Perú: La influencer picona

Carlos León Moya

«Su padre le dejó una gran marca al haber preferido siempre a Kenji sobre ella»

Sabíamos muchas cosas de Keiko Fujimori: que era floja, falsa, autoritaria, berrinchuda y traicionera. Chancona, torpe, aburrida, mediocre y sin humor. Que a pesar de ser más inteligente que su hermano Kenji, no tiene su simpatía ni su capacidad para saber rodearse de gente capaz. Que la sigue puro pescado, que es incapaz de sonreír y llorar, que su padre le dejó una gran marca al haber preferido siempre a Kenji sobre ella.

Pero lo que no sabíamos era cuán frívola es.

En estos días, el fenómeno de El Niño ha golpeado al mundo con especial intensidad. “Súper Niño”, le llaman algunos; “el peor desde 1877”, le dicen otros. Y a Perú ya le tocó su parte, por supuesto. Unas cuantas horas de lluvia en Piura la dejaron inundada, y recién es octubre. Incendios forestales en Puno. Las noches más cálidas de Lima en octubre desde que se tiene registro.

Las respuestas de Keiko Fujimori, en cambio, van en el sentido contrario. “Más no podemos hacer”, dijo en Piura el viernes, en uno de sus tantos viajes donde solo camina y mira cosas que no entiende. “Igual va a llover, igual se va a inundar”, dijo el ministro de defensa al día siguiente. Mejor que les digan “muéranse” de una vez.

Pero, vamos, eso es insensibilidad pura. Poner el parche antes de los muertos. Ineficiencia programada en el mejor de los casos. La frivolidad vino después, en un paquete aparte. En realidad, vino desde siempre y no la vimos antes.

La fascinación de Keiko Fujimori por los live de TikTok tenía un sentido político al inicio, pero su ausencia de respuesta a temas urgentes –sicariato, secuestro, inundaciones– la mostró un poquito desconectada de pronto. Está bien dedicarse a armar rompecabezas en la sala. Hacerlo mientras la casa se te incendia es un poco suicida y un poquito estúpido. Pero hacerlo solamente porque quieres que la gente te vea, y te encanta ser el centro de la atención por actividades así, ya se considera frivolidad.

Keiko Fujimori dejó esas transmisiones, pero la frivolidad vive en ella y cada tanto aparece. Es la venganza de la Keiko adolescente, aquella que vivía frustrada con su padre por la enorme atención que le daba a Kenji y a ella apenas una miradita de costado. No es un invento: en marzo de 1992, Susana Higuchi denunció a la familia de Alberto Fujimori por lucrar con ropa donada de Japón. De paso, dijo públicamente que Alberto ignoraba a Keiko y engreía demasiado a Kenji, y eso generaba un malestar en su familia. Días después, vino el autogolpe e Higuchi fue encerrada y torturada en Palacio de Gobierno.

Por supuesto, la venganza de la Keiko adolescente no es por el trato que le dieron a su madre, sino por la ignorada olímpica de su padre. Acá estoy. Mírenme todos. Yo también puedo. Nunca pude ser el centro de atención de mi familia ni de mi padre, pero ahora soy el centro de atención del país.

Pero no lo hace en forma de política pública. Lo hace en forma de princesa berrinchuda. Es un combo: por un lado, va a probarse aretes como una adolescente y a comer pescado sobre un botecito en La Punta; por otro, grita que le den sus facultades y que se le está acabando la paciencia con dos hombres armados detrás. No parece presidenta sino una influencer picona. Una instagramer a la que le bajaron la cuenta. Una chica de ZacaTV.

Y lo peor es que esa adolescente es la que va a afrontar el Super-Niño. Vayamos comprando botes.

23-10-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 803 año 17, del 23/10/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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