Perú: La muerte lenta del Perú

Ronald Gamarra

«Y desde la embajada norteamericana llegaron declaraciones que no eran diplomacia sino instrucción, no eran sugerencia sino orden»

Hay países que se derrumban de golpe, sacudidos por guerras o catástrofes. El Perú elige otro camino: el de la erosión silenciosa, el de la grieta que avanza despacio por la pared hasta que un día la casa ya no tiene sostén. Lo que estamos viendo estas semanas no es el inicio de una crisis, sino la radiografía de una que lleva años comiéndose los cimientos desde adentro.

Nadie debería sorprenderse. Hace tiempo que los índices internacionales nos clasifican como democracia “híbrida”: ese eufemismo elegante para decir que tenemos las formas sin el fondo, la apariencia sin la sustancia, el traje de república sin el cuerpo que debería vestirlo. Es decir, somos una democracia mutilada, recortada, corroída, donde la institucionalidad es más artificiosa que real, porque está carcomida íntimamente por el autoritarismo y la corrupción, que siempre van de la mano en el proceso de autodestrucción de los países. Pero lo que ha ocurrido en estas semanas ha arrancado incluso esa última cortesía. Ya no hay disimulos que alcancen.

El primer escándalo tiene el peso y el olor del dinero grande: 3,500 millones de dólares en aviones de guerra comprados a los Estados Unidos con una urgencia que huele a apuro y a complicidad. El presidente Balcázar —ese hombre cada vez más invisible— había dicho que la decisión le correspondía al próximo gobierno. Sus propios ministros lo desmintieron en público. El presidente del Congreso lo arrolló. Y desde la embajada norteamericana llegaron declaraciones que no eran diplomacia sino instrucción, no eran sugerencia sino orden. El país contempló entonces, sin poder apartar la mirada, su propia desnudez: no tenemos presidente, sino una figura decorativa, vacía de autoridad. Poco menos que una ficción conveniente. No tenemos gabinete, solo una banda que obedece a otro jefe, un coro que entona la canción de un tercero. No somos soberanos, somos administrados, y desde otra oficina, en otra ciudad, con otra bandera.

Lo que quedó expuesto no fue un escándalo sino una anatomía: arriba, un presidente que no gobierna; debajo, ministros que no responden a él; y, detrás de todo, una embajada que no necesita pedir permiso.

El segundo escándalo tiene sangre electoral. Las fallas técnicas de la ONPE —reales e inaceptables, pero menores, subsanables— fueron el combustible que necesitaba Rafael López Aliaga para encender su hoguera particular. El candidato perdedor agitó el fantasma del fraude con la convicción del que sabe que la mentira repetida termina siendo creída, o al menos temida. Y funcionó.

Lo que vino después tiene la lógica del absurdo hecho ley: el jefe de la ONPE renunció en pleno proceso electoral —algo que la ley prohíbe expresamente— y la Junta Nacional de Justicia aceptó esa renuncia en menos de dos horas, sin deliberación ni pudor, como quien firma un formulario de rutina. La norma, rota. La institucionalidad, de rodillas. Todo bajo la presión de un hombre que llama a la violencia desde el estrado y denomina fraude a su propia derrota.

No hubo fraude, pero sí fallas, torpeza. Palabras más pequeñas y que describen de manera exacta lo ocurrido. La diferencia importa. Pero en un país donde la confianza en las instituciones electorales ya estaba por el suelo, la distinción se pierde en el ruido.

El Perú de hoy es un país donde la presidencia es un cargo honorífico sin honor. Donde los organismos autónomos se doblan ante el poder fáctico como juncos en la tormenta. Donde la ley electoral puede hacerse añicos durante el propio proceso electoral, sin que nadie pague el precio de esa ruptura.

Y lo más inquietante no es el presente, sino lo que se adivina en el horizonte: que la Junta Nacional de Justicia nombrará un nuevo jefe de la ONPE a su medida, un peón más en el tablero del pacto que administra este país en las sombras. Una pieza que, llegado el momento, no dudará en cumplir su función: la de instrumento.

Así es como caen las democracias que no mueren de un balazo: despacio, burocráticamente, con sellos y trámites, con pequeñas traiciones firmadas con tinta azul, mientras todos miran y nadie detiene nada.

30-04-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 780 año 17, del 01/05/2026

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