Perú: Sombrero mágico

Juan Manuel Robles

«Porque cuando la derecha pierde en segunda vuelta, viene la tercera vuelta»

Roberto Sánchez sigue subiendo en intención de voto en las encuestas. Sigo pensando lo que dije la semana pasada: que no tiene chances de ganar en una segunda vuelta, ni contra Keiko ni contra López Aliaga. Que la derecha se unirá contra él, con una campaña diez veces más intensa que la que hubo contra Castillo en 2021, y mucho más sucia y despiadada, con adversarios convencidos de la necesidad de su derrota para la supervivencia de la nación. Eso quiere decir que las vallas LED contra el “comunismo“ serán muchas más, los mensajes de WhatsApp con bulos serán más numerosos, las llamadas anónimas más persistentes, con el añadido de videos deepfake contra el candidato rojo, imágenes que nadie en la gran prensa se molestará en desmentir.

Irán con todo —súbitamente unidos— y generarán más pánico que hace cinco años. Sus operadores crearán señales más contundentes, el dólar subirá más que aquella vez, para que empecemos a sentir el apocalipsis posible (como bien aconsejó aquel candidato borracho). El lobby del fascismo internacional llegará en una cantidad mayor, con dirigentes de ultraderecha recibidos como “expertos” en los canales de televisión, donde dirán “vengo del futuro” y “el Perú es clave”. Los medios serán más descarados: saldrán los dueños a decir que ellos no deberían tomar partido pero, dadas las circunstancias, lo harán. Habrá más jefes exigiendo foto de la cédula de sufragio marcada —bajo amenaza de despido—, más buses listos para llevar a votar a los viejitos afines al orden y la propiedad privada.

El melodrama del voto por conveniencia para salvarnos se convertirá, directamente, en una película de terror terruquero. Si el 2021 descubriste que tu cuñado era un racista inmundo, esta vez no será solo él. Serán tu padrino y tu primo, tu tía que es un pan de Dios, tu hermana menor, tu mejor amigo y hasta tu tío humanista. Se ahorrarán el paso del Khe me Kheda con carita —a lo Marisol Pérez Tello— e irán directo al “No voto por comunistas”, o peor: “No voto por terroristas”.

Y en el caso improbable de que el candidato Sánchez se sobreponga a toda esa maquinaria y obtenga más votos en segunda vuelta, ahí no acabará la cosa. Porque cuando la derecha pierde en segunda vuelta, viene la tercera vuelta. Lo sabemos. Pero esta vez será peor. Porque hoy el pacto mafioso tiene mecanismos nuevos para meter mano en el cómputo si este resulta adverso, hoy tienen mayor protección legal para hacer revisiones, y para poder dilatar el anuncio de resultados oficiales estadísticamente irreversibles. Y los organismos clave están tomados por su gente. Y si el jefe de la Onpe hace su trabajo imparcialmente, donde el 2021 hubo una cuadrada en el baño del Regatas, esta vez habrá apanado masivo con golpe y palo… O algo peor. Y no habrá un criptoanalista pelado “experto” diciendo que según sus cálculos hubo manipulación de millones de votos en favor del comunismo. Habrá cinco. O diez.

Y así, en el nuevo cómputo después de revisar decenas de miles de actas, el resultado será corregido y la tendencia verdadera se abrirá paso. Esto en caso de que Sánchez gane en votos, cosa que no creo que ocurra.

Hace una semana dije que eso era lo que pensaba. Y sigo pensándolo ahora, con Sánchez creciendo sólido, a punto de ser el candidato mejor ubicado (entre los opuestos al pacto mafioso); el candidato que, de confirmarse la tendencia, puede convertirse en la única opción por la que votar para evitar que dos postulantes del pacto pasen juntos. Ese escenario me preocupa porque, sinceramente, creo que Sánchez no la hace.

Sin embargo, sí hay algo que decir sobre este embate del candidato de Juntos por el Perú. El país lanza un mensaje claro que ya no es posible ignorar: tenían un presidente y se lo quitaron. Eligieron a alguien en quien creían, alguien que se alejaba de los parámetros, y la clase política y los poderes fácticos se fueron contra él desde el primer día. Eso no se olvidó. Es una cuenta pendiente. Tanto es así que a Sánchez el sombrero y el aval de Castillo le han permitido armar una campaña partiendo de nada. En realidad, partiendo de menos que nada, desde la incómoda posición de ser un congresista ambiguo en el peor Parlamento de la historia. En el Perú el endose es muy difícil, pero el expresidente parece haberlo logrado.

Castillo —con todas sus sombras e indecisiones— forjó un símbolo poderoso que ha sobrevivido, que persiste incluso por encima del hombre de carne y hueso, que trasciende. Un espectro en el monte, como en la canción de Silvio Rodríguez. Ese ideal que nunca existió —y que, de muchas maneras, fue traicionado por él mismo— es el que ahora encarna Sánchez con ese sombrero que es un objeto mágico, fetiche y corona, espada del poder. Roberto Sánchez es el testaferro de una entelequia, el elegido para continuar el trabajo que, puede decirse con justicia, Castillo nunca inició.

No se sabe bien cuánto de lo que presuntamente iba a hacer Castillo hará Sánchez, pero el candidato de Juntos por el Perú sí da una garantía: indultará al expresidente, que, ciertamente, luego de un juicio en que forzaron la figura de conspiración para imponerle once años de cárcel —pues fue imposible encausarlo por un golpe que no cometió—, tiene mucho de preso político. Tal vez en tiempos en que nadie cree en nada, en que es absurdo esperar que una elección cambie la realidad, esa sola promesa de un retorno tan cargado simbólicamente es más de lo que parece. El sombrero aquí es clave: es tan poderoso que hizo que los organizadores del debate obligaran a Sánchez a quitárselo. Aun con Castillo en la cárcel, da miedo ese sombrero, hace que hombres de poder se incomoden y se pongan nerviosos o rabiosos. Imaginar lo que puede generar una nueva victoria en los corazones de esos señores es, aparentemente, un placer irresistible.

26-03-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 775 año 16, del 27/03/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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