Breve historia del Perú
César Hildebrandt
«Para enmendar esos rumbos de sangre y extravío llegó el hombre que nos convirtió en campamento»
Nací el año que el cachaco Manuel Odría pateó el tablero y sacó a Bustamante y Rivero de una presidencia legítima.
Nací con el ochenio, que fue una buena época para los agroexportadores y para la minería y una etapa horrible para los apristas y comunistas.
La derecha era feliz porque las cifras eran azules y el país parecía estar bajo control. Lo que crecía en las tripas de ese país desigual era un yacimiento explosivo de gas natural, un Camisea de descontentos.
Después de Odría vino don Manuel, que simulaba ser francés pero que era hijo de don Mariano Ignacio, el traidor. Don Manuel terminó de domesticar al Apra y a esa muerte la llamaron La Convivencia. Fueron los días en que Haya, cansado del verbo que lo conducía a la penuria, probó la pócima del acostumbramiento. Fue un brindis por el Perú. Fue su propia extremaunción. Y el gas natural seguía acumulándose. Camisea se asomaba.
Entonces todo empezó a reventar con las guerrillas, que el ejército combatió breve y radicalmente. Y estaban las universidades insurrectas, los migrantes serranos, los malheridos del salario, los comuneros condenados con un papel de sello quinto: la caldera del diablo. Y encima estaba Cuba, tomada por unos barbudos que parecían salidos de una historieta de justicieros.
Era cadete del Leoncio Prado cuando mataron a Kennedy y lo seguía siendo cuando Hugo Blanco corría la voz de los resarcimientos en el valle de La Convención. Eran los años de Luis de la Puente y Héctor Béjar.
Haya debió ser presidente en 1962, pero los militares se lo impidieron. Entonces llegó el arquitecto de las buenas intenciones y los tibios fracasos y más tarde, en 1968, el mayor chasco del siglo XX peruano. Un grupo de militares intentó que el Perú tuviera su revolución francesa y mexicana al mismo tiempo y que los jacobinos se quedaran sin banderas y sin guillotinas. Pero sucedió que las grandes masas no se adhirieron al proceso ni entendieron lo que se quería hacer y fue la izquierda –no la derecha– la que se encargó de que los maestros o los campesinos se enfrentaran a quienes pretendían reivindicarlos.
Fue el desastre. De ese derrumbe, alentado por la clase dominante y potencias del extranjero, salió la convicción perversa de que el Perú no tenía remedio y que lo mejor que podía pasarnos era que no sacáramos los pies de la justa loseta que el mundo nos había reservado por ser tan idiotas.
Fue el momento en que Morales Bermúdez le gritó al mundo que todo había sido un malentendido y que el país recuperaría su turbia savia. Después vino la segunda y aún más pálida versión del arquitecto y tras esas lentitudes llegó el primer García, que se presentó como el renacimiento de Víctor Raúl y que terminó resumido en una bolsa de leche ENCI y una inflación mágica que desaparecía el vil dinero.
Por debajo de ese escenario, un loco delirante, un kantiano trucho, un polpotiano con malas traducciones en el tracto digestivo, había empezado una guerra cuya meta era convertirnos en esclavos. No era Robespierre ni Emiliano Zapata lo que nos esperaba: era un profe de Huamanga con ínfulas de ser “la cuarta espada” del marxismo-leninismo-maoísmo. Era la revolución con arma blanca. Era lo que nos faltaba.
Pero no podíamos quedarnos allí. Para enmendar esos rumbos de sangre y extravío llegó el hombre que nos convirtió en campamento. Se llamaba Alberto Fujimori y nos libró del terrorismo, pero creó el suyo, y nos puso en la constelación de las finanzas internacionales, pero nos dejó sin una sola institución que se salvara de su baba. Un país podrido desde adentro le dio las gracias.
Después llegaron Toledo, el que cedió al demonio, y García, que no pudo con los suyos, y PPK, que era el CEO de la trafa que se le propusiera. Y después, la mancha de innombrables que hicieron cola en la ventanilla de las deshonras.
Hasta que llegamos a esto. La hija del hombre que corrompió lo más profundo de este país ha sido elegida para que nos gobierne como él. ¿Felices fiestas? Mirémonos en el espejo. Nací en un ochenio de mano dura y ordinariez. He vuelto a mi infancia.
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 792 año 17, del 24/07/2026
