Perú: Persiguiendo libros

Ronald Gamarra

Personal policial llegó una hora antes de la inauguración

La editorial Achawata cumple cinco años con un objeto social tan modesto como sospechoso para ciertos ojos: editar, distribuir y comercializar libros. Se trata de una pequeña editorial limeña, con oficina y taller en San Juan de Lurigancho, con una cajera que cobra en efectivo o Yape, con tirajes modestos pero esforzados, que ha logrado algo que muy pocos sellos consiguen en este país: una atención estatal ininterrumpida, multidisciplinaria y de asombrosa constancia.

Y es que hace años, en cada actividad de Achawata, nunca falta un coleguita de la DIRCOTE tomando nota discretamente. Ya casi es de la familia; ha ganado, a pulso, con sacrificadas horas extra, el derecho a un asiento fijo. Ha seguido sus publicaciones con más constancia que muchos suscriptores, ha leído sus libros con más atención que los reseñistas. En Achawata le dan la bienvenida y, si decide comprar un ejemplar, le dan factura, si su institución así lo requiere para el expediente. El amor persistente merece al menos un recibo.

Mientras Achawata cumple años imprimiendo, empastando y llevando libros a las ferias, la DIRCOTE lleva los mismos años observándola con un fervor que ya quisieran para sí muchos autores nacionales. Con el cariño infatigable de las pasiones obsesivas, la DIRCOTE ha dedicado a esta pequeña editorial recursos humanos, patrullaje virtual, actas de constatación, informes técnicos, análisis psicológicos, rastreo en bibliotecas digitales, seguimiento de su sitio en las redes sociales de internet y hasta compradores anónimos enviados a adquirir heroicamente un libro que, como cualquier ciudadano, podían simplemente pedir en el mostrador por 48 soles. Ningún enamorado manda tantas señales sin atreverse a declararse en algún momento.

La DIRCOTE estableció con la pequeña editorial una relación de amante celoso con fecha de aniversario, ritos, regalos e hitos. El 18 de julio de 2025, cuando Achawata abrió su stand en la Feria Internacional del Libro, la policía especializada en terrorismo ya sabía, por “un ciudadano colaborador”, qué libro se vendería antes de ser anunciado. El 26 de agosto, cuando un centenar de estudiantes se reunió en San Marcos a escuchar una presentación académica, hubo “acciones de vigilancia e inteligencia” dispuestas con antelación, patrullaje virtual sobre una publicación de Facebook y once archivos digitales debidamente lacrados, como si se tratara de la conspiración de una célula clandestina y no de un conversatorio universitario con ronda de preguntas incluida y algún café tibio de por medio. Y el 27 de febrero de este año, cuando Achawata abrió por fin su primera librería en el jirón Washington, personal policial llegó una hora antes de la inauguración, puntualidad que no tuvieron anfitriones ni invitados, a fotografiar el letrero, la fachada y a los concurrentes y comprar, de estricto incógnito, un ejemplar más.

En estos años, la élite policial, nada menos que la policía antiterrorista, ha sabido leer con método, aunque no con literatura: el depósito legal, el padrón de socios de la Cámara Peruana del Libro, el récord migratorio de los editores, sus títulos universitarios, sus visitas penitenciarias, que no existen, por más que las buscó con linterna y paciencia de arqueólogo. Toda una policía especializada que se dedica a interrogar a la diseñadora de la carátula, al diagramador que cobró trescientos soles, a la cajera eventual, a la gerente general, por supuesto, y que ha sabido rastrear hasta el calco de una fotografía de un libro sobre el Congreso, con el mismo empeño que otros dedican a rastrear huesos de miles de años, pero con harta menos justificación.

La DIRCOTE ha llegado incluso a convocar a un perito lingüista (con su debida juramentación, su acta, su link de Google Meet, esa liturgia moderna de la sospecha) para que determine, con instrumental científico, si ciertas palabras “enaltecen” o “exaltan” para configurar el delito de apología. Habría que preguntarse si cabe también un peritaje que mida cuánto exalta en ridiculez al Estado la imagen de una decena de agentes desplegados durante meses para vigilar a una editorial modesta que rescata textos olvidados de Luis de la Puente como de Víctor Andrés Belaúnde y textos nuevos del pensamiento político y social peruano.

Hay algo perturbador y patético en la minuciosidad con que el aparato contraterrorista persigue, no un explosivo ni una célula armada, sino un catálogo de libros. El Estado movió oficiales, suboficiales, agentes, analistas, capitanas psicólogas, bibliotecólogos de la Biblioteca Nacional y funcionarios de la Cámara Peruana del Libro, la dirección de Migraciones, la SUNEDU y hasta el INPE (que certificó que el editor jamás visitó un penal) para concluir, en esencia, que quien publica un libro también lo lee. Sorprendente hallazgo, digno de enmarcar en oro: quienes hacen libros, en efecto, suelen leer lo que hacen. Habrá que incorporarlo a las hazañas de la investigación criminal.

Pocas editoriales peruanas han sido leídas con tanto detenimiento por el Estado. Es, en rigor, el balance de una época en la que editar ciertos libros o simplemente venderlos en un stand de feria, puede convertirse en objeto de investigación policial y fiscal, mientras la pregunta de fondo, la que importa en una sociedad democrática, sigue esperando respuesta: ¿Quién decide, y con qué criterio, qué libros pueden existir en los anaqueles de este país?

Y mientras esa pregunta no encuentra quién la responda, al menos hay que reconocer a la DIRCOTE por su fidelidad, aunque sea la de un perseguidor, pues sin querer nos ha escrito el mejor documento del oscurantismo que se cierne sobre nuestra libertad de pensamiento y de expresión: nada menos que un expediente de 700 páginas dedicadas a determinar si un libro sobre la historia reciente de este país “enaltece” o simplemente narra, para extraer de allí conclusiones criminalizadoras. Que la DIRCOTE, con todo cariño, encuentre pronto una vocación más digna de sus talentos y del sueldo que el país les paga.

Larga vida, Achawata. Porque sigan publicando lo incómodo, sosteniendo un catálogo que ya le ha costado a la DIRCOTE cinco años de vigilia, y estando del lado correcto del anaquel.

27-08-2026

Fuente: Hildebrandt en sus trece, Ed 795 año 17, del 28/08/2026

https://www.hildebrandtensustrece.com/

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