El juego de la pelota

César Hildebrandt

«Surgieron los carniceros de las zagas, los asaltantes del mediocampo y los empates rácanos»

El fútbol era un asunto serio hasta que la FIFA terminó embarrándolo.

Amaba ese deporte porque era una de las maneras más vistosas de ser bípedo, una variante en clave de la inteligencia, un modo de ser comunitario y admitir el talento individual al mismo tiempo.

Vi a Pelé y entonces conozco el paraíso y puedo describirlo: no había algoritmos y los jugadores resistían como podían y todo era improvisación y repentismo. Era un duelo de raperos. Era jazz del bueno. Importaban más los ataques que las defensas porque el gol era la felicidad y las formaciones clásicas incluían a tres defensas, dos volantes y cinco delanteros.

La primera vez que fui al estadio nacional asistí a un encontronazo entre Alianza Lima y Deportivo Municipal. Quedaron 5 a 3 en favor de los negros de mi tribu y a partir de allí contraje esta adicción. El fútbol era un rito cruel para los arqueros y una fiesta para quienes los acribillaban.

El fútbol no intentaba parecerse a la vida sino mejorarla. Donde la vida ponía cálculo y avaricia, el fútbol era Adán sudando no por la maldición divina sino para meter una pelota en la malla de la portería. Si la vida ponía lo roído y la rutina, el fútbol estallaba en cambios de color y velocidades repentinas. Donde la vida se esmeraba en escasear el éxito, el fútbol te ofrecía, algunas veces, el néctar triunfal por el solo hecho de tener una camiseta.

Al fútbol moderno lo inventaron unos ingleses que debían estar hartos de que les dijeran que los humanos nos distinguimos por las manos. Por eso las prohibieron. Usar sólo los pies tiene algo de humor negro: la especie que hizo su mundo gracias a la separación de los dedos pulgares debía aceptar el desafío. Fue un mano a mano con nuestro pasado de primates victoriosos.

Viví la época de un fútbol generoso en el que las sumas y los contratos de hoy eran felizmente impensables. Eran los tiempos en que Toto Terry no se movía de la U y Guillermo Delgado permanecía en Alianza por más tentaciones que se le acercaran. El romanticismo, que le dicen.

Lo fenicio fue viniendo. Crecieron los estadios, los fanatismos, las espaldas financieras. El negocio había empezado. El gran negocio estaba por llegar. Y llegó con la televisión. Los miles fueron cientos de miles y estos fueron cientos de millones. Y junto a ese comercio exponencial vino el bazar de los jugadores, que ya no eran sólo los chicos que jugaban bien sino aquellos escogidos por el comentarismo deportivo, esa especie rapaz y mercenaria.

Como los millones estaban en juego y estos dependían de los resultados, vino entonces el fútbol italiano a enseñarnos la escuela de la miseria retrechera. Ya no valía la gloria del espectáculo sino el centaveo y la guadaña. Surgieron los carniceros de las zagas, los asaltantes del mediocampo y los empates rácanos. Argentina fue un discípulo eminente de tamaño crimen y Estudiantes de la Plata fue su obra maestra. Lo que importaban eran los resultados y para demostrarlo allí estuvo, años después, la jactancia nacional por un gol metido con la mano. Todo valía. Hasta la cocaína. El idiotismo mundial lo celebraba. Dios era albicelestial.

Afearon el fútbol y malograron las tribunas. Los entusiasmos fueron pasiones de borracho y detrás del hinchaje se escondieron psicópatas surtidos. Hubo barras bravas, filos de cuchillos, muertos por rivalidad. Y el arbitraje se corrompió hasta llegar al Caso Negreira, que fue el pago que el Barcelona le hizo al vicepresidente de los árbitros durante 17 años seguidos. Y estamos hablando de 8,4 millones de euros.

Eso no fue lo peor. La FIFA se hizo madame del gran burdel y llegaron los jeques montados en gibas de oro y el fútbol, que era el vivo grafiti de la meritocracia, llegó a ser este negocio gigante de las cadenas de TV y de los auspiciadores de cerveza. Junto a los sultanes forrados llegaron los capitales de los fondos de inversión y entonces muchos clubes dejaron a sus socios y rindieron cuentas a fondos buitres.

Entonces aterrizó Infantino y nos quedamos con la FIFA casi fujimorista que hoy padecemos. Infantino borró todas las normas, cruzó todas las líneas y cobró todas las regalías sucias que podía cobrar. Para que todo tuviera un aire tecnológico de infalibilidad, consolidaron el VAR, que se aplica cuando Egipto anota después de un foul irrelevante pero que no se aplica cuando Argentina mete un gol después de una falta semejante.

Infantino ha permitido que Trump, a quien entregó un premio pomposo e inventado, meta sus manos sucias en el tribunal de sanciones de la FIFA, ha tolerado que los iraníes sean tratados como basura y ha autorizado que ondeen banderas de Israel en el estadio donde Egipto tenía que perder. Esto ya es demasiado. El fútbol se parece al mundo que intentaba alegrar y mejorar. Ahora sí.

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 790 año 17, del 10/07/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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