Perú: El LUM y los ingratos

Juan Manuel Robles

«¿Que en un muro los colocan como responsables de muertes en el periodo de violencia? Bueno, esto es un museo, no una lavandería»

Hay que ser bien malagradecidos, desde las fuerzas armadas y policiales, para tirarle barro al Lugar de la Memoria, un museo concebido desde el Estado, que básicamente te dice al comienzo del recorrido que los causantes de la violencia fueron Sendero Luminoso y el MRTA, que atentaron contra la democracia de manera injustificada (desestimando todos los argumentos que los grupos subversivos pudieran tener para sus incursiones), usando las armas, el terror y la muerte. No hay crítica ni revisionismo en esta verdad de piedra: el museo es una institución estatal que defiende su versión de la historia y te la pinta clarísima: fueron ellos quienes nos atacaron, ciudadano del presente, niño del futuro, y el ánfora electoral quemada en Chuschi —de la que aquí te mostramos una réplica exacta— era más sagrada que nunca porque justo en esas elecciones votaban, por primera vez, jóvenes de dieciocho y analfabetos.

Los grupos terroristas atacaron al Estado, y sus Fuerzas Armadas, cuyo esfuerzo y valor se expone en el recorrido, nos defendieron de ese ataque. Yo creo que dadas las circunstancias (los hechos), los militares deberían sentir que es una manera afortunada de empezar.

¿Que en un muro los colocan como responsables de muertes en el periodo de violencia? Bueno, esto es un museo, no una lavandería. El conflicto armado dejó casi 70 mil muertos. El causante del mayor número de víctimas fue Sendero Luminoso, con 54%. El MRTA provocó menos del 2%. Las Fuerzas Armadas y la Policía causaron entre 37% y 43 % de las muertes: torturas, golpes, balazos que terminaron en fosas comunes y hornos.

Tendría que haber cierta gratitud hacia el hecho de que, aun con esos números, el LUM se haya dado un tiempo y espacio para ponerlos en un ámbito moral muy distinto del de los subversivos. De hecho, hay que ser demasiado ingrato para no celebrar que —al igual que el informe de la CVR— aquí no se usa el término “terrorismo de Estado”, lo cual es bastante generoso y conveniente, pues yo la verdad no sabría de qué otra forma llamar a Accomarca, o al acto de ordenar a 125 campesinos que caven su propia tumba. Aun así, el LUM, con sus criterios técnicos, optó por no embarrar al rebaño por culpa de ovejas negras. Los militares deberían, pues, prenderle velitas al LUM, que censuró palabras por ellos.

El LUM no habla de abusos institucionales sino de delitos en función: no habla de plan sistemático. ¡Fueron hechos puntuales! Cuenta un montón de historias de víctimas de Sendero que terminan con una patrulla de soldados al rescate.

Por ese tipo de cosas la izquierda ha creído siempre que la CVR y el LUM pasaron a los militares por agua tibia. A veces, cuando reviso algunas de sus atrocidades, tiendo a creer que es cierto.

¿Por qué esos uniformados lo detestan tanto? Tal vez es el berrinche infantil de quien cree que cualquier alusión a los crímenes mancha la imagen, y no se conformará con nada. Ninguna versión de la historia de la violencia será suficientemente justa con ellos. Hemos visto las sucesivas direcciones del LUM quitando aquí, cancelando allá, haciendo malabares para que el equilibrio no se rompa. Pero igual, los militares nunca están contentos.

Tal vez no perdonan que el LUM muestre testimonios del informe de la CVR que provocaron procesos judiciales contra los uniformados. ¡Qué ofensa! Pero ahí también hay cinismo. Solo una fracción de los militares violadores de derechos humanos fueron llevados al banquillo y muy pocos resultaron con sentencias condenatorias, porque es difícil encontrar evidencias luego de tanto tiempo. Algunos se fugaron. Algún otro fue declarado “no habido” y apareció en el entierro de Alberto Fujimori, con ofrenda floral y todo. A diferencia de los terroristas subversivos —a quienes un antecedente judicial basta para alejarlos de cualquier aspiración política— hemos tenido un congresista procesado por su participación en una masacre grave (luego postuló a la presidencia). Así que tampoco hay razones para ser tan alharacos.

El analista Martín Tanaka ha dicho que quizás la cruzada contra el LUM en el nuevo gobierno fujimorista —aliado de los militares que no creen en los derechos humanos— tiene que ver con la intención de lograr la impunidad absoluta, no solo por el pasado sino también para el futuro. Si la memoria se promueve para no repetir, el olvido es la garantía de que lo hecho se repetirá una y otra vez, sin consecuencias.

Yo me quedo con los testimonios de Manuel Burga y Guillermo Nugent, exdirectores del LUM. Ambos han recordado el impacto profundo que causa la visita al museo, la diversidad del público que llega y la vigencia del espacio. Burga ha resaltado el hecho de que se ha convertido en un recinto de encuentro entre actores del conflicto: perseguidos se han encontrado con perseguidores, hijos de víctimas con hijos de victimarios. Nugent, que volvió hace unos días para dirigir un recorrido guiado, recordó la importancia de que cada visitante escuche los testimonios y se haga su propia idea.

Para mí hay muchas razones por las que debe protegerse el LUM pero en estos tiempos mencionaría una sola: Óscar Arriola. Arriola es el típico policía que se niega a ver la verdad del conflicto armado y a revisar lo que pasó (porque según él es un experto). Se niega a aprender lo que sí aprendieron uniformados honorables: que criminalizar a civiles inocentes erosiona el respeto a las fuerzas del orden. Arriola es el terruquero profesional que hace años le abrió una investigación a la obra teatral La Cautiva, solo porque incluía una escena en la que una patrulla militar se turnaba para violar el cuerpo de una adolescente asesinada, hija de senderistas (hecho documentado por la CVR, por cierto). Arriola también intervino un taller de “Introducción al marxismo” que se iba dar en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos en 2019.

Cualquiera con un poco de conocimiento sobre el pasado de violencia vería en Arriola un patrón presente del Conflicto Armado: la acusación de terrorismo como arma. Pero como periodistas y políticos carecen de ese aprendizaje básico, no son capaces de ver las alarmas evidentes; lo toleran y dejan que llegue a lo más alto de la Policía. Allí Arriola demuestra su absoluta inutilidad. El hombre no sabe nada; solo se dedicaba a terruquear, sembrando paranoia. Todo el país lo sufre. Me parece un ejemplo práctico de lo que espacios como el LUM pueden ayudar a evitar. Porque el LUM no genera “desunión”, como dice el ministro Beingolea. Es el olvido interesado lo que nos fragmenta, lo que nos hace añicos.

27-08-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 795 año 17, del 28/08/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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