Perú: La propia porquería
Pedro Casusol
«En fin, la soberbia del hacendado acostumbrado a imponerse a gritos»
En esta ciudad, la memoria dura menos que un viaje en hora punta. Somos una Comala gris y costera; pueblo de sombras resignadas y almas en pena. Se supone, entonces, que debemos olvidar que Rafael López Aliaga dejó abandonada la Municipalidad de Lima, convirtió su gestión en un trampolín a la presidencia, importó trenes chatarra y endeudó a la comuna por más de 4,000 millones de soles. Pero eso no es lo trágico. Lo trágico es comprobar, otra vez, la resignación complacida de tantos limeños que parecen disfrutar chapoteando en su propio lodazal.
Las encuestas lo confirman. A estas alturas, el retorno de “Porky” parece inevitable. Volverá la coprolalia de cantina elevada a doctrina oficial, los morrocoyes introducidos en los orificios de sus detractores. En fin, la soberbia del hacendado acostumbrado a imponerse a gritos. Y lo peor de todo es que su regreso será el resultado de un ardid inconstitucional validado por Roberto Burneo y un JNE que, tras ser humillado y ofendido, optó por mirar al techo y fingir demencia.
Así, López Aliaga se sacude del polvo de la derrota presidencial y regresa por las sobras que dejó en la comuna. Si lo logra, será gracias a una campaña tan sucia como millonaria: amparado en la argucia de postular como regidor, inunda Lima con propaganda en la que posa como candidato a alcalde; y, encima, se niega a rendir cuentas ante la ONPE gracias a la Ley 32058, esa fisura legal que libra a los regidores de ser fiscalizados. Eso, sin mencionar el hecho de que pudo darse el lujo de participar en el debate.
Es que “Porky” es el candidato de Schrödinger: es y no es al mismo tiempo. La paradoja de la mecánica cuántica se cuela en los médanos de la política peruana. Ahí está el viejo rancio que pretende demostrar su “hombría” —ejem— dedicando buena parte de su campaña a señalar la homosexualidad del otro. “Bebita caprichosa”, escupe a cada rato, como si esa fuera la síntesis de su plan para Lima. Claro que la bravuconería viril se disipa rápido cuando tiene que acudir a un programa de televisión sabatino y dejarse ungir con aceite por un payaso que afirma ser amigo de Nayib Bukele.
López Aliaga tiene esa rara habilidad: transitar de la agresión homofóbica más repulsiva a otra escena todavía más absurda y lisérgica con una facilidad desconcertante. En este lodazal al que llamamos Lima no puede florecer doctrina alguna, ni el mínimo interés por el bien común. Solo sabemos de este espectáculo grotesco. Pero no se equivoquen: los limeños gozan revolcándose en el fango. De lo contrario, ¿cómo podemos explicar que López Aliaga se salga otra vez con la suya?
Esto no se trata solo de la nulidad de Burneo o de unos cuantos jueces electorales. Hay una raíz mucho más profunda: una idiosincrasia que normaliza la prepotencia, premia la impunidad y convierte la humillación del otro en un espectáculo. Por eso, el lapsus del morrocoy no debía despacharse como una simple ocurrencia grotesca. Forma parte de una manera de entender el poder en la que someter, ridiculizar y humillar al otro sirve para reafirmar una determinada idea de masculinidad.
Es ahí donde el fenómeno deja de ser folclórico. “Porky” no es un accidente; es resultado y también síntoma de algo mucho más profundo: un deterioro ético que lleva años —si no siglos— incubándose. Es la vieja oligarquía borracha de poder. Un espejo turbio en el que puede reconocerse ese porcentaje dispuesto a votar por Renovación Popular el domingo, premiar una gestión marcada por el desorden y la improvisación, y profundizar un daño que tardará años en revertirse. Si es así, Lima no irá a las urnas a votar: irá, simplemente, a revolcarse en su propia porquería.
02-10-2026
Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 800 año 17, del 02/10/2026
