrecía 300 soles por voluntario, así como almuerzos y snacks. Casi que tercerizaron ese trabajo. Nosotros, en cambio, tenemos siempre el mismo problema de última hora. Mucha voluntad y muchísima convicción, pero un serio problema para organizarlo.

La encuesta de las seis de la tarde fue un déjà vu. Lo mismo que hacía cinco años, cuando Pedro Castillo apareció por primera vez debajo de Fujimori en la encuesta del último día. De pronto, mi celular entró en dos modos: por un lado, el largo silencio (de personas que no esperaban ese resultado); por otro, los mensajes frenéticos de aquellos que querían revertir la tendencia y la supuesta herida de Jorge Nieto. Y digo supuesta porque no creo que su efecto haya sido tanto, pero sí generó una enorme distracción de última hora. Entre el déficit de personeros, el desayuno del domingo, la encuesta de Ipsos y la respuesta a Nieto, el sábado en la noche se volvió un pequeño incendio pero con muy poco tiempo para apagarlo.

Sigo creyendo que el compartir la encuesta del último día es la mejor manera para convencer indecisos. Esta vez lo fue. Sin embargo, percibo también que los indecisos ese sábado estuvieron mucho menos receptivos que el jueves. Sí encontré muchos que cambiaron de voto, pero mucho menos que en 2021, y con menos énfasis que los que lo hicieron el jueves. Algo se quebró entre una elección y otra, y entre jueves y sábado. Y no teníamos un plan B.

Lo digo mejor en singular, porque no quiero ser injusto con nadie. Yo no tenía un plan B ese sábado después de la encuesta, así que repetí lo que hice el 2021. Yo no tenía un plan B el domingo después del boca de urna, así que repetí –una vez más– lo del 2021. Y el martes en la tarde, me di cuenta de que tampoco tenía un plan B para una derrota inesperada. Y ahora no tengo nada por repetir.

Queda inventar un camino para enfrentar a una opción autoritaria, donde muchas personas se volverán naranjas sin ninguna vergüenza. Es una lucha que no admite muchos errores, porque, si fallas, el plan B ni siquiera será posible.

11-06-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 786 año 17, del 12/06/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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