Sueño cibernético
César Hildebrandt
«En Europa, las ultraderechas que exhumaban a Mussolini clamaban por el empleo de armas nucleares»
Tuve un sueño altruista. Soñé que la inteligencia artificial tomaba el control del mundo y ponía las cosas en orden.
No era una pesadilla. El mundo mejoraba, Trump moría en una cárcel custodiada por guardias salvadoreños, Netanyahu se encerraba inútilmente en el complejo de ojivas nucleares de su país, Milei desfallecía con una disentería inagotable.
Un comité de computadoras cuánticas adoptaba las decisiones prescindiendo de banderas nacionales y rencores y restablecía el privilegio de la naturaleza sobre todas las cosas.
Las máquinas le daban al planeta lo que merecía y entonces los mares empezaban su propio aseo y las tierras iniciaban su larga convalecencia y el cielo protector comenzaba un lento retorno.
Los cúbits hacían su trabajo de un modo drástico y multitudes ninguneadas rodeaban las múltiples sedes del nuevo gobierno mundial –edificios que albergaban cientos de aparatos sometidos a temperaturas próximas al cero absoluto– y gritaban de entusiasmo a pesar de no saber a ciencia cierta qué sucedería con sus hábitos y empleos.
En Europa, las ultraderechas que exhumaban a Mussolini clamaban por el empleo de armas nucleares, pero el sistema de acceso a su uso había sido bloqueado de tal modo que los expertos humanos calculaban que necesitarían decenas de años para descifrar esos candados hechos de trillones de claves.
La inteligencia artificial no hacía grandes proclamas ni discurseaba ni se jactaba de lo que hacía. Actuaba fríamente en una sucesión concertada de interdicciones y clausuras que sí tenían, sin embargo, una meta: devolver a los humanos a la condición de inquilinos precarios del planeta milagroso que, para su desgracia, nos había proferido.
Todo lo que hacía la piadosa dictadura de las máquinas tenía como propósito humillar a la bestia que había creado geniales ingenios de la muerte y que no dudaba en matar aceptando el mandato de la codicia y el mensaje de los odios hereditarios. Era la misma bestia que había enfermado las tierras de cultivo, que había podrido el alma de los niños, que había hecho del PBI un becerro de oro y del abuso de las armas todo un evangelio.
Y que había renunciado a todo vestigio de civilización derribando las instituciones que se crearon, precisamente, después de una guerra mundial con millones de muertes y una destrucción enorme de ciudades. La ONU, por ejemplo, agonizaba cada día en medio de la impotencia y el derecho a veto de las grandes potencias en el Consejo de Seguridad. No había evitado una sola guerra y había prohijado todas.
En mi maravilloso sueño cibernético, las majestades de la infamia y las soberanías de las grandes potencias eran puro pasado. Una red invenciblemente cuántica había depuesto a los jefes de gobierno de todas partes y había exigido, para el restablecimiento de servicios elementales como el funcionamiento de puertos, la recuperación de historias clínicas y la restitución de ciertos servicios bancarios, el sometimiento de todos los países a los nuevos designios. Se trataba de una benévola extorsión y de un gobierno totalitariamente compasivo que nos demandaba aceptar que estábamos en peligro y que debíamos parar.
Era Orwell pero contado por el papa Francisco. Era el Gran Hermano vigilando que la bestia no terminase de incendiarlo todo. Era la comuna de París, la toma de la Bastilla, la resistencia de Jean Moulin. Era todo eso junto y devuelto. Era el mundo liberado por unas máquinas cuya extrema inteligencia les hacía imposible tolerar que Estados Unidos y China mirasen con cada vez más gula la última torta del apocalipsis.
Un ingeniero de Silicon Valley fue el único que logró penetrar el umbral de la red que se había apoderado de todo. Antes de ser neutralizado por una descarga, alcanzó a preguntar:
-¿Por qué todo esto?
En la pantalla apareció una sola palabra y en mayúsculas:
-GAZA.
25-09-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 799 año 17, del 25/09/2026
