Perú: Putas y guerrilleras

Pedro Salinas

Sobre la gran periodista argentina que podría darle lecciones a un par de ministros peruanos

Miriam Lewin pertenece a esa raza de periodistas que contagia esperanza en este ingrato oficio. La conocí hace poco, en Buenos Aires, en el Dorrego, un longevo bar en San Telmo, donde Borges y Sábato se habrían encontrado alguna vez. Nos tocó una noche fría. Estaba con mi hija Macarena y con mi amiga y colega Paula Bistagnino, quien estaba acompañada de su novio Juampi. Paula me había hablado algo de la trayectoria de Miriam, pero lo que me contó de ella se me debe haber quedado en los oídos como una conversación en checo, porque solo atiné a retener el dato de su contundente investigación sobre el mediático y poderoso cura católico, Julio César Grassi, quien fue condenado a quince años de cárcel por abusos sexuales a menores, como consecuencia de las pesquisas de Miriam.

Cosas de la vida, con Macarena habíamos decidido esa mañana visitar la ESMA (la ex Escuela de Mecánica de la Armada), uno de los campos de concentración clandestinos —se montaron más de 500 en todo el país— donde fueron torturadas miles de personas, en su mayoría desaparecidas, entre 1976 y 1983, que luego fue convertido en un museo de la memoria, y del cual salimos turbados y revueltos por dentro. Digo “cosas de la vida”, porque esa noche en el Dorrego me enteré de que Miriam no solo había destapado los abusos de Grassi, o que algunos de sus libros habían inspirado espectaculares series televisivas en Amazon Prime, entre otras hazañas que tiene a pastos en su épica biografía, sino que ella, antes de convertirse en periodista, había sido una sobreviviente de la ESMA. Estuvo secuestrada dos años. Primero, en un local de la Fuerza Aérea Argentina —tenía apenas 19 años—, y más tarde sería trasladada al centro de detención y torturas más grande de todos, la ESMA.

Al día siguiente de esa noche de bar, donde el vino y las empanadas transcurrían al ritmo de las historias fascinantes que contaba esta periodista fuera de serie, atrevida y frontal, me fui a El Ateneo a buscar sus libros para devorarlos. Comencé por Putas y guerrilleras (Planeta, 2020), que escribió con Olga Wornat, otra periodista de nota, de quien había leído Nuestra Santa Madre (Grupo Zeta, 2002), que me sirvió para comprender patrones en la dinámica de los encubrimientos de abusos en Argentina cuando estaba iniciando la investigación sobre el Sodalicio.

Cuenta Olga Wornat en la introducción que “putas y guerrilleras” era lo que les decían los torturadores a las mujeres cuando eran plagiadas, y luego, durante los feroces interrogatorios y las violaciones. Gioconda Belli, la poeta y escritora nicaragüense, resume el trabajo de Miriam y Olga como “un libro complejo, valiente, explícito y desgarrador; que cuenta lo que jamás debe repetirse”.

Como lector, confieso que se trata de una obra brutal y descarnada, difícil de leer de un tirón por el efecto perturbador de la crueldad a la que llegan los represores. Todo lo que habíamos adivinado Macarena y yo en nuestra visita a la ESMA, adquiría un realismo salvaje en sus páginas. Todo el horror del autoritarismo militar está retratado en los testimonios de las mujeres supervivientes que decidieron hablar con Miriam y Wornat. Porque con las mujeres había un ensañamiento deliberado, pues disponían de ellas como si se tratasen de botines de guerra. Lo que atestiguan es lo más cercano al Infierno. “No hay palabras para poder explicar lo que es un campo de concentración (…) Para mí, el campo fue una explosión en la cabeza. Todavía estoy juntando los pedazos”, dice una. “Me violaban todos los días. Eran varios. Diez, quince veces. Perdía la cuenta. Terminaba desmayada. Eran siempre distintos. Distintas voces, distintos olores, distintos insultos (…) Las sesiones de picana (eléctrica) me la aplicaban en los pezones, en la vagina (…) La picana me dejó sin hijos para siempre. Una doctora me dijo que tenía el útero de una mujer de 80 años, endurecido por la electricidad”, relata otra.

Ese libro cambió algo en Argentina. Durante los primeros procesos, iniciados en 1985 contra las juntas militares, los crímenes sexuales se soslayaron. En muchos casos, porque las víctimas no encontraron la fuerza para denunciar, por lo que significaba el esfuerzo colosal de evocar el trauma. La primera denuncia se registró recién en el año 2007. Callaron durante décadas por vergüenza, por temor a ser estigmatizadas, por proteger a sus familias.

“La violencia sexual dentro de los centros clandestinos de detención argentinos fue un plan sistemático. Se registró en todos los puntos geográficos del país como terrorismo sexual, ejercido por hombres de todos los grados y fuerzas sobre víctimas de distintas extracciones sociales y políticas. Fue una forma de marcar territorio de los vencedores de una supuesta guerra, hacia las prisioneras (…) El epílogo de este trabajoso proceso está aún por escribirse. Como las delgadas capas de una cebolla, las mujeres que atravesaron las barreras de la ESMA despellejan sus vivencias traumáticas, lentamente, hasta llegar al núcleo (…) Pensando a veces que es mejor que todo quede sepultado (…) pagando a veces un precio alto en salud mental y física. Seguramente, a algunas no les alcanzará la vida para terminar la tarea. Y quién sabe si las que se atrevieron a denunciar los vejámenes (…) conseguirán alguna vez justicia”, escriben las autoras.

Hace poco, después de terminar su libro, entrevisté a Miriam en el canal del diario La República (ver la entrevista aquí) y le pregunté por qué son importantes los museos de la memoria. “Porque son un dique contra la impunidad y una barrera contra la repetición”, respondió.

Y sí, para eso son. No son para “reunificar”, como sugiere el desbrujulado ministro de Cultura, Alberto Beingolea. Ni se trata de “elefantes blancos”, como apuntala el canciller Espá. Solo a un militante del extremismo puede ocurrírsele que representar la memoria divide a un país. Los lugares de la memoria existen para aprender de lo vivido, para generar conciencia acerca de hechos terribles que nadie quiere que se repitan. Para eso están.

Fuente: https://jugo.pe/putas-y-guerrilleras-miriam-lewin-esma/

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